Lo que rescato es poder discutir por horas –con desconocidos- de Educación Cívica; de la vida política de nuestro país, de nuestros sueños y rabias. Es que eso nos falta. Humanizarnos, recuperar las confianzas, y en este proceso, sin duda, aquello lo he vivido, ha sido como una protesta pacífica… aunque no crea en la legitimidad del resultado.
Publicado el 28.07.2016
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Ya había asistido a un cabildo auto convocado en Santiago. No por confiar en el proceso, sino porque quiero ejercer mi derecho a fiscalizar en primera persona. Que no me vengan con cuentos.

Pero esta vez quise vivirlo fuera de la capital. Me trasladé a la provincia de Curicó, Séptima Región, donde participamos 230 personas de un total de 244 mil habitantes. Es decir, asistió el 0,09% de la población. Claramente éramos como los elegidos de un casting; las sorpresas y curiosidades abundaron.

Muy comprometida con mi deber cívico, realicé todos los pasos previos para poder ingresar al local. Pero llego a él y mis ojos ven que no a todos les piden el carné. O sea, me pasé de matea. Le pregunto al encargado que cómo es posible esto, que lo encuentro poco serio, y me responde que la inscripción previa es sólo para tener una estimación. Como soy mal pensada, me dije: “esto se presta para el acarreo de última hora para evitar bochornos”, pero decidí hacer “Ohm” y continuar con mi deber cívico.

Grupo 10. 18 personas. Partimos a las 9.40 AM. Veo una mesa con sanguchitos con abundante relleno, queque, café, té. Estaban muy buenos. Pero eso no fue todo. Luego llegó torta de milhojas que en nada tenía que envidiar a las versiones tipo Bezanilla o Las Violetas. Y ahí me puse mal pensada de nuevo. Tanto que criticaron los Chocman en otros tiempos. Debo decir que el vituperio de mi cabildo estaba nivel constitucional.

Comenzaron los problemas. Una dirigente social, con camarógrafo a cuestas, comenzó a sacar fotos y grabar. Cuatro nos opusimos, porque no sabíamos el destino de aquellas imágenes (y menos comiendo torta, ¡qué poco cívico!). Hubo votación. Perdimos. El hombre podría grabar, pero a nosotros cuatro no. De nada sirvió. Lo vimos filmándonos en varias oportunidades. Me acordé del dicho colonial “Se acata, pero no se cumple”.

Comenzamos nuestra discusión (bastante más álgida que la que tuve en Santiago entre vecinos). Tipo 12.00 se incorporaron o “colaron” (para usar el verbo de moda que instauró la ministra Adriana Delpiano) dos nuevos integrantes. Curioso. Pero más curioso fue cuando tipo 13.00 horas un ser humano irrumpe en la sala y pregunta a viva voz: “¿alguien que necesite irse a Molina?, hay bus disponible”. Ese fue el momento en que los 18 nos miramos con máxima desconfianza, tanto que el moderador, en son de broma, dijo: “¿no será acarreo…?”. Yo no lo encontré tan divertido.

Ya estaba casi terminando la discusión a las 14.05 horas. Yo debía irme por un compromiso ineludible. Pido a la secretaria del grupo 10 el acta para estampar mi firma en señal de asistencia (como había sido en los cabildos auto convocados). Ella, que también había ido a uno anteriormente, me dice que no encuentra el papel donde hay que firmar. Ergo, no pude hacerlo, fui un fantasma.

Pero más allá de las curiosidades, por decirlo de manera elegante, porque me indignaron, creo importante destacar tres puntos de esta asistencia:

-En la etapa de discusión y votación de los DEBERES, propuse se incluyera el voto obligatorio pensando en que me iban a comer con la mirada. La sorpresa estuvo en que los 18, o sea, unánimemente, apoyaron la moción. Algunos dijeron que, si bien estaban de acuerdo con el voto voluntario; dada la situación que estaba viviendo el país, no eran momentos para darse gustitos y había que votar. Me salió un “¡Viva Chile!” en mi interior.

-En una de las discusiones me di una libertad. Pregunté cuántos de los allí presentes se habían leído la actual Constitución. Entre los que la habían hojeado y leído, levantaron la mano nueve, es decir, el 50%. Varios dijeron, “estamos bien en este grupo ah”, y risotadas. No lo encuentro para reír. Parece increíble que se quiera realizar una nueva Constitución cuando la gente no conoce la actual. Tanto es así, que hay principios, derechos, deberes e instituciones que participantes nombraron como gran aporte, y ya están en la actual carta magna. ¿No debiéramos haber partido por clases de Educación Cívica a nivel nacional? Insólito. Como se dice en la Séptima, es como poner la carreta delante de los bueyes.

-Dejo para el final lo más curioso y relevante. Cuando nos presentamos, fue unánime el que todos dijéramos que teníamos desconfianza del proceso.

Entonces, ¿por qué estábamos ahí? Cada uno por diversas razones, pero en el fondo, a todos nos unía el ansia de querer participar, de querer aportar…, aunque se dude, aunque se crea que la futura Constitución se hará entre cuatro paredes (o ya esté hecha).

Y es eso lo que rescato de mi cabildo provincial. El poder discutir por horas –con desconocidos- de Educación Cívica; de la vida política de nuestro país, de nuestros sueños y rabias (un participante se emocionó al presentarse). Es que eso nos falta. Humanizarnos, recuperar las confianzas, y en este proceso, sin duda, aquello lo he vivido, ha sido como una protesta pacífica… aunque no crea en la legitimidad del resultado.

 

Rosario Moreno C., Periodista y Licenciada en Historia UC.

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO