En cuanto uno aterriza en Lima, siente que el país está embarcado en una tarea nacional con la cual se siente identificado: mostrar su riqueza natural y cultural, y proyectar esa impronta diversa hacia el resto del mundo. Los peruanos se creen el cuento, seducen al turista con el buen trato y la calidad gastronómica y salen al extranjero a difundir sus platos y restaurantes, de modo que van dejando huella de su identidad cultural.
Publicado el 24.01.2017
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Visitar Chile es visitar Chile. Contamos con unos parajes naturales extraordinarios y únicos: el desierto de Atacama, las alturas andinas y los lagos altiplánicos, Isla de Pascua, el Sur, Chiloé, los canales, la Patagonia, en fin, algo único que recorremos con amor y mostramos con orgullo y pasión a los turistas. Nicanor Parra sostiene que Chile es un paisaje. Creo que Chile es un estado de ánimo. Depende de cómo nos sentimos como país. Podemos estar eufóricos, como cuando éramos jaguares, o de capa caída, como en estos últimos tres años.

Visitar Perú es, sin embargo, toda una experiencia. O al menos así han sabido proyectarlo y difundirlo internacionalmente y con maestría los peruanos. Una experiencia que comprende las admirables civilizaciones milenarias que dejaron su impronta profunda en la cultura, idiosincrasia y el ser peruano, la influencia española, el aporte de africanos, europeos, chinos y japoneses. Esa experiencia incluye también el deslumbrante patrimonio cultural precolombino, los riquísimos testimonios arquitectónicos de la época colonial, y el Perú de los siglos XIX y XX. Esa experiencia incluye, desde luego, las manifestaciones artísticas y literarias, el envidiable crecimiento económico de los últimos años y, lo que más se menciona hoy a nivel mundial, la exquisita gastronomía.

Los chilenos que visitaban el Perú antes del boom económico sabían cuánto calzaba su gastronomía. Pablo Neruda afirmaba que la mejor cocina del mundo era la francesa (en los sesenta eso era lo que se pensaba), y ubicaba en segundo lugar a la del Perú. Como en el ámbito inmobiliario, el célebre poeta también tenía buen olfato y paladar para lo gastronómico. Se habrá equivocado en política, pero en esta materia no. Los restaurantes peruanos son hoy sensación mundial, en especial en Europa, y el año pasado un millón de chilenos visitó el vecino país, fundamentalmente por razones de negocios y turismo. Y todos van, de una u otra forma, atraídos por la cocina peruana. Regresan, desde luego, seducidos por ella.

De la mano del renombrado chef Gastón Acurio, bajo su inspiración y su visión de la diversidad gastronómica peruana (universo donde interactúan la tradición culinaria del antiguo Perú, la cocina española, la africana sub sahariana, la italiana, la francesa, la china cantonesa y la japonesa), nuestro vecino supo proyectarse internacionalmente, ofrecer al país con sus atractivos, conquistar a millones y convertirse en un referente gastronómico mundial. Quien no conoce la cocina peruana, o ignora la exquisita fusión entre la comida tradicional y la japonesa (en Perú existe una influyente y emprendedora comunidad japonesa de 120.000 personas), no está entendiendo lo que pasa en el turismo mundial.

En cuanto uno aterriza en Lima, siente que el país está embarcado en una tarea nacional con la cual se siente identificado: mostrar su riqueza natural y cultural, y proyectar esa impronta diversa hacia el resto del mundo. Los peruanos se creen el cuento, seducen al turista con el buen trato y la calidad gastronómica y salen al extranjero a difundir sus platos y restaurantes, de modo que van dejando huella de su identidad cultural.

Cuando se llega a Lima, un chileno no tarda en establecer las comparaciones: salir del aeropuerto es más grato que hacerlo de Pudahuel, donde un enjambre de taxistas piratas cae sobre el turista ofreciéndole viajes de los que saldrá trasquilado. En el Jorge Chávez, y sin querer idealizar al Perú, uno tiene la sensación de que se protege al turista y que éste puede recurrir con tranquilidad a servicios de taxis seguros, a Uber u otros sistemas de transporte. Desembarcar en Lima no es como hacerlo en Zurich o Helsinki, pero tampoco como hacerlo en Santiago de Chile. En esto los peruanos han aprendido en los últimos años y Chile ha olvidado.

Pero hay algo más que habla del espíritu con que los peruanos reciben al turista. Existe una cortesía transversal, una amabilidad por doquier, una disposición a ayudar al que anda perdido. Hay gentileza y una sonrisa, aún se saluda en los ascensores, la gente brinda tiempo al que consulta, aunque ande apurada. ¿Cómo convencieron en Perú a su gente de que el turismo trae muchos beneficios, que no hay que abusar del visitante y que este comenta en su país cómo fue tratado?

