Sin participación electoral el país se suicida, democráticamente hablando. Los derechos y las oportunidades alcanzadas se desvalorizan; la voluntad de unos pocos se impone a la de muchos y es aquí donde palabras como “injusticia”, “abuso” o “indignación”, en bocas de quienes no votaron, se vuelven huecas y parte de un monólogo sin sentido.
Publicado el 06.11.2017
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El compromiso con la democracia se ejerce de muchas maneras y Chile usará dentro de poco una de las principales: el voto. Este acto cívico nos hace partícipes del sistema y sin duda nos convierte en dueños de nuestro futuro; es la manifestación intrínseca de la voluntad y de los anhelos personales que nada tiene que ver con pertenecer a un determinado partido o alianza política. Votar es hoy un derecho, una importante responsabilidad y, teniendo en cuenta la historia, también un privilegio.

La primera votación en Chile fue poco posterior a la Primera Junta de Gobierno de 1810, cuando se eligió el primer Congreso Nacional. Desde la independencia, la institucionalidad democrática de nuestro país ha evolucionado de manera progresiva con hitos —como el voto universal, la superación de la intervención electoral y el voto femenino en elecciones presidenciales, que se ejerció por primera vez en 1952—, a pesar de que el país también atravesó por altibajos. Luego de la Guerra de la Independencia, tras la victoria del sector conservador en 1829, se impuso un sistema político de corte autoritario y fuertemente presidencialista. Posterior a ello sucedieron elecciones de manera regular, pero con una sostenida intervención del Ejecutivo, que limitaba la voluntad de los votantes. En la historia reciente, un momento democrático histórico y con amplia participación electoral fue el plebiscito de 1988, que alcanzó un record: más de siete millones de personas votaron en aquella instancia, representando un 93,73% del padrón electoral, en lo que significó el regreso de los procesos electorales interrumpidos desde 1973.

Hoy, el contexto político y social de Chile ha cambiado. En 2012 se aprobó la Ley N° 20.568, que reformó el sistema de sufragio universal, cambiando la inscripción voluntaria y el voto obligatorio por la inscripción automática y el voto voluntario. Dicha modificación, alentada por el desprestigio de la política en términos generales, ha propiciado un escenario preocupante, por decir lo menos, ya que en la última elección municipal solo votó el 35% del padrón electoral. A ello se suman los resultados entregados a fines de octubre pasado por la encuesta CEP, que señalan que un 47% de los encuestados no está interesado en la política y que sólo un 43% votará con toda seguridad en las elecciones presidenciales dentro de dos semanas.

Estas cifras señalan con elocuencia que existe un problema de fondo, más que de forma. Quizá el desinterés por la política tenga cierta correlación entre el voto voluntario y la desilusión colectiva hacia los gobernantes y políticos en general; sin embargo, debemos reconocer la falta de incentivos y, sobre todo, la falta de educación cívica en el grueso de la población. Para estos efectos, resulta trascendental la entrega de información tanto en colegios como en “espacios públicos” y medios de comunicación (televisión, radio, internet, etc.). Es necesario aclarar que no se trata de mera publicidad o de propaganda política, sino más bien de crear conciencia y educar con granítica firmeza, sobre todo a los jóvenes, acerca de la importancia que tiene su voz —el voto— en las decisiones vinculantes que se tomarán en un futuro.

Sin participación electoral el país se suicida, democráticamente hablando; los derechos y las oportunidades alcanzadas se desvalorizan; la voluntad de unos pocos se impone a la de muchos y es aquí donde palabras como “injusticia”, “abuso” o “indignación”, en bocas de quienes no votaron, se vuelven huecas y parte de un monólogo sin sentido.

Por otra parte, el sistema comienza a perder legitimidad, lo que implica un problema de mayor alcance. Por utópico que parezca, la democracia entrega a los ciudadanos poder, pero no visto como fin en sí mismo, sino más bien como un medio para determinar su propio futuro. Es hoy cuando se debe hacer una reflexión autocrítica y ejercer el derecho a sufragio, de lo contrario, mañana solo habrá que callar.

Las elecciones del próximo 19 de noviembre son relevantes y sin duda representan una primera gran oportunidad para empezar a revertir la baja participación electoral en Chile, una tendencia desalentadora y a la vez contradictoria con lo que representa la democracia.

 

Natalia Farías, investigadora Centro de Estudios Bicentenario

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO