Contra todas las probabilidades, los refugiados olímpicos representaron aquellos valores y principios capaces de derribar los muros de la desconfianza y el odio.
Publicado el 19.08.2016
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Este fin de semana, tras 16 días intensos, concluirán los Juegos Olímpicos de Río. Fueron más de 11 mil los atletas quienes arribaron a la “ciudad maravillosa” para desplegar su impresionante talento y demostrarle al mundo por qué son considerados como los mejores en su especialidad.

A través de la simpatía y genialidad de Usain Bolt o el exitoso regreso de Michael Phelps, los 205 países en competencia fueron representados por delegaciones tan pequeñas como la de Tuvalu (en Oceanía) hasta la numerosa comitiva de Estados Unidos. Sin importar el número de integrantes, cada una ofreció la oportunidad para conocer de cerca varias historias inspiradoras y que el rigor, la disciplina y la perseverancia son los elementos que consagran a un alto rendimiento deportivo.

El máximo orgullo de cualquier atleta es poder representar a su tierra natal y sentir el incesante apoyo y empatía que realzan su desempeño. Sin embargo, hubo un disímil grupo de deportistas quienes, desde el primer día, recibieron no sólo la validación y apreciación de sus pares, sino también el merecido respeto de una elite que reconoció y valoró el poder compartir la escena con el primer equipo olímpico compuesto, en su totalidad, por refugiados.

Fue así cómo los 10 hombres y mujeres provenientes desde Siria, Sudán del Sur, Etiopía y la República Democrática del Congo, llegaron a Río para ejemplificar que el individuo es capaz de sobreponerse a las circunstancias más extremas y en donde lo que se requiere para sobresalir no es sólo capacidad física, sino una extraordinaria fortaleza y resiliencia para sortear, e incluso exceder, los límites corporales y psicológicos más absolutos del ser humano.

El dolor, el sufrimiento y la desolación, productos de una precariedad inimaginable, no fueron obstáculos a la hora de poder desarrollar su integridad y coraje; y a pesar de que, en estos juegos, ninguno obtuvo una medalla, cada uno de ellos viajó hasta Brasil para ganar algo mucho más importante: demostrarse a sí mismos y visibilizar, de manera latente, que la guerra, la persecución y la violencia no logran exterminar a la dignidad humana.

Desde el maratonista etíope Yonas Kinde, el mayor del grupo con 36 años, quien trabaja como taxista y cuya máxima aspiración es obtener la ciudadanía para reunirse con su familia en Luxemburgo, hasta Yusra Mardini, cuyos cortos 18 años no le impidieron nadar por más de tres horas, arrastrando una balsa en medio del mar Egeo, para salvar las vidas de 20 compatriotas, quienes huían desde Damasco, Siria, tras cuatro años de una extenuante guerra civil, fueron la encarnación de un heroísmo pocas veces antes visto pero, a la vez, reflejaron la cara más cruel de una situación que afecta a más de 60 millones de personas, desplazadas de sus hogares por la irresolución política y diplomática para concitar acuerdos.

En medio de la pobreza, el abandono y dependiendo de la caridad de otros es cómo 1 de cada 122 personas en el mundo deben soportar y resistir sus días sobreviviendo en un campo de refugiados. Son miles los testimonios que dan vida a las tragedias más horrorosas y que hoy representan la mayor crisis humanitaria, desde la Segunda Guerra Mundial.

Existe una alarmante parálisis internacional que convive a la par con la codicia, la intolerancia y las ambiciones de poder que mantienen algunos líderes del Siglo XXI. Es por eso que la presencia de los refugiados en estas olimpíadas fue trascendente y muy importante, ya que permitió simbolizar lo que sucede cuando se lucha para dar término a las injusticias y humillaciones que se perpetúan por los conflictos armados.

Contra todas las probabilidades, los refugiados olímpicos representaron aquellos valores y principios capaces de derribar los muros de la desconfianza y el odio. Es por eso que serán recordados como los deportistas que estuvieron al servicio de la humanidad, logrando alcanzar el primer lugar y el mayor de los prestigios en las Olimpíadas de Río 2016.

 

Paula Schmidt, Historiadora y Periodista Fundación Voces Católicas.