Porque los incentivos del nuevo sistema electoral son distintos a los incentivos del binominal, sabemos que algunas cosas cambiarán. Pero el sistema no será ni más ni menos democrático de lo que era antes.
Publicado el 16.01.2015
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La obsesión por terminar con el sistema binominal transformó el debate sobre la reforma electoral en una discusión esencialmente retrospectiva. Porque el objetivo era botar la casa, ha habido muy poca preocupación por la nueva institucionalidad que se está creando. Aunque posiblemente haya efectos negativos en el sistema de partidos en 2017, el que ahora podamos discutir sobre los pro y contra del nuevo sistema electoral sin tener que retrotraernos a la herencia de Pinochet hará menos tóxico el debate sobre futuras reformas al sistema electoral.

Ningún sistema electoral es perfecto. Como, en el caso de Chile, se deben transformar millones de votos en representación en 120 escaños en la Cámara y 38 en el Senado, es inevitable que se produzcan distorsiones entre la voluntad popular y la representación en el Congreso. Pero ninguna distorsión es menos democrática que otras.  El sistema que entrará en vigencia en 2017 también producirá distorsiones (así como las producía el sistema en vigencia antes de 1973).

En el binominal, las distorsiones tendían a favorecer a la coalición que terminaba en segundo lugar —y castigaba a las que terminaban en tercer lugar y en lugares posteriores—. Pero eso no es anti-democrático. En un sistema mayoritario, se premia sólo al que termina primero. De hecho, las distorsiones inducen a un determinado comportamiento de los partidos. El binominal buscaba reducir la fragmentación partidista e inducir a los partidos chicos a unirse a coaliciones más grandes. Eso reduce el número de actores políticos, dificultando la representatividad de los partidos pequeños. Dado que tenemos un sistema presidencial, hay aspectos positivos en reducir el número de partidos con representación legislativa.

El nuevo sistema electoral inducirá a una mayor fragmentación en el número de partidos y hará más fácil que se formen partidos regionalistas, disminuyendo las barreras para la aparición de caudillos y llaneros solitarios en la política. Porque los incentivos del nuevo sistema electoral son distintos a los incentivos del binominal, sabemos que algunas cosas cambiarán. Pero el sistema no será ni más ni menos democrático de lo que era antes.

Para los que creemos que es mejor un sistema con más competencia, ganadores y perdedores claros, pocos actores, partidos fuertes e incentivos para la formación de coaliciones estables, el nuevo sistema sólo mejora algunos aspectos en relación al binominal, empeora otros y no modifica el resto. Mejora el nivel de competencia, porque la mayoría de los distritos tendrá un número impar de escaños, lo que permite romper el empate entre coaliciones. Pero como es más proporcional, todos se declararán ganadores después de una elección —como ocurre en las elecciones de concejales—. Al aumentar la cantidad de escaños en cada distrito, hay mayores incentivos para la fragmentación del sistema de partidos (si bien, como sólo se elegirán como máximo 5 senadores y 8 diputados, es correcto definirlo como un sistema proporcional moderado). Al haber más partidos con representación en el Congreso, será más difícil mantener la disciplina en las coaliciones. Pero como las elecciones parlamentarias se harán junto a la presidencial, los partidos tendrán incentivos para formar coaliciones electorales en torno a los candidatos presidenciales más populares. Ya en el gobierno, los partidos querrán mantener esas coaliciones para acceder a los puestos de confianza en el ejecutivo. Entre las cosas que no cambian, el nuevo sistema viola de igual forma que el binominal el principio de una persona, un voto.

Como cualquier reforma al sistema precisaba que los parlamentarios en ejercicio la votaran a favor, este nuevo sistema terminó siendo un traje a la medida de los diputados y senadores en ejercicio. Pero el binominal era un traje ajustado a la medida de los partidos de la Alianza, que se beneficiaron por 25 años de sobre-representación a costa de los partidos y coaliciones minoritarias. De ahí que reclamar porque el nuevo sistema es un traje a la medida sea un argumento tan correcto como impresentable cuando era articulado por aquellos que defendían un sistema que era un traje a su propia medida.

La principal y más convincente razón para cambiar el binominal era su origen autoritario. Impuesto por la dictadura, era impresentable que ese sistema electoral rigiera el funcionamiento de la democracia. Luego, aun si el nuevo sistema tiene falencias similares al binominal, el solo hecho que haya sido promulgado en democracia constituye una mejora sustancial. Es más, precisamente porque ahora la discusión sobre el sistema electoral no llevará inevitablemente a la lógica de la forma en que se produjo la transición a la democracia en Chile, la adopción del nuevo sistema constituye un paso en la dirección correcta.

Porque cualquier sistema electoral produce críticas y tiene detractores, es inevitable que surgirán voces en el futuro pidiendo modificar nuevamente el sistema electoral. Pero entonces, podremos discutir en sus méritos (y sin la sombra de Pinochet) las fortalezas y debilidades del nuevo sistema electoral. El fin del binominal permitirá comenzar a discutir el sistema electoral pensando en el Chile de hoy y no en la forma en que se produjo la transición a la democracia.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

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