La insurgencia que se avecina no tiene plan, ni busca recomponer el tejido socio-político, a lo sumo es una evanescencia política, una expresión que vive de la fugacidad y no tiene la “dignidad” de las revoluciones –y sus tragedias–. Es la frustración o ira disfrazada de carnaval. Es clave entender que el sujeto de la insurgencia tiene la obsesión de perturbar el status quo y, en cambio, no le interesa administrar un programa político. Aquí el medio –la calle– es el mensaje.
Publicado el 05.01.2017
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El populismo es por lejos una de las nociones más controversiales en la biblioteca de las ciencias sociales. Hace un quinquenio, la irrupción del movimiento estudiantil nos permitió identificar el sentido de la articulación populista (en los términos analizados por la «teoría hegemónica» de Ernesto Laclau) como un vehículo portador de cambios globalmente democráticos. Si partimos de la base que la democracia no puede estar restringida a cuestiones de procedimiento, administración, institucionalización y ciudadanía electoral, debemos admitir el ámbito de la participación popular –so pena del desbandes de pasiones- que se debe articular a distintas expresiones innovadoras de la «voluntad popular».

En suma, la democracia no puede estar ensimismada (encapsulada) invariablemente en el formato liberal. Si bien reconocemos en la promesa democrática un horizonte de inclusión, a veces se abre un territorio vacante que sólo el populismo puede copar, en un clima post-liberal o libertario. La intervención populista consiste en invocar una dimensión redentora que surge gracias al desencuentro entre las dos caras de la democracia. En principio, la asimetría entre exceso de pragmatismo (realismo sin renuncia) y ausencia de redención (cabildos fallidos, encubrimiento y falsa consciencia) puede explicar la genética populista. El punto es saber si este agrietamiento es siempre un suplemento respecto del desencuentro de la propia democracia  (fallida), o bien un rasgo estructural de la política moderna, como lo han formulado otros autores.

Ya lo sabemos; el controversial populismo no es democrático ni antidemocrático en sí mismo y tampoco hay pureza conceptual. Ninguno de ambos modelos puede pervivir en estado puro; ni la pasión jacobina por los cambios, ni la reducción de la democracia a la técnica. Populismo y democracia mantienen una implicancia friccionada que resulta indispensable repensar. Recordemos que, más allá de las incomprensiones de nuestra elite, deberíamos entender al populismo como un énfasis, como “una dimensión de la cultura política general” que interpela a la democracia en su tentación pragmática.

En nuestro caso, la protesta social fue finalmente absorbida por comunistas, socialistas, y una elite aventajada que veía en los movimientos sociales empoderados un camino plausible para un vínculo cortocircuitado con las tecnologías del realismo, aunque todo haya vuelto a fojas cero. Este año, y pese a ciertas prácticas populistas, el movimiento social vuelve a sufrir de la indiferencia tan característica de la relación de los actores políticos con la ciudadanía en la década de los 90. De suyo, la elitización transicional se mantiene implacable y el 2011 representa una rotación de la elite, pero también un populismo de baja intensidad que ingresa nuevos significantes a nuestro paisaje político.

¿Y ahora qué se viene en nuestro paisaje político? Todo indica que nos enfrentamos a un sujeto híbrido que manifiesta nuevo antagonismos globalmente transversales, que se expresan en una corriente mayoritariamente anti/establishment, de una inédita ebullición social. Pero ese sujeto invertebrado también participa de los rituales formales o “cínicos” del consumo post-moderno (caso de los grupos medios masificados). Cada vez que la protesta irrumpe, se escenifica una hibridez en el reclamo. Y no basta con persistir majaderamente con la tesis del hastío hacia la clase política, menos con negarlo, sino con que los servicios son incapaces de erradicar la nueva morfología de los antagonismos. En consecuencia, ese sujeto invertebrado tampoco viene a la búsqueda de reponer la historicidad de la política como lo pretenden retratar los movimientos sociales.

La externalidad compleja que ello generará es una cultura de la insurgencia donde se exacerbará –como nunca- la «reactividad social». De un lado, la persistencia de que el sujeto resuelva sus demandas en el campo de los bienes y servicios no se muestra consistente con la escenificación del mismo en el grito de la calle. Entonces, la operación política consistiría en desplazar el foco hacia los problemas de la comunicación y la cultura como producción de símbolos de reconocimiento. La insurgencia que se avecina no tiene plan, ni busca recomponer el tejido socio-político, a lo sumo es una evanescencia política, una expresión que vive de la fugacidad y no tiene la “dignidad” de las revoluciones –y sus tragedias–. Es la frustración o ira disfrazada de carnaval. Por fin, es clave entender que el sujeto de la insurgencia –que puede ser marginal o grupo medio radicalizado– tiene la obsesión de perturbar el statu-quo y, en cambio, no le interesa administrar un programa político. Aquí el medio –la calle– es el mensaje.

De otro modo, a diferencia del populismo  semi-ilustrado de 2011, las «pensiones del hambre» (AFP) como expresión de la ira social –aunque claramente anti-establishment–, aún no representan la construcción de un populismo vertebrado, pese a la sedimentación de una cultura insurgente (constituyente). El populismo visita espectralmente a la democracia; hay relaciones de contaminación entre estos dos términos. Lo más notable de esta «subjetividad política» es su debilidad en sostener con vigor una narrativa, un «horizonte de trazabilidad», dada la ineludible inclinación redentora de las izquierdas.

Por fin, no debemos olvidar que el temido populismo también puede ser una respuesta a las limitaciones de la democracia elitista y puede estar a la sombra, en un vínculo espectral –sombrío–  o fértil sobre la democracia más que augurar majaderamente su funcionamiento defectuoso. Populismo y democracia deben ser concebidos desde la «metáfora de la sombra», de aperturar los anquilosamientos del orden petrificado.

De un lado, la Concertación fue aquella arquitectura populista que necesitaba justificar los mitos neoliberales del individualismo, de otro, la Nueva Mayoría fracasó en el ejercicio de reconocer la brecha entre populismo y democracia, y más aún en ceder la nueva arquitectura política de un laguismo (“izquierdizado”) que difícilmente pasará enero. Finalmente, hay una ficción política fuerte en Chile, dada la historia de los partidos políticos: damos por sentado que no somos populistas, sino que somos rehenes de este sentimiento cuando estamos en crisis.

 

Mauro Salazar J., investigador asociado Universidad Bernardo O’Higgins

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO