Lo que está en juego en este contexto de desconfianza se ve como algo mucho más grande y profundo que el eventual aumento de la abstención.
Publicado el 15.10.2016
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Tal como si se tratase de un joven de 17 años que acaba de chocar el auto de su papá, nuestras autoridades nos han llamado a tomarnos las cosas “con optimismo”. Sin embargo, todos intuimos que difícilmente el optimismo pueda ayudarnos a sobrellevar las consecuencias de nuestro clima de desconfianza.

De esta forma, la simpleza del Ejecutivo nos lleva a pensar que estamos bastante lejos de dimensionar las reales implicancias de nuestro contexto político. Acá precisamente enmarcamos el problema de la participación electoral, tan popular por estos días.

Esperando no reducir una interesante discusión, parte de la literatura ha sostenido que los niveles de insatisfacción ciudadana inciden directamente en la confianza en las instituciones, lo que tendría implicancias directas en las conductas electorales. En otras palabras, se nos dice que una mala gestión de las autoridades se relacionaría con una alta abstención.

Pese a lo sencillo que resulta esta afirmación –aunque no lo es para nada–, en el contexto nacional se hace particularmente preocupante. Precisamente por esto, resulta lógico e intuitivo que todos estemos expectantes por la cantidad de votos que alcanzaremos en las próximas municipales, considerando la baja aprobación de nuestras autoridades y los altos índices de desconfianza.

Sin embargo –y contrario a lo que muchos creen por estos días–, no todo en la vida son votos.

Diversos estudios nos demuestran que las estrategias y el estilo de conducción de los incumbentes –la gestión– no solo se relaciona con la participación electoral y la desconfianza, sino que también con una serie de actitudes ciudadanas hacia el sistema político. En este sentido, los escándalos y la corrupción afectarían indicadores como el interés y la “eficacia” (o la sensación que tengo de que el sistema político me responde). Así, nacen los fenómenos de impotencia, apatía, cinismo e indiferencia hacia los políticos y los asuntos públicos, tan estudiados en los últimos 40 años. En otras palabras, aparece lo que algunos autores denominan “desafección”.

Si bien es lógico que la abstención de las municipales concentre nuestra atención, el problema de la desafección es subyacente. La falta de interés por los asuntos públicos, la desconfianza en las instituciones y los bajos índices de eficacia política –entre otras actitudes ciudadanas– no sólo inciden en las elecciones, sino que también en otros tipos de participación informal, en el asociacionismo y en el buen desarrollo de nuestra vida cívica en términos generales.

Con todo lo anterior, lo que está en juego en este contexto de desconfianza se ve como algo mucho más grande y profundo que el eventual aumento de la abstención.

Tal como en el caso del joven de 17 años que choca el auto de su papá, lo que destruiría esa relación padre-hijo no pasa necesariamente por las conductas que ambos tomen frente al hecho, sino más bien por las sensaciones y valores que subyacen a esas acciones. Pues bien, habrá que comentarles a nuestras autoridades que, cuando pasa eso, ya no vale simplemente mirar la vida con optimismo.

 

Pedro Fierro Zamora, Académico UAI y Director de Estudios P!ensa.

 

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO.