La Presidenta cambió desde la madre moderna que exige a la tradicional que protege.
Publicado el 05.09.2014
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De los conceptos que se lograron colar a la historia política de Chile durante el primer mandato de Michelle Bachelet, el de “cartillazo” es uno de los más descriptivos. Corrían sólo tres meses de gobierno cuando la Mandataria, en un acto público celebrado en La Moneda, les habló fuerte y claro a sus ministros y asesores más cercanos. “Necesito un gobierno que se anticipe a los problemas, no que reaccione a ellos”, señaló.

En esos mismos días, el Gobierno –la propio Presidenta, en realidad– logró poner paños fríos sobre el malestar pingüino, al más puro estilo Bachelet 1.0: creando un consejo presidencial asesor que se encargara de proponer reformas a la LOCE y anunciando aquello por cadena nacional. Un matutino titularía gráficamente al día siguiente: “Mamá Michelle sale a calmar las aguas”.

Quedaba definido así un estilo maternal moderno y públicamente exigente, que permitía –sino más bien, exigía– mayor protagonismo desde todos los ministerios y solía culminarse con un acto de la propia Presidenta.

Hoy el panorama parece distinto, pese a ser la misma Bachelet la que está en La Moneda. Hemos pasado de leerle la cartilla a los ministros a protagonizar periódicamente públicas defensas a sus gestiones, aunque las críticas vengan ya no de la oposición, sino desde la sociedad civil y la misma familia política que gobierna.

Este estilo también maternal, aunque estereotípicamente más tradicional, tiene efectos que pueden resultar perversos.

Por un lado, expone excesivamente la figura de la Presidenta, la que ya hizo campaña e inauguró su gobierno con un fuerte componente personalista, apostando a que ese capital con-nombre-y-apellido sería suficiente para concretar una promesa refundacional.

A diferencia de lo que pudo ocurrir en su primer gobierno, cualquier ajuste ministerial –que a estas alturas quienes no lo insinúan francamente lo lloran– sería visto hoy como un traspié para la propia Bachelet y no fruto de la inadecuación de un ministro en particular. La temprana salida de Andrés Zaldívar del Ministerio del Interior en 2006 fue vista entonces como que él sencillamente no se la pudo, más que como el fracaso de un capricho presidencial. Ocho años después la paradoja es patente: la postergación de un ajuste es fácil leerla como una obstinación, mientras que cambiar ahora, tras públicas defensas a los ministros más criticados, posiblemente sea leído como un fracaso personal.

Por otro lado, la maternal tutela de Bachelet para con sus ministros termina por sepultar la exposición pública de los mismos. Pocos gabinetes hemos tenido antes que, a seis meses de trabajo, tuviese semejante nivel de desconocimiento de parte de la ciudadanía. Más allá de los tres o cuatro ministros que están expuestos día a día, ya porque su cartera está en la agenda, ya por las críticas que reciben incluso desde la propia trinchera, el resto de los 23 secretarios de Estado navegan bajo la línea de flotación, no se les conoce –si son conocidos suele ser por su trabajo anterior- y, lo más peligroso, no se observa lo que están haciendo. En resumidas cuentas, lejos estamos de ver fenómenos como el de Carolina Schmidt en el gobierno de Piñera, que gozó de amplio conocimiento ciudadano y popularidad en el Sernam que bien le valió cuando fue arrojada a la arena educacional.

La Presidenta Bachelet, pues, ha cambiado su estilo: de la madre moderna que exige a sus hijos batírselas por sí mismos según sus propias capacidades, ha pasado a encarnar a una mamá tradicional, que sale a defender a sus polluelos aislándolos –con buenas intenciones– de la realidad. Hemos pasado del cartillazo, al nanai.

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO