Los resultados de este acuerdo entre Obama y Castro están por verse, por ahora sólo es posible afirmar que es un inmerecido premio a una dictadura de más de 50 años.
Publicado el 23.12.2014
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El acuerdo suscrito por Obama y Raúl Castro, si es que viene seguido del fin al embargo americano a Cuba, marcará el comienzo del fin del comunismo en ese país. Es, por lo tanto, una buena noticia para los cubanos y también para América Latina. Al levantar el dique al mercado y al fluir libremente los recursos, las personas podrán emprender proyectos, se iniciará un aluvión imparable que desembocará en un creciente bienestar económico y se creará un ambiente de cada vez mayor libertad. Así fue la historia en otros países donde se derrumbó el marxismo, que no resiste ninguna forma de libertad. Con el declive natural del comunismo en Cuba (que probablemente se iba a dar de todas formas a la muerte de los Castro), Venezuela quedará en una postura solitaria en la región y se disolverá la alianza de los países afines a la izquierda populista. Este es el final feliz de la película.

Pero la historia también puede terminar de manera menos optimista. Mal que mal estamos en América Latina, donde campean la ineptitud, la demagogia, el populismo y el izquierdismo, males muy difíciles de erradicar. ¿Cuál sería el otro final posible de esta historia?

En el ocaso de su vida, los hermanos Castro encontraron el modo de prolongar el comunismo en Cuba. La reanudación de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, sin entregar a cambio ningún compromiso claro de respeto de los derechos humanos y de retorno a la democracia, es un triunfo político e ideológico. Es una concesión gratuita a un dictador que hizo de las suyas durante 50 años, violó los derechos humanos de su pueblo, asesinó a miles de cubanos y financió y apoyó a guerrillas y terroristas causando un daño enorme a América Latina. Con la entrada de capitales frescos, la isla podría tener un florecimiento económico controlado por la jerarquía comunista y, con ello, fortalecer sus vínculos con los países del ALBA y darle nuevo impulso a la izquierda en la región. Se aliviará también la pesada carga económica que pesa actualmente sobre Venezuela.

Si el comunismo en Cuba no muere, se potenciará la alianza con Nicolás Maduro, el principal riesgo que tiene la democracia en la región, y se mantendrá el control que los países del ALBA ejercen en la UNASUR. Este bloque ha demostrado reiteradamente su sesgo ideológico. La ausencia de los mandatarios de Venezuela, Nicolás Maduro, de Bolivia, Evo Morales, de Nicaragua Daniel Ortega, de Cuba, Raúl Castro, de Brasil, Dilma Roussef, y de Argentina, Cristina Kirchner (acusando problemas de salud) en la última Cumbre Iberoamericana demuestra el ánimo divisionista y el espíritu de combate de estos socios ideológicos, que no cejarán hasta aislar a todo el continente del libre mercado y de la democracia liberal.

Si este nuevo trato a Cuba no va acompañado de un compromiso de respeto a los derechos civiles de los cubanos, podría pasar mucho tiempo antes de que Cuba salga del primer lugar en la lista de países corruptos y violadores de los derechos humanos. Y eso lo sabe de cerca el propio gobierno americano.

El informe anual sobre derechos humanos en el mundo (2013), enviado por el Departamento de Estado al Congreso de EE.UU en febrero de este año, incluye a Cuba, Venezuela y Ecuador entre los países que menos respetan los derechos humanos en el mundo. Entre los problemas presentes en estos países está la corrupción, la impunidad, la falta de independencia judicial y las restricciones a la libertad de expresión. Cuba y Venezuela llevan más de una década repitiéndose los primeros lugares en esa ignominiosa lista.

Los resultados de este acuerdo entre Obama y Castro están por verse, por ahora sólo es posible afirmar que es un inmerecido premio a una dictadura de más de 50 años.

 

Jovino Novoa, Foro Líbero.

 

 

FOTO: THOMASSIN MICKAËL / FLICKR