Lo que ha fallado en la administración Bachelet no es una función de liderazgo individual, sino la capacidad de conducción y gestión política de una coalición de partidos cuya promesa programática era irrealizable, cuyo diagnóstico de la sociedad chilena es equivocado, cuyo diseño de proyectos ha sido defectuoso y a la que faltaron agenda, carta de navegación, calidad de gestión y habilidades de comunicación e implementación.
Publicado el 08.06.2016
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I

¿Quién decide qué, cómo, cuándo, dónde y con quién? Son las preguntas que recurrentemente han perseguido a la administración Bachelet. En particular a la Presidenta por las determinaciones adoptadas durante los primeros dos años de su gestión: designación de ministros, nombramientos (como el de su hijo en el cargo de la Dirección del Área Sociocultural de la Presidencia), composición de la agenda y prioridades gubernamentales, visto bueno a proyectos de reforma enviados al Congreso, política comunicacional, asuntos estratégicos como la gratuidad de la educación superior o las relaciones vecinales con el gobierno de Bolivia, integración y rol del comité político y del segundo piso de La Moneda, caso Caval, etc.

Y, más recientemente, su decisión de querellarse a título personal contra periodistas de la revista Qué Pasa, sorprendiendo a sus principales ministros y exponiéndose a una crítica en 360 grados.

Suele reducirse el conjunto de estas cuestiones a un tema de liderazgo presidencial. Es el enfoque preferido por la oposición, inspirado en el papel de la gestión privada y el rol y carácter de los más reputados líderes empresariales, capitanes de industria -como se les llamó alguna vez- y más reputados gerentes de empresas bancarias, petroleras, del retail, las nuevas tecnologías digitales y las comunicaciones. Expone una filosofía de vida para consumo de los media de los EEUU, alimentada por publicaciones prestigiosas como el Harvard Business Review, enseñada en escuelas de administración y programas de MBA y que exalta valores de individualidad, jerarquía, heroísmo, innovación, riqueza, elitismo, excelencia y tecnologías del mando. Fácilmente vienen a la cabeza los nombres de Steve Jobs, Bill Gates, Jack Welsh, Henry Ford y tantos otros que pueblan el Olimpo del capitalismo  norteamericano.

Nada más lejos de este modelo de decisiones, sin embargo, que el modelo político de la gobernanza presidencial en una democracia, sea en los Estados Unidos o en Chile. En efecto, lo que ha fallado en la administración Bachelet no es una función de liderazgo individual, sino la capacidad de conducción y gestión política de una coalición de partidos cuya promesa programática era irrealizable, cuyo diagnóstico de la  sociedad chilena es equivocado, cuyo diseño de proyectos ha sido defectuoso y a la que faltaron agenda, carta de navegación, calidad de gestión y habilidades de comunicación e implementación.

¿Cómo funciona el difícil arte de gobernar en sociedades capitalistas democráticas  con regímenes presidenciales de gobierno?

Ante todo, mediante ideas capaces de persuadir y articular acuerdos dando una orientación y un rumbo al desarrollo de la nación, como la semana pasada nos recordó el ex Presidente Lagos. Al contrario, el gobierno Bachelet ha descansado en una noción matemática de mayorías y en una administración por proyectos, los cuales han carecido de orden, coherencia y efectividad.

En seguida, funciona asumiendo que una parte importante de la política democrática es comunicativa y su efectividad, por ende, esencialmente comunicativa. Es un asunto, como dice la consigna, de “mentes y corazones”; es decir, cognitiva y emocional, que es el terreno de la movilización de ideologías. Las metáforas cuentan, las retroexcavadoras tienen un costo. Gobernar es comunicar, crear un relato compartido, motivar el esfuerzo y la responsabilidad a nivel masivo y generar un balance entre expectativas y frustraciones, malestares y bienestar.

En tercer lugar, es un arte que opera a través de un intrincado juego de redes de política y gestión; un entramado de acciones, coordinaciones y confianzas que conforman la gobernanza democrática.

II

Por lo pronto, en el vértice, a nivel micro, el gobierno opera como redes de dirección político-técnica en el cuadro de una administración burocrática. Se halla constituido por la Presidenta y sus secretarios de Estado y equipo de funcionarios y asesoras de confianza, desplegados en su conjunto como expresión de una coalición de partidos (la Nueva Mayoría, NM) representativa de un bloque político-cultural compuesto por una variada gama de sectores y actores de la sociedad chilena.

