Es mejor no perderse en lo esencial: el racismo es inaceptable; avergüenza a la sociedad que lo permite o lo tolera, así como también a quienes lo promueven, ya sea con argumentos vulgares o en apariencia más sofisticados. Por lo mismo, debe ser combatido desde sus raíces teóricas hasta sus manifestaciones públicas.
Publicado el 03.03.2018
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Hace algún tiempo vi una película que me pareció excelente: Mississippi en llamas (1988). Era dura y dolorosa, y aunque se trata de una obra cinematográfica, ciertamente tenía su origen en la realidad de un sector de Estados Unidos, en pleno siglo XX, donde coexistía un racismo abusador y matonesco con una estructura judicial y policial al servicio de esa injusticia. Ambientada en 1964, muestra la acción personal y organizada de miembros de la Ku Klux Klan, cuyos delitos permanecían ocultos entre el pacto de silencio y las convicciones supremacistas de sus miembros.

En esa misma década, Martin Luther King desarrollaba una campaña extraordinaria de lucha por los derechos civiles y políticos de la gente de raza negra en los Estados Unidos, que coronó magistralmente en su famoso discurso I have a dream (1963). En esa ocasión señaló que a pesar de la firma de la libertad de los esclavos en el siglo XIX, el fin del cautiverio no había representado el término de las injusticias: “Cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra”. Esa verdadera pieza maestra oratoria fue premiada con una ovación y se replicó en millones de sueños, y aunque la vida del líder terminó con su asesinato, el crimen no pudo borrar su memoria ni su lucha que, de muchas maneras, continúa vigente en el mundo.

Es que el racismo, en muchos lugares, se niega a morir. Aparece y reaparece, en forma abierta o solapada, desde la manera más rústica y obscena hasta la más tenue y envuelta en explicaciones más o menos reales, inteligentes, incluso seductoras. Por lo mismo, es un tema que conviene considerar cada cierto tiempo, y al cual hay que volver fijando ciertos estándares de convivencia social y también ciertos criterios básicos para enfrentar nuestra relación con las demás personas y grupos; después de todo, cómo miramos a los demás y cómo nos comportamos con ellos —y de la manera que las sociedades organizadas lo hacen— determina una buena aproximación hacia niveles más altos de civilización, o bien el retroceso a diferentes formas de barbarie.

El tema del racismo, lamentablemente, no está sepultado, y ni siquiera los casos más extremos —como el de Hitler y el nacionalsocialismo en el siglo XX— han logrado terminar con las expresiones de odio racial. Un estudio de la Universidad de Harvard realizado entre 2002 y 2015 muestra los niveles de racismo en los distintos países de Europa, y los clasifica entre aquellos que tienen más prejuicios raciales y los que tienen menos. Se realiza un Test de Asociación Implícita, que podría no reflejar los comportamientos, y muestra a la República Checa con el mayor nivel de racismo, posición seguida por otros países de Europa oriental. Los países occidentales con mayores prejuicios serían Italia y Portugal, seguidos por España. En otras naciones europeas los movimientos xenófobos han vuelto a tener fuerza, incluso electoral, con señales provocadoras y beligerantes, en parte basadas en el problema de la inmigración y ciertamente en sus propios prejuicios.

Precisamente a finales de febrero de este año, en otro plano, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia pidió a España crear de manera urgente un organismo “fuerte e independiente” que promueva la igualdad y la lucha contra el racismo y la intolerancia. Por cierto, es muy discutible que sea necesario crear más burocracia para algo así, porque incluso se plantea la posibilidad de fusionar órganos que trabajen estos temas. Lo que es necesario es considerar el tema de fondo: el informe señala la falta de medidas para la integración de los migrantes y la segregación que sufren los niños gitanos. Aunque España está lejos del discurso racista de otras sociedades, e incluso penaliza los actos racistas y xenófobos que se cometen por las redes sociales, el organismo internacional sugiere estar atentos al abandono escolar, la pobreza, la segregación y los guetos que forman parte de la vida de grupos sociales de inmigrantes o de gitanos.

Chile no está ajeno a esta discusión y también hemos visto que, al terminar este verano, la inmigración y las discusiones con tintes racistas han emergido en las redes sociales y en la opinión pública. El temor a la xenofobia y al populismo es real, y probablemente será creciente y, por lo mismo, vale la pena abordarlo de la manera adecuada, con bases sólidas y una argumentación que desafíe algunos sentimientos viscerales y prejuicios arraigados. La imagen pegada en un basurero de Santiago ilustra este ambiente amargo que está emergiendo: “Haitian not welcome”, con la imagen caricaturesca de un hombre negro de rasgos marcados, mezcla de burla y amenaza. Como suele ocurrir, esto ha generado reacciones variadas, aunque es lamentable que las acciones no se vean tan claras; algunas personas han recordado manifestaciones racistas que en el pasado se dirigieron contra otros inmigrantes (la “turcofobia”, por ejemplo), lo que ilustraría ciertos rasgos racistas atávicos en Chile. En fin, se trata de un tema que ha llegado para quedarse en nuestro país, al menos por un buen tiempo.

Como en muchos otros temas, la integración social y la formación cultural son bases fundamentales para una sociedad más amable y comprensiva, más abierta y generosa y, por lo mismo, menos racista e intolerante. Nadie nace con estos conocimientos, por lo cual se requiere en cada generación una transmisión sensata y permanente de valores y virtudes, de conocimiento histórico y hábitos cívicos que hagan de la vida en sociedad una experiencia valiosa para todos, y no de sufrimiento para algunos por razones de su raza u origen nacional. Después de todo, como sabemos, la Humanidad ha experimentado grandes avances en muchos órdenes de cosas, y tras varios siglos hay, en los hechos, una coexistencia bastante extendida de diferentes culturas en las más diversas sociedades del mundo. Y, en general, con buenos resultados y una mejor aceptación hacia aquel que nos parece diferente.

Sin embargo, no hay que relajarse ni bajar los brazos. En Chile tampoco, de ninguna manera. El racismo es un mal que no se ha extinguido: es una enfermedad que desaparece o se esconde convenientemente; que logra erradicarse en algunos lugares, pero rápidamente aparece en otros; que se sumerge en una generación y emerge peligrosamente en la siguiente; se disfraza, se reinventa y encuentra nuevos argumentos y justificaciones, así como adherentes renovados y auto-convencidos. Por lo mismo, es mejor no perderse en lo esencial: el racismo es inaceptable; avergüenza a la sociedad que lo permite o lo tolera, así como también a quienes lo promueven, ya sea con argumentos vulgares o en apariencia más sofisticados. Por lo mismo, debe ser combatido desde sus raíces teóricas hasta sus manifestaciones públicas.

Sólo así comprenderemos que el racismo no es la expresión externa de la superioridad racial —como creen sus defensores—, sino la triste, lamentable e inaceptable manifestación de la decadencia moral en una sociedad.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO