La lógica de dejar de escuchar al distinto con un simple “dejar de seguir” o “bloquear” fomenta la pusilanimidad de nuestra juventud. Mucho de esto se percibe hoy por hoy en juventudes universitarias –e incluso parlamentarias– que lejos de entrar a la confrontación de ideas, prefieren usar un sinfín de etiquetas protectoras de la propia inseguridad escondida.
Publicado el 23.04.2018
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Sin lugar a dudas que los avances tecnológicos liderados por las grandes compañías internacionales han modificado nuestra manera de relacionarnos y entendernos en los últimos años. Las redes sociales y la posibilidad de utilizarlas en cualquier momento y lugar están entre los principales factores de la modificación de nuestros cánones de convivencia.

En tal sentido, una muestra elocuente de esto es la frase esbozada por Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, en una conferencia en California: “En todo el mundo vemos gente abandonada por la globalización y movimientos para retirarse de la conexión global. En tiempos así, lo más importante que podemos hacer desde Facebook es desarrollar la infraestructura social para dar a la gente el poder de construir una comunidad global”. Sin embargo, ¿es eso lo que realmente están construyendo Facebook y el resto de las redes sociales?

Para contestar esta pregunta con lucidez, resulta esencial destacar una de las características principales de estas herramientas virtuales: la capacidad que tenemos los usuarios de “seleccionar” la información que deseamos ver o escuchar. Basta con un simple “seguir” para enterarnos de casi todo lo que hace un amigo, político, cantante, ONG, empresa, etc. y un “dejar de seguir” para eliminar de nuestro mapa aquello que se aleja de nuestro interés.

En una primera aproximación, cualquiera podría afirmar que ese fugaz click es deseable, toda vez que en espacios de ocio es bueno permitir a las personas centrarse en aquello que los distrae y los relaja, sin embargo, sabiendo que dichas acciones no se mantienen en la intimidad de la privacidad y que, por el contrario, rápidamente pueden generar consecuencias sociales que podrían no ser tan inofensivas, resulta relevante adentrarse en las razones que lo explican.

Basta con un simple “seguir” para enterarnos de casi todo lo que hace un amigo, político, cantante, ONG, empresa, etc. y un “dejar de seguir” para eliminar de nuestro mapa aquello que se aleja de nuestro interés”.

Así, esta capacidad selectiva como característica primordial de las redes sociales tiene al menos dos consecuencias sociales fundamentales. Por una parte, la posibilidad de crear verdaderos mundos “a nuestra pinta”, que son capaces de sacar a la luz sólo lo “interesante” y relegar al olvido todo aquello que aparentemente escaparía de lo atractivo. Nos sumergimos, así, en verdaderos oasis en la cotidianeidad del día a día. Esta situación nos recuerda aquellas glándulas que los patos poseen en sus lomos, las cuales, al secretar un cierto tipo de grasa, los mantienen secos en el contacto con el agua. En tal sentido, así como en los patos el agua y el aceite no se mezclan, algo similar pasaría con estos mundos paralelos creados por las redes sociales, transformándose en el aceite que nos impide “empaparnos” con la realidad. Esto es grave cuando nos compramos la idea de que el trending topic es el verdadero termómetro social y nos olvidamos de que la vulnerabilidad del dolor humano, muchas veces, no encabeza la lista de “lo más comentado”. Por cierto, más grave se torna lo anterior cuando hay proyectos de ley que son impulsados producto de discusiones en Twitter.

Por otra parte, esta falta de roce con el mundo real pareciera estar creando jóvenes débiles y temerosos a lo distinto. Evitar el roce propio de la convivencia democrática y reemplazarlo por la etiqueta del “facho pobre”, “zurdo”, “sobreideologizado”, “heteropatriarcal” y tantos otros populares calificativos utilizados en el mundo virtual, trae malos augurios sobre una juventud que prefiere escudarse en ellos para luego rehusarse al diálogo racional. En otras palabras, la lógica de dejar de escuchar al distinto con un simple “dejar de seguir” o “bloquear” fomenta la pusilanimidad de nuestra juventud. Mucho de esto se percibe hoy por hoy en juventudes universitarias –e incluso parlamentarias– que lejos de entrar a la confrontación de ideas, prefieren usar un sinfín de etiquetas protectoras de la propia inseguridad escondida.

Como sostuvo el célebre sociólogo Zygmunt Bauman antes de morir: “Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”.

Siempre hay razones para “dejar de seguir”, evitar el contacto con el otro y aceptar la propia realidad. Quizás –de no mediar una profunda autocrítica entre quienes tienen el sartén por el mango–, lejos de unirnos, las redes sociales nos volverán más frívolos e indiferentes.

 

Pablo Valderrama, director ejecutivo de IdeaPaís

 

 

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