Transcurrida la mitad del periodo de gobierno, parece claro que ese vértice ha fallado. Su integración inicial fue equivocada y si bien la Presidenta cambió tempranamente el eje de su equipo político, hasta ahora lo mantiene dentro de un cuadro de ambigüedades que limitan su efectividad. ¡Realismo sin renuncia! Más importante, la red de mando estratégico del gobierno ha carecido de claridad, de visión, de timón. La llamada “función Boeninger” ha brillado por ausencia.

Si bien el jefe de gabinete, Jorge Burgos, ha introducido un talante distinto -para nada confrontacional ni épico refundacional, al contrario- sin embargo no ha contado con el apoyo necesario para definir una agenda reformista adecuada a ese talante. Valdés, que desde el Ministerio de Hacienda es el jefe natural de la red tecnoburocrática del gobierno, tampoco ha podido implementar aquel giro reformista. Ahora pondrá en juego la fortaleza de su posición y su seriedad técnica en la medida que logre una correcta solución política-técnica para el financiamiento del proyecto de reforma de la educación superior. Deberá encontrar una vía para asegurar gratuidad con autonomía institucional y un esquema de crédito estudiantil con aranceles de mercado.

Por su lado, la Presidenta ha proyectado crecientemente la imagen -independiente de si es real, así se manifiesta comunicacionalmente- de un progresivo aislamiento y un retraimiento simbólico en el segundo piso de La Moneda. Nada más ajeno a mi interés que el análisis pseudo-psicológico referido a la personalidad y subjetividad de la Presidenta. Aquí se trata de algo diferente. De la sensación que ha ido creándose entre analistas y la opinión pública encuestada respecto al hecho que la red presidencial -aquella que mantiene interconectada a la parte más alta del vértice gubernamental- se ha debilitado horizontal y verticalmente, reduciéndose a un número pequeño de personas amigas y a un núcleo algo distante de secretarios de Estado de primera línea.

El hecho de que la decisión presidencial sobre la querella contra los periodistas de Qué Pasa se haya adoptado dentro de esa tenue red en la parte más alta de la cúpula gubernamental, entre la Presidenta y su equipo más próximo pero sin participación de los ministros claves, corrobora esa imagen de aislamiento que la comunicación gubernamental no ha podido o no ha querido desvirtuar.

Finalmente, en el plano de las decisiones de política pública sectorial -como reforma laboral, tributaria, educacional, del régimen electoral, de transparencia y constitucional-, el gobierno es el espacio de conducción superior de múltiples redes de política pública (policy networks) que operan en cada sector dando expresión a las ideas e intereses de los diversos actores y partes involucradas.

En este plano -que es crucial para medir el desempeño del gobierna vis-a-vis a los problemas que afectan a la gente y preocupan a las sociedad-, la administración Bachelet ha mostrado una escasa habilidad y es evaluada negativamente por la opinión pública encuestada. Tómese cualesquiera de las políticas de reforma sectorial mencionadas y se podrá constatar que muestran importantes fallas, sea de diagnóstico, de diseño, de gestión legislativa, de adecuación de medios y fines, de potencial transformador y de condiciones de implementación.

Quiere decir que en cada caso, según las circunstancias, faltó una adecuada gestión de los respectivos policy networks, trátese de sus componentes técnicos y el aprovechamiento del “saber hacer” de los technopols y de evidencia disponible para un buen diseño de las reformas; o bien de la articulación de los grupos de interés que buscan representar la demanda de sus corporaciones; o bien, por último, de los miembros de la propia NM o de la oposición durante la tramitación parlamentaria de las iniciativas gubernamentales.

Todos estos elementos de red son clave para los procesos de decisión política: determinan el quién decide qué, cómo, cuándo, dónde y con quién, cuestiones que constituyen la dinámica central de la gobernanza democrática.

No existe pues, en la situación que nos ocupa, una falencia de liderazgo personal de la Presidenta como suele señalarse desde una perspectiva gerencial de la política, perspectiva que tanto atrae la atención de los medios de comunicación. Más bien, si nuestro análisis es correcto, lo que hay es una crisis de conducción provocada por un debilitamiento de las redes de gobernabilidad a niveles micro y macro; en la cúspide de la presidencia con la falta de solidez y coherencia de los equipos y el mal diseño técnico de las reformas y, a nivel macro, con el mal manejo de las redes sectoriales de política pública. 

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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