Cada tecnología trae consigo también nuevos problemas. Qué duda cabe que la energía nuclear, la genética, la robótica y los smartphones han traído beneficios, pero también a costa de nuevos y complejos problemas ambientales, sociales y éticos.
Publicado el 30.04.2016
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Agradezco enormemente la crítica de Luis Larraín a mi columna en El Líbero sobre el peligro de la Uberización del trabajo. Es un honor que tan destacado columnista (y fundador del mismo medio en que publica) le haya prestado atención. Incluso parece haberle ayudado a encontrar la inspiración divina porque titula su columna como “Bendita Uberización”.

Desgraciadamente, y a juzgar por el contenido de su columna, queda claro que Larraín no entendió nada. También lamento que en su crítica plantee pocas ideas que debatir y dedique la mayor parte del texto a lanzar afirmaciones tales como que no comprendo cómo funciona una economía moderna; que quiero que lo malo prevalezca sobre lo bueno; que quiero negar la innovación y el desarrollo; e, incluso, de que no estoy consciente de que vivimos en el siglo XXI.

Como ninguna de esas afirmaciones merece una respuesta, quisiera aclararle a Larraín lo que no entendió.

El argumento central de mi columna no es defender el actual servicio de taxis en Santiago (que deja mucho que desear desde varios puntos de vista, incluyendo el de los derechos laborales de los conductores). Tampoco pretende ignorar el valor económico y social de la destrucción creativa de la innovación. Ni siquiera busca atacar a Uber per-se.

Los temas de fondo son dos.

En primer lugar, las innovaciones tecnológicas se crean a un ritmo sin precedentes. Cada una de ellas promete soluciones mejores y más eficientes a nuestros problemas. Sin embargo, cada tecnología trae consigo también nuevos problemas. Qué duda cabe que la energía nuclear, la genética, la robótica y los smartphones han traído beneficios, pero también a costa de nuevos y complejos problemas ambientales, sociales y éticos. Pensar que toda innovación con éxito comercial a corto plazo será siempre buena para la sociedad es, cuanto menos, ingenuo.

Finalmente, si las empresas, con la ayuda de la tecnología y las presiones de su competencia, siguen reduciendo sus obligaciones con sus trabajadores, no deberían sorprenderse después de que la sociedad tenga una visión cada vez más crítica de ellas.

 

Alfredo Enrione, ESE Business School – Universidad de los Andes.

 

 

FOTO: DISEÑO SANDRO BAEZA / AGENCIAUNO.