A los ciudadanos en edad de votar, el gobierno de Michelle Bachelet los trató como niños de pre-básica. No hay peor despotismo, decía Kant, que el paternalismo gubernamental. Eso fue lo que mostró el gobierno al subestimar a los ciudadanos con un cuento de animales.
Publicado el 04.06.2016
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El fuego es útil en nuestras vidas, sirve para cocinar, para calefacción, para iluminar, para fabricar cosas. Pero es peligroso, requiere límites. De lo contrario, se extiende y puede llegar a arrasar todo, quemándonos y destruyendo nuestros hogares. Los seres humanos hemos ido aprendiendo a usar el fuego, a colocar límites. Sin embargo, todavía no aprendemos lo mismo con respecto al poder. En vez de imponerle límites, seguimos creyendo que en manos de algunos, pocos o varios, éste se volverá benevolente y convertirá nuestras vidas en un paraíso.

Cuando el gobierno de la Nueva Mayoría anunció su proceso constituyente, habló de una primera etapa pedagógica, para que los ciudadanos pudieran entender los principales conceptos a discutir en los cabildos y encuentros. Esa fase, sin embargo, se tradujo en un burdo cuento para niños: el famoso constitucionario. La gracia, que incluyó videos e insertos en prensa, costó 250 millones de pesos. El problema es que no informó nada con respecto a lo que realmente debería considerarse a la hora de discutir en cuanto a una constitución.

En ningún caso hubo alusión a principios constitucionales esenciales como la separación de poderes, la igualdad ante la ley, la independencia del poder judicial o la supremacía de la persona humana frente al ejercicio del poder estatal. La fase de pedagogía del gobierno fue simplemente una burla en todo sentido. A los ciudadanos en edad de votar, el gobierno de Michelle Bachelet los trató como niños de pre-básica. No hay peor despotismo, decía Kant, que el paternalismo gubernamental. Eso fue lo que mostró el gobierno al subestimar a los ciudadanos con un cuento de animales.

Si realmente se quiere discutir con respecto a una constitución, no se pueden obviar los principios fundantes que hoy nos hacen valorar tanto una carta magna. Esos elementos, surgidos de la tradición constitucional, herencia de las revoluciones liberales, surgen con el propósito preciso de establecer límites a quienes gobiernan y ejercen el poder del Estado. ¿Con qué fin? El de resguardar las libertades y derechos personales de cada persona.

El proceso constituyente impulsado por el gobierno de la Nueva Mayoría ni siquiera ha hecho mención a este principio esencial que cualquier constitución decente y democrática debería tener. La sociedad civil no puede permitir que un gobierno, que a todas luces muestra una fuerte voluntad del poder, nos lleve a un proceso constitucional desinformado y carente de principios claves. Es nuestra tarea como ciudadanos responsables, celosos de nuestra propia libertad. No sería malo recordar lo que George Washington decía: “El gobierno no conoce la razón ni la convicción, y por eso no es otra cosa que la violencia. Lo mismo que el fuego, es un servidor peligroso y un amo terrible. No hay que darle nunca ocasión para cometer actos irresponsables”.

 

Jorge Gómez, Director de Investigación Fundación para el Progreso.

 

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO