Si la historia sigue considerándose una herramienta al servicio de la política, se seguirá interpretando pobremente el presente.
Publicado el 12.09.2014
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Hace un año se cumplieron cuarenta desde que ocurrió algo que parece haber sucedido tan sólo ayer. El 11 sigue siendo la fecha eje y el vórtice sobre el que gira nuestra sociedad, su política y el desenvolvimiento de la república. Ahora, tras un nuevo 11, con bombazos y violencia, vuelve a hacer visible aquello que el año pasado fue evidente: nuestra falta de reflexión histórica, a la vez que nuestra afición por la fantasía.

No estoy segura de que Gardel se habría atrevido a cantar que cuarenta años no es nada; cuarenta años es mucho tiempo. Más que suficiente para asimilar casi cualquier cosa.

Pero el tiempo pasa, y los pilares con que contamos para comprender la realidad se alejan, mientras burdas tesis históricas siguen siendo utilizadas irresponsablemente por los políticos (por todos o casi todos), siempre que les reporten alguna utilidad inmediata. Puros cuentos de hadas y dragones.

Esta semana, el estallido de una bomba nos muestra, no sólo en los hechos, sino en el discurso que se teje sobre ellos, que la nuestra es una sociedad en permanente conflicto con la modernidad, en buena parte por su desprecio hacia toda actitud que busque una mejor comprensión del presente a partir del pasado. En breve, no somos capaces de ponderar cuánto de este acto terrorista recién perpetrado se debe a que vivimos en una sociedad moderna y global, cuánto puede tener relación con nuestra historia reciente, cuánto le atañe a la locura o es simplemente maldad, ni cuánto puede entenderse por la coyuntura política o por el estado actual de nuestras instituciones. No disponemos de un punto de apoyo básico –el conocimiento de nuestro pasado, pues sabemos que las hadas y los dragones no existen– para comenzar a comprender el acontecer.

Por cierto, es un simplismo creer que la bomba de hace algunos días nos sitúa como por arte de magia entre 1970 y 1973, como algunos pretenden sugerir a través de las redes sociales u otros medios. Si tenemos una certeza, es que estamos hoy situados en el siglo XXI, y que desde que tuvieron lugar todas aquellas cosas que no hemos tenido el valor de abordar y explicar (al menos desde los años 60 en adelante), ya hemos recorrido varias décadas que deben ser incorporadas en la reflexión si queremos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Ahora bien, mientras nuestros gobernantes deben enfocarse en resguardar la seguridad en el país, el resto de los mortales podemos intentar encontrarle sentido a lo ocurrido. Una manera de enfocar el asunto puede ser indagar en las relaciones entre el famoso “modelo”, la forma en que éste se impuso, la articulación del discurso antimodelo y la asimilación de este último entre quienes tienen pólvora a la mano.

Puede haber algo de eso, o quizás no. Ya lo hemos dicho: el riesgo de no conocer y entender nuestra historia reciente tiene que ver precisamente con que se complejiza infinitamente la tarea de dar con las explicaciones adecuadas ante eventos como el que acaba de ocurrir. Poco a poco vamos conformando un existir nacional que no critica los procesos de ruptura de la amistad cívica (vale también para el caso de la Guerra Civil de 1891), que no busca la reconciliación verdadera, que no atiende a exposiciones honestas, que a lo sumo aspira al olvido, no a la sanación, y que no comprende lo que sucede a su alrededor. Y es ilusorio, una fantasía destinada al fracaso, pensar que podemos olvidar y dar por superado el pasado así no más, al menos si como sociedad queremos enfocar nuestro futuro con alguna perspectiva común.

Así, mientras la historia siga considerándose una herramienta al servicio de la política o un pasatiempo sin mayor importancia, seguiremos interpretando pobremente nuestro presente y tendremos que conformarnos con el vértigo de los hechos sin sentido, de las explicaciones cortoplacistas y de los proyectos sin futuro. Ante actos como la explosión de una bomba, será sensato sentirse descolocado, aunque no se trate de casos aislados y sean en buena medida contextualizables –que no es lo mismo que comprensibles–. Si lo que nos interesa es hacerlos comprensibles, debemos dejarnos de cuentos, empezar a escribir una historia común y hacernos parte de ella, pues por más que nos cueste, el pasado no puede ser “dejado atrás”.

 

María Angélica Ovalle, Historiadora.

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO