Los jóvenes que protestan y ejercen la violencia son niños malcriados frente a quienes la clase política, en especial la izquierda, se ha rendido con cobardía y falta de liderazgo.
Publicado el 16.06.2016
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Hay mucha hipocresía en la condena generalizada que se ve hoy en nuestra sociedad a los estudiantes que han causado destrozos en el Internado Nacional Barros Arana o a los encapuchados que en una manifestación del pasado 21 de mayo actuaron con tal violencia que terminaron con la vida de un guardia municipal.

Es cierto que los jóvenes protagonistas de estos hechos, con su torpeza adolescente, contribuyen a este ambiente. En lugar de considerar a Barros Arana o Lastarria héroes de la educación pública, como en verdad lo fueron, los agreden amparados en el atrevimiento que les da su ignorancia. El episodio del Cristo de la Gratitud Nacional caracteriza a sus autores como fanáticos y eso a la gente no le gusta.

Pero resulta que esta no es la primera vez que grupos de estudiantes se toman un colegio, o que causan graves destrozos a edificios con valor patrimonial e histórico. Ha pasado repetidas veces desde hace muchos años y la izquierda no sólo lo ha tolerado, sino que los ha amparado. De hecho, la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, cuando Zalaquett era alcalde e intentaba enfrentar a estos vándalos, decía: “penalizar tomas, suspender becas, reprimir marchas. No se recupera la autoridad dando palos y, menos aún, palos de ciego”. La misma Carolina Tohá señaló hace poco tiempo, siendo ya alcaldesa, que si las tomas eran precedidas por una votación, se iba a excluir el desalojo.

Los jóvenes que protestan y ejercen la violencia son niños malcriados frente a quienes la clase política, en especial la izquierda, se ha rendido con cobardía y falta de liderazgo. Desde aquella niña con nombre musical que le tiró un jarro de agua a la ministra de Educación, Mónica Jiménez, pasando por una turba de estudiantes de la UTEM que agredió al ministro Joaquín Lavín, la toma del Senado en octubre del 2011 en plena sesión de la Comisión de Educación, hecho único en la historia de esta corporación, y los miles de estudiantes secundarios y universitarios que han participado en violentas tomas y que han sido amparados, regaloneados y hasta alimentados (con pizza) por académicos, hemos tenido una absoluta tolerancia hacia sus comportamientos violentos.

Y en cuanto a las marchas, la izquierda ha rechazado sistemáticamente cualquier intento de legislar para penalizar la presencia de encapuchados, que como todo el país sabe, son quienes causan la mayor parte de los hechos violentos.

Las autoridades han dado permiso a los estudiantes para marchar por las principales arterias de nuestras ciudades, en días laborales, interrumpiendo el tránsito, causando molestias e incomodidades a millones de chilenos y perjuicios a propietarios y trabajadores de locales comerciales que son sistemáticamente saqueados durante esas manifestaciones. Todo ello es insensato. Una vez más el Estado falla en cumplir sus roles principales, en este caso garantizar el orden público y la seguridad ciudadana, mientras se preocupa de prohibir la venta de chocolates o la cajita feliz.

Los jóvenes se manifiestan indignados porque no se les ha cumplido con la promesa de gratuidad en la educación superior y porque no se ha terminado con “la educación de mercado”. ¿Y qué diablos es eso de la educación de mercado? ¿Alguien puede explicarlo?

La irresponsable oferta programática del Michelle Bachelet y de quienes le prestaron ropa desde la academia y la política es en buena parte responsable del estado de frustración que muestran los dirigentes estudiantiles. Cuando la Nueva Mayoría se rindió a los pies de los líderes estudiantiles que pedían fin al lucro y educación gratuita, pavimentó el camino para el escenario actual. ¿Por qué nadie tuvo la honestidad intelectual de decirles que poner fin al lucro no resolvía los problemas de calidad de la educación superior? ¿No calcularon que la promesa de gratuidad para el 70% de los estudiantes era imposible de cumplir?

Los jóvenes pueden ser ilusos, carecer de experiencia, pero resulta que otros no tan jóvenes les dijeron que podían tener educación pública, gratuita y de calidad. Les contaron que al modelo económico que ha imperado en Chile en los últimos 30 años podía oponérsele otro modelo, que transformaría nuestra sociedad en una más justa. Lo que de verdad han encontrado es un país con mucho menos oportunidades y más desigualdad. Ello no justifica para nada sus comportamientos violentos, pero puede ayudar a explicarlos.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO

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