Hay una ruptura entre el plan hegemónico, ideologizado y socializante que el Gobierno quiere imponerle al país y la sociedad chilena, que quiere mantener su forma de vida.
Publicado el 28.10.2014
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Este medio publicó días atrás una descarnada advertencia hecha por un connotado dirigente socialista a su partido, en el sentido de que la economía del país se dirigía hacia un abismo.

Con una sólida argumentación, Oscar Guillermo Garretón apunta al elemento central que explica el rápido deterioro de la situación económica y los negros pronósticos para el futuro. “Es resultado de la franca ruptura de confianzas entre el Gobierno, la Nueva Mayoría y el mundo empresarial, tanto grande como mediano y pequeño”, dice Garretón, y agrega: “El empresario honesto de todo tamaño, ajeno a abusos, se siente sistemáticamente incomprendido, hostilizado y despreciado en su rol social por el Gobierno y su coalición.”

Comparto esta opinión, pero creo que el problema es mucho más profundo que la sola ruptura de confianzas con el empresariado y el desprecio por su aporte a la sociedad.

Existe una pugna dentro de la Nueva Mayoría, entre quienes valoran la democracia y aquellos que buscan imponer su modelo de sociedad, sin importar las consecuencias de esta pretensión.

Podemos entender la democracia como un mero mecanismo electoral o como un conjunto de valores que se deben respetar y promover, tales como el diálogo, el respeto por las minorías, la participación, la separación de poderes, la vigencia del estado de derecho y la protección de los derechos individuales y sociales frente al poder, a veces omnímodo, del Estado. Este gobierno resultó electo por la vía democrática, pero en el ejercicio de su poder ha buscado imponer su propia ideología, aun en contra de un gran movimiento ciudadano que se opone al cambio radical.

Desde que la Concertación perdió el poder, se impuso en ese conglomerado político un discurso tremendamente destructivo. Cobró fuerza un viraje hacia la extrema izquierda, cuya culminación fue reemplazar el bloque que gobernó Chile por 20 años, con bastante éxito en algunos momentos, por otro distinto, la Nueva Mayoría, donde el Partido Comunista juega un rol muy importante.

Una vez en el poder, este bloque, dominado por las posiciones más extremas, comenzó sistemáticamente a demoler un sistema de libertades que ha permitido a Chile tener una experiencia exitosa de desarrollo. Los beneficios de este sistema están a la vista: crecimiento sostenido, disminución de la pobreza, acceso a la educación –con una cobertura en educación superior impresionante–, mejor calidad de vida, empoderamiento de la ciudadanía y fortalecimiento de la clase media, etc. Todos ellos son la herencia de un ciclo virtuoso que ahora se presenta como un período nefasto que tiene que ser reemplazado desde sus cimientos.

En el plano político, esta Nueva Mediocridad abominó también de su pasado. Los acuerdos que hicieron progresar a Chile, la estabilidad institucional y la existencia de dos grandes conglomerados que la posibilitaron pasaron a ser despreciados. El sistema político tenía también que ser modificado, para lo cual amplios sectores de la coalición gobernante piden una Asamblea Constituyente. La ideología pasó a ser más importante que la solidez institucional, la estabilidad de las reglas del juego y el prestigio de ser un país serio. Quieren parecerse más a Venezuela, Nicaragua o Bolivia que a nosotros mismos.

La democracia de los acuerdos, el consenso político y el diálogo entre los sectores, que eran considerados una virtud de nuestra democracia, hoy día se aplica solo como una concesión táctica. El debate político está enrarecido y la intolerancia y la descalificación campean.

¿Es democrático querer transformar de raíz una sociedad, de manera que nada de lo existente pueda sostenerse si se opone a la nueva consigna y donde la opinión del contrario es despreciada? ¿Es democrático usar la aplanadora para imponer la propia postura? ¿Es democrática la descalificación del adversario o que una mayoría circunstancial pretenda imponerle a todo un país un cambio radical en su forma de vida? La respuesta es clara: NO.

La ciudadanía se siente violentada. Hay una ruptura entre el plan hegemónico, ideologizado y socializante que el Gobierno quiere imponerle al país y la sociedad chilena, que quiere mantener su forma de vida.

La reacción ante los aumentos de impuestos y, más importante, la defensa de la libertad de educación que los padres están haciendo en la calle, muestran una disconformidad social significativa y creciente. Es importante que la coalición gobernante tome nota de este hecho y tome conciencia de que la falta de respeto hacia sectores representativos de nuestra sociedad no es democrático. Una mayoría política, por mucho control que tenga del aparato estatal, no puede pasar por encima de una parte importante de la sociedad.

 

Jovino Novoa, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO