Con el paso del tiempo, la lucha por la libertad contra la dictadura de Fulgencio Batista se transformó en otra dictadura, esta vez de Fidel Castro y el Partido Comunista cubano, que han extendido su acción por décadas hasta nuestros días. Esta carencia democrática esencial fue provocando la decepción entre antiguos partidarios del castrismo, que comenzaban a ver que bajo la retórica revolucionaria, que se volvía reiterativa e incluso añeja, descansaba un poder total.
Publicado el 04.03.2017
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El triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959 fue uno de los grandes acontecimientos de la historia de la segunda mitad del siglo XX, y tuvo un impacto tremendo en América Latina. En su Canción de gesta, el poeta chileno Pablo Neruda llegó a referirse al “hemisferio oscuro que esperaba por fin una victoria verdadera”, y que la había encontrado precisamente en la gesta de Sierra Maestra, conducida con decisión, liderazgo y sentido de futuro por los jóvenes rebeldes Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

No fue la única literatura que se emocionó con la revolución. El mexicano Carlos Fuentes llegó a decir en un viaje a Chile en 1962 que “después de la Revolución Cubana, él ya no consentía hablar en público más que de política, jamás de literatura; que en Latinoamérica ambas eran inseparables y que ahora Latinoamérica sólo podía mirar hacia Cuba” (así lo recuerda José Donoso en su Historia personal del Boom, Santiago, Alfaguara, 2007). De hecho, el famoso Boom latinoamericano -que incorporó a figuras como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez- no se entiende sin la pasión política por esa victoria revolucionaria que parecía anunciar el futuro promisorio de la Humanidad.

Sin embargo, con el paso del tiempo la lucha por la libertad contra la dictadura de Fulgencio Batista se transformó en otra dictadura, esta vez de Fidel Castro y el Partido Comunista cubano, que han extendido su acción por décadas hasta nuestros días. Las libertades, derechos y creación cultural permanecieron segadas por mucho tiempo, limitadas a la concesión estatal, y esta carencia democrática esencial fue provocando la decepción entre antiguos partidarios del castrismo, que comenzaban a ver que bajo la retórica revolucionaria que se volvía reiterativa e incluso añeja, descansaba un poder total y burocratizado que ni se había soñado ni se había prometido en los años de lucha en la década de 1950.

Este doble proceso de ilusión y decepción aparece magistralmente narrado en la novela de Roberto Ampuero Nuestros años verde olivo (Debolsillo, 2012). El protagonista -el propio Ampuero en su juventud- viajó a la isla “creyendo ilusamente que daba el primer paso hacia la felicidad”. Con el paso del tiempo, la persecución y la ausencia de libertad, todo comenzó a cambiar: “De permanecer en la isla, en aquel ambiente generalizado de pobreza, desesperanza y falta de perspectivas, yo terminaría por sucumbir”, cuestión que lo movió en una dirección inversa que dejaría atrás toda una historia personal y política. No es otro el ambiente que trasunta la novela de la cubana Wendy Guerra, Todos se van (Barcelona, Anagrama, 2014), cuyo título es la manifestación elocuente del deseo de una juventud ansiosa de un mejor futuro que resulta imposible de alcanzar en la isla.

El tema se ha vuelto a poner en el tapete al finalizar febrero de este 2017, y ha tenido un impacto especial en Chile. Ya sin Fidel Castro, fallecido a fines del año pasado, ha regresado la mano de hierro con ocasión de la entrega del Premio Oswaldo Payá, en honor al reconocido disidente socialcristiano, fallecido en extrañas circunstancias en julio de 2012. El Gobierno de Raúl Castro prohibió el ingreso a Cuba al ex Presidente de México Felipe Calderón, a la ex ministra chilena Mariana Aylwin -quien recibiría un premio en representación de su padre, el ex Presidente Patricio Aylwin, fallecido en 2016-, y al secretario general de la OEA, Luis Almagro.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba ha señalado que se trataba en realidad de una provocación para “recibir un ‘premio’ inventado por un grupúsculo ilegal anticubano”, plan que habría sido “tramado en varios viajes entre Washington y otras capitales de la región”, que “consistía en montar en La Habana una abierta y grave provocación contra el gobierno cubano, generar inestabilidad interna, dañar la imagen internacional del país y, a la vez, afectar la buena marcha de las relaciones diplomáticas de Cuba con otros Estados”.

En realidad, la motivación era bastante más modesta, aunque en modo alguno hay que desechar los argumentos del régimen de La Habana, que son bastante coherentes con la defensa del régimen fundado a partir de la Revolución, que reconoce en su artículo 5° de la Constitución lo siguiente: “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Esta realidad es la que provocó una importante y transversal protesta del grupo de ex jefes de Estado y de Gobierno de la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA-Democrática). Figuras como Oscar Arias (ex Presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz), el español José María Aznar, Mireya Moscoso de Panamá, los chilenos Ricardo Lagos, Sebastián Piñera y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el colombiano Álvaro Uribe y muchos otros, protestaron frente a “la decisión del gobierno dictatorial de Raúl Castro”. Adicionalmente, recordaron que “el derecho al libre tránsito y circulación de las personas no puede restringirse sino en la medida indispensable, en una sociedad democrática, para prevenir infracciones a la misma ley o proteger la seguridad y el orden público”.

El caso puntual que se analiza -la prohibición del ingreso de algunas personas a Cuba con ocasión del premio Oswaldo Payá- es parte del problema, pero dista mucho de ser la cuestión fundamental. Lo más grave es la pervivencia de casi seis décadas de una dictadura que se ha negado a expandir las libertades políticas y que decide vivir contra la historia de avance de las democracias en todo el continente. Quizá la novedad es el despertar de muchas autoridades que antes, por ser políticamente correctas o por evitar problemas, habían sido condescendientes con la dictadura cubana (sin perjuicio que es probable que enfrentarse a Raúl Castro no tenga los costos políticos que significaba enemistarse con Fidel).

En cualquiera de los casos, el “affaire Payá” ha permitido poner nuevamente en la palestra una situación que, una vez más, enfrenta a la historia con el futuro.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España