Lima (la que uno recorre como turista) sorprende hoy por su limpieza y su restauración de calles y, a mi juicio, por el respeto con que los peruanos tratan su rico patrimonio cultural. Lo de Valparaíso, donde vándalos contaminan con rayados y garabatos las paredes y los muros de la ciudad, sería impensable. Las penas, por lo demás, son severas. ¿Cómo lo lograron nuestros vecinos, que exhiben más pobreza, mayor desigualdad social que Chile y una educación pública de inferior calidad? ¿En qué momento se salvó el Perú y en qué momento se jodió Chile?, por parafrasear a Mario Vargas Llosa (a propósito: no dejen de leer a los novelistas Francisco Ángeles, Enrique Planas y Jeremías Gamboa, entre otros).

También en los restaurantes se nota la diferencia. Allá el mozo es afable y servicial, no se avergüenza de servir, sabe que servir es un oficio respetable y que, bien ejecutado, reporta ventajas. Pero no se trata sólo de amabilidad, sino también de profesionalismo. El mozo en Perú sabe por lo general al dedillo el plato que está sirviendo, los ingredientes que contiene, el modo en que fue preparado, y es difícil encontrarse con aquellos que abundan en Chile: los que tienen que ir a preguntar a la cocina para responder cualquier consulta sobre el plato que han traído. ¿Cómo se logra este nivel de profesionalismo? ¿Cómo se puede mejorar ese servicio, criticado por los turistas, como indican encuestas?

No se trata de idealizar al Perú ni demonizar a Chile, tampoco de desconocer que en Chile hay muchos establecimientos de genuino nivel internacional, pero sí de reconocer los logros y la superioridad de nuestros vecinos en muchos aspectos, así como de asumir nuestras debilidades para superarlas. Querer ignorar esto es tratar de tapar el sol con un dedo. No conduce a nada. Muchos de los millones de turistas que vienen a Chile cada año pasan por Perú antes o después, y cada uno saca conclusiones, compara, comenta en casa de cómo fue tratado en el taxi, la calle, hoteles, cafés y restaurantes. Hay que asumirlo y tratar de aprender para mejorar.

Es un reto nacional, en cierto sentido. Se trata de ver cómo promovemos, a través del sector privado y público, a quienes están haciendo valiosos esfuerzos y logrando notables resultados en estos ámbitos. Se trata de impulsar un cambio importante en la concepción del turismo y la oferta culinaria. Se trata también de fomentar y reconocer nuevas inspiraciones en nuestra cocina a partir de nuestras raíces precolombinas y las europeas, latinoamericanas, caribeñas y asiáticas que hoy también nos constituyen. Se trata de aprender de experiencias exitosas y generar sinergias en esas direcciones.

México, Colombia, Guatemala y Costa Rica son otros países de la región que, pese a sus problemas políticos, económicos o de seguridad, han logrado proyectar una imagen país atractiva, cosa que a Chile aún le cuesta. Tal vez porque a muchos les resulta fría y distante, o porque está formulada por expertos internacionales. La exitosa experiencia del Perú comenzó con un limeño que conoce una parte esencial del alma peruana: Acurio. Estos países han conquistado al turista con sus paisajes naturales, su patrimonio cultural, sus artes, su gastronomía, sus bebidas, y también su buen trato y cordialidad. Para proyectar internacionalmente al país en forma atractiva hay que creer en él, quererlo pese a sus limitaciones e imperfecciones, apostar por él, convencer a la propia gente de que es un país donde vale la pena vivir y al cual vale la pena visitar. No se puede proyectar una imagen país positiva si se piensa que el país sólo será efectiva y profundamente bueno cuando cierto gobierno haya cumplido su programa. Para promoverlo internacionalmente, al país hay que quererlo con sus déficits.

Para los viajeros, Chile no puede seguir siendo sólo un paisaje maravilloso desde el extremo norte al extremo sur, ni un país donde quieren al forastero principalmente en una canción, ni un país que sólo merece el aplauso cuando haya superado su pobreza y logrado la igualdad social. Hay que aprender de los vecinos que han sido exitosos en su gestión en favor de la imagen país, y hay que lograr que visitar Chile sea mucho más que un desplazamiento por paisajes estremecedores y se convierta -en su conjunto- en una experiencia inolvidable y única por gratificante.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

*(Nikkei: nombre con que se designa en Perú a inmigrantes japoneses y su descendencia. La gastronomía Nikkei fusiona la tradición culinaria peruana con la japonesa).

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