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Publicado el 23 de junio, 2018

Derechización en América Latina

Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública Alejandro San Francisco
Si la centroderecha hoy goza del respaldo ciudadano en algunos países, ello en modo alguno constituye un mandato permanente, y requiere articular un discurso político de futuro y renovar los liderazgos políticos.
Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública
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La predecible victoria de Iván Duque en las elecciones en Colombia el pasado domingo 17 de junio ha instalado la pregunta sobre una eventual derechización política en América Latina. El resultado fue contundente: el candidato del Centro Democrático, uribista, derrotó con un 54% de los votos a Gustavo Petro, alternativa izquierdista de Colombia Humana, quien logró un 41,8% de los sufragios. Mirado desde el punto de vista interno, no cabe duda que es un gran respaldo para el propio Duque, pero también significa un apoyo para el ex presidente Alvaro Uribe: como resumió el saliente gobernante Manuel Santos, “el uribismo sin duda alguna es una fuerza política que respaldó a Iván Duque, que lo puso donde está y es un hecho político que no se puede desconocer”.

Sin embargo, los comicios también requieren una mirada continental, y se suman a las victorias obtenidas por Mauricio Macri (2015), Pedro Pablo Kuczynski (2016) y Sebastián Piñera (2017), que permitieron conformar un eje regional de centroderecha, más favorable al libre mercado y las economías de progreso, lejanos ideológica y políticamente a los experimentos del Socialismo del siglo XXI. Como sabemos, la salida de PPK de la Presidencia en Perú ha alterado parcialmente este escenario, así como hay otras elecciones pendientes que podrían modificar de nuevo el mapa político regional. El próximo 1° de julio, según anuncian las encuestas y el clima de opinión dominante, Andrés Manuel López Obrador sería elegido Presidente de México, con lo cual un país de más de cien millones de habitantes pasaría a ser gobernado por la izquierda. Otro tanto podría ocurrir con Brasil, que se empina hacia los doscientos millones, cuyo proceso político está enredado por la situación judicial de Lula, pero que no parece dirigir su futuro hacia una administración liberal o conservadora, como suele denominarse a la derecha en la región.

Los resultados siempre son expresión de un momento histórico determinado y no representan necesariamente tendencias de largo plazo.

Suponer que un triunfo, o una seguidilla de victorias, podría significar una especie de hegemonía de la derecha en América Latina, requiere un análisis más fino y un conocimiento histórico más acabado. En los años 90 el continente vivió un proceso similar, que tenía a figuras como Fernando Collor de Mello en Brasil y Carlos Menem en Argentina, a los que se sumarían en los años siguientes gobernantes como Vicente Fox en México y otros líderes en diferentes países. Rápidamente, como quedó demostrado al comenzar el siglo XXI, se produjo un viraje, que para muchos pudo parecer impredecible, no sólo hacia la izquierda, sino que hacia una de sus expresiones más extremas: el mencionado Socialismo del siglo XXI, liderado por Hugo Chávez en Venezuela, pero con indudables expresiones en la Argentina de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, en Bolivia con Evo Morales, en Ecuador con Rafael Correa, el Brasil de Lula y Dilma o Uruguay con Pepe Mujica, a quienes se podía añadir el sandinista Daniel Ortega en Nicaragua, en una especie de resurrección de las luchas del siglo XX. La posibilidad de perpetuar el legado de cada uno de ellos está en permanente discusión.

Como se puede apreciar, los resultados siempre son expresión de un momento histórico determinado y no representan necesariamente tendencias de largo plazo. Si la centroderecha hoy goza del respaldo ciudadano en algunos países, ello en modo alguno constituye un mandato permanente y requiere articular un discurso político de futuro, sumado a la capacidad de gestión que se espera de ella, junto a la renovación de liderazgos políticos que le permitan seguir ganando elecciones y proyectando sus ideas desde los palacios de gobierno hacia la ciudadanía y con la ciudadanía.

La incapacidad actual de la izquierda democrática para competir y derrotar al eje chavista es un problema que merece un estudio más detenido.

Quizá el elemento más opaco de los análisis, y de indudable importancia histórica y política, es la eventual desaparición de las alternativas socialdemócratas -o de Tercera Vía, como apareció a fines del siglo XX y comienzos del XXI-, representadas en su minuto por Ricardo Lagos en Chile o Fernando Henrique Cardoso en Brasil. La incapacidad actual de la izquierda democrática para competir y derrotar al eje chavista es un problema que merece un estudio más detenido y que sin duda constituye un problema que parecía solucionado en la época de las restauraciones democráticas. Hoy las propuestas socialdemócratas -que siempre han tenido un camino difícil en América Latina- destacan por su silencio y falta de liderazgos más que por sus propuestas de futuro y capacidad de ganar elecciones. Por lo mismo, las democracias de la región carecen de esta alternativa que ha sido en momentos decisivos de la historia reciente un contrapeso importante y una opción atractiva para muchos países.

La victoria de Iván Duque permite que Colombia dé inicio a una nueva era con perspectivas razonables de éxito para los próximos años. Paralelamente, evitó que una alternativa cercana a Maduro liderara un país que ha recibido a numerosos emigrados que han huido de Venezuela buscando libertad y oportunidades precisamente en la vecina Colombia. El impacto que esta victoria haya tenido en la región está por verse, y se espera con ansiedad un auténtico progreso económico y social, más todavía cuando hemos conocido que los pobres han aumentado en América Latina en los últimos años, una mala noticia que parecía olvidada.

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Pública. Esta columna fue publicada en El Imparcial de España.

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