Los principios son importantes. Nos acostumbramos tanto a hablar en términos de rentabilidad, eficiencia y eficacia que, llegado el momento, cuando hay que responder a la pregunta obvia —“¿Y por qué?”—, ya nadie sabe defender la propiedad privada de los fondos de pensiones, la libertad de elegir, la responsabilidad de no ser una carga para las futuras generaciones, la solidaridad con los que menos tienen, la subsidiariedad como principio básico del orden social y, lo más importante, la urgente necesidad de velar por la dignidad de los adultos mayores.
Publicado el 20.08.2017
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Se conoció el proyecto de reforma al sistema de pensiones y, una vez más, los mecanismos de la democracia se pusieron en marcha. Nadie se llevará “canasta limpia” en esta reforma. Y es bueno que así sea. Una de las virtudes de la democracia es que los proyectos que entran en la discusión salen cambiados a tal punto, que nadie puede decir que son obra suya; hay algo de todos y todos nos jugamos algo en cada reforma. Con las pensiones será igual. La idea es que la situación mejore para todos, poniendo cada uno de su parte lo mejor que pueda ofrecer.

En USEC hemos puesto a circular un documento que propone una mirada sobre los principios y valores que deberían inspirar el sistema de pensiones de Chile. De este documento, y de los comentarios que estamos recibiendo, podemos adelantar ya algunos desafíos o tareas que nos competen a todos, como empleadores, administradores de fondos, autoridades o trabajadores en general.

El siguiente listado no es un arsenal para apuntar al adversario ni un arma arrojadiza para dejar en evidencia a un enemigo de clase; lo que viene a continuación es un insumo para que cada uno de los actores sociales decida en conciencia y se ponga metas altas y exigentes a la vez que generosas y solidarias.

¿Cuál es el desafío para los empleadores? Es tremendo: pagar los mejores sueldos posibles, teniendo a la vista la justicia y la equidad, así como la sustentabilidad de su empresa. Cumplir la ley respecto del pago de cotizaciones, equidad en los sueldos entre hombres y mujeres y, por último, aspirar a formas de participación de los empleados en la propiedad de la empresa.

Si el empleador se la juega a fondo, entonces a los trabajadores también les toca dar lo mejor de sí. El reto es hacer el mejor trabajo posible, cuidar la pega y fomentar la sustentabilidad de la empresa; ser responsables y ahorrar, ya sea una parte del sueldo, de los bonos, de las gratificaciones, etc. Los trabajadores independientes deben hacer el esfuerzo por cotizar y no ser una carga futura ni del Estado ni de los trabajadores.

Las empresas que administran los fondos deben enviar una clara señal al resto de la comunidad. Son depositarios no sólo de enormes sumas de dinero, sino también de nuestra pensión, de nuestra confianza. En su éxito o fracaso se juega la estabilidad de Chile como comunidad. Deben informar más y mejor, con creatividad y paciencia sobre el funcionamiento del sistema; el foco de su trabajo no está sólo en la rentabilidad de los fondos, sino en las personas a las que pertenecen. Trabajan con personas; hay que masticar mucho esa frase para ver caras tras los números. Otro desafío: ¿Por qué no pensar en que al menos una parte de la inversión pueda destinarse a iniciativas de carácter social?

Y, por último, hay un par de desafíos para el Estado. El primero es no perder el norte. La flecha apunta hacia el bien común, y no hacia otros fines. Hacia allá hay que dirigir la mirada y ordenar las acciones. ¿Se justifica el ente estatal? ¿Bajo qué parámetros y qué supuestos? Mostremos las cartas en serio.

Los principios son importantes. Nos acostumbramos tanto a hablar en términos de rentabilidad, eficiencia y eficacia que, llegado el momento, cuando tenemos que responder a la pregunta obvia —“¿Y por qué?”—, ya nadie sabe defender la propiedad privada de los fondos de pensiones, la libertad de elegir, la responsabilidad de no ser una carga para las futuras generaciones, la solidaridad con los que menos tienen, la subsidiariedad como principio básico del orden social y, lo más importante, la urgente necesidad de velar por la dignidad de los adultos mayores.

Que no nos pase con las pensiones lo que ocurrió con la educación. Se olvidaron estos principios y, cuando fueron cuestionados, ya nadie supo defenderlos. Con ello los más desvalidos y marginados fueron los más perjudicados.

 

Ignacio Arteaga E., presidente  Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO