A diferencia de 2011, cuando que se dirigía el discurso a las personas que veían desigualdad en sus oportunidades por no poder pagar su educación, hoy el movimiento estudiantil comunica posibilidades abstractas sin dar cuenta clara de sus consecuencias tangibles. La gratuidad universal se justifica mediante teorías prescriptivas de lo que debe ser y hacer el Estado y lo que no debe hacer el mercado, pero no se explica su impulso concreto.
Publicado el 02.04.2017
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En el pleno FECh se discutió sobre qué errores en el movimiento estudiantil habrían provocado su decaimiento. Aunque normalmente la izquierda estudiantil no tenga mayores remordimientos en desdeñar cifras, es natural que una vez al año se preocupe por la pérdida de apoyo ciudadano, visible en el amplio rechazo a sus medios de movilización. Forma y fondo, guardan estrecha relación en el discurso revolucionario.

La pretensión del movimiento estudiantil es constituirse como expresión específica de un movimiento social genérico, pero actualmente la realidad es otra. Ciertamente no cualquier grupo de presión es un movimiento social. Alain Touraine, identifica a los movimientos sociales por un principio de oposición, que supone al actor social en una relación conflictiva con un adversario a derribar. El principio anterior, que es la parte fácil, es observable en la ofensiva del movimiento estudiantil, sin embargo, este elemento debe ser acompañado de una identidad colectiva, es decir, de una alineación comprobable con un sentimiento generalizado en la masa que se dice movilizar.

Es aquí donde el discurso juega un rol fundamental, y su transformación a lo largo de los años puede explicar la crisis del movimiento. El discurso estudiantil, si bien puede fundamentarse en ideas abstractas, debe ser comunicado en términos concretos, ¿pero en qué términos se hace hoy en día?

A diferencia de 2011, cuando que se dirigía el discurso a las personas que veían desigualdad en sus oportunidades por no poder pagar su educación, hoy comunica posibilidades abstractas sin dar cuenta clara de sus consecuencias tangibles. La gratuidad universal se justifica mediante teorías prescriptivas de lo que debe ser y hacer el Estado y lo que no debe hacer el mercado, pero no se explica su impulso concreto, sobre todo ahora, que la reforma del Gobierno ya promete pagar la educación de quienes no pueden hacerlo. De esta forma, combatir en el campo social un hecho real, como que la gratuidad universal transfiere la mayoría de los recursos a una élite, sólo puede hacerse en niveles de análisis ajenos al común de la ciudadanía, o en su defecto, a través de verdades tergiversadas.

Pero hay más. Actualmente el movimiento estudiantil se opone al CAE, más que nada por un problema de principios con la banca privada, pero ignora la oportunidad que ha significado para miles de familias. Otro ejemplo es el de la democracia universitaria, que si bien puede nacer de argumentos igualmente abstractos sobre lo que la publicidad universitaria significa, poca relevancia tienen para una gran mayoría de las personas que tiene problemas en espera de ser solucionados. Así, la oferta del movimiento estudiantil se desentiende de las personas en concreto y concentra su energía en imponer una agenda meramente ideológica, carente de elementos prácticos que son imprescindibles para lograr la identidad colectiva.

Pero aunque el elemento consensual de las exigencias estudiantiles esté ausente, se insiste en la beligerancia de las marchas, paros y tomas, asumiéndose un comportamiento propio de lo que Antonio Gramsci –lectura obligatoria de la izquierda– entiende como una guerra de maniobras (en el plano político). El movimiento estudiantil se ha convertido en una manifestación particular de lo que siempre se ha propuesto destruir: la represión. Esto, porque hace tiempo perdió el control sobre el sentimiento de las masas que pudo haber legitimado su ofensiva, y la inercia de lo que algún día fue sólo queda en la parte más hostigadora de su pasado, el conflicto. La condición de conflictividad es necesaria, al menos conceptualmente, para hablar de un movimiento social en cuanto tal, pero no es suficiente; y yendo más lejos, su ejecución aislada puede terminar por mermar la legitimidad del movimiento.

Lo que debe urgir a la izquierda estudiantil hoy día, más que un plan programático, es comenzar a hacerse cargo de la realidad sustantiva de sus demandas y responder por las inquietudes del sentido común. ¿Quiénes se ven beneficiados con la gratuidad universal? ¿Por qué invertir en la parte de la educación que menos efectos tiene sobre la equidad? ¿Cómo corregimos las desigualdades que se generan en la educación temprana? ¿Por qué no da prioridad a la salud, a las pensiones, al transporte o a la seguridad? En términos muy simples: ¿por qué usted, el contribuyente, debe poner sus recursos en la educación superior y no en la larga lista de otras preocupaciones que tiene?

Hasta que el movimiento estudiantil no sea capaz de responder aquellas preguntas, en términos concretos y no sólo abstractos, no será un movimiento social y no será, por consiguiente, un factor relevante en la agenda de políticas públicas.

 

Carlos Eggers Prieto, militante de Movimiento Elegir, U. de Chile

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO