Es un hecho ineludible que el agua es un motor de crecimiento para las economías y que la población mundial depende cada vez más de la estabilidad hídrica. El agua, además de ser un tema medioambiental, ha adquirido un valor sustantivo que impacta directamente sobre el desarrollo humano.
Publicado el 25.11.2016
Comparte:

La mega producción australiana “Mad Max: Furia en la carretera” fue la película que arrasó en los últimos premios Oscar. La trama relata los violentos combates entre pandillas dispuestas a matar con el objetivo de apoderarse de las pocas reservas de agua en un planeta desértico, producto de bruscos cambios climáticos.

Lo que sería sólo una pesadilla hollywoodense podría convertirse, a mediados del siglo XXI, en un fatídico presagio del mundo real, ya que el agua en la Tierra se está convirtiendo en un bien cada vez más exiguo. Hoy se ha tomado la agenda a nivel global y el Foro Económico Mundial la ha descrito como una crisis a escala humana, por sobre las pandemias o el armamentismo nuclear.

De acuerdo a su “Informe sobre Riesgo Global 2015”, la escasez de agua es una de las más graves amenazas para el futuro desarrollo de las empresas, los estados y las sociedades en general.  Sin agua no hay vida, porque nada la puede reemplazar. Así de simple y brutal a la vez.

Alrededor de un 97% del agua en nuestro planeta es salada. Ese otro escuálido 3% depende de las lluvias, las napas subterráneas y los deshielos que alimentan ríos, cuencas y lagos. Sin embargo, el medio ambiente hace rato que nos está jugando una mala pasada, con grandes inundaciones y, en el otro extremo, largas sequías que afectan y encarecen las cosechas, comprometen la capacidad de generar energía para el desarrollo industrial y disminuyen la disponibilidad de agua dulce para el consumo humano.

Políticamente es poco rentable, al corto plazo, ponerle precio a algo que “cae desde el cielo”. Sin embargo, nada de malo sería concientizar de verdad a las personas sobre el hecho de que malgastar este bien cada vez más escaso, es peligroso, imprudente e insensato.

El panorama actual es el siguiente: Alrededor de un quinto de las fuentes hídricas del mundo están siendo sobreexplotadas. O sea, se extrae agua a un mayor ritmo de lo que ésta logra producirse. Esta sobreexplotación genera mayor contaminación de las aguas y son muy pocos los países capaces de innovar para reutilizar sus fuentes hídricas. Israel es uno de ellos, pues gracias a un moderno sistema de procesamiento logra reciclar hasta un 73% de sus aguas.  España viene en segundo lugar, pero lejos, con sólo un 20%. El resto del mundo para qué hablar.

Por otra parte, las personas consumen muy pocos litros de agua al día, en contraste a la gran cantidad que se requiere para llevar a la mesa un plato de hortalizas o carne.  Para producir un kilo de trigo se necesitan en promedio unos 1.250 litros; para engordar un vacuno, 12 veces más. ¿Significa esto que un saltamontes asado (y sin aliños) conformará la dieta de la próxima nouvelle cuisine? Quién sabe, ya que hay momentos en que la realidad supera con creces a la ficción.

Otros factores importantes que añaden aún mayor complejidad a este dilema van desde el despilfarro de agua por filtraciones en cañerías (grandes ciudades en Asia y Medio Oriente pierden así hasta un 60% de su agua; Londres, un 30%) y la insuficiente inversión en infraestructura, a los patrones climáticos inciertos que no permiten hacer proyecciones. Sin embargo, la principal razón es la descoordinación entre entidades públicas y privadas, que no generan acuerdos para resolver una situación que podría ser corregida.

Nuestro país está en vías de reformar su Código de Aguas y bastante “agua” ha corrido bajo el puente desde que esta materia comenzó a generar preocupación. El debate actual se ha centrado en modificar la naturaleza jurídica de los derechos de aprovechamiento de las aguas, y dejo a los expertos y voces autorizadas el discernir y explicar por qué esta reforma sería o no necesaria. Pero lo que he podido deducir, producto de la actual discusión, es que nuestros legisladores y autoridades apelan a fundamentos alejados de lo importante para formular cambios que sean trascendentales.

¿Por qué se desea llevar a cabo la reforma? ¿Subsana las falencias de nuestra actual infraestructura? ¿El proyecto redunda realmente en medidas que potencien nuestros recursos hídricos? Resolver estas interrogantes podría ser parte de la solución no sólo para seguir creciendo, sino también para que el usufructo de nuestras aguas sea sostenible en el tiempo. Hasta el momento, poco y nada se ha dicho al respecto.

El éxito de Australia en esta materia se ha señalado como un ejemplo a seguir.  Perfecto, pero partamos de la base de que no es tan simple hacer un “copy/paste” de los cambios implementados por un país que posee seis grandes cuencas que le permiten optimizar el uso de sus aguas, un índice per cápita de 53 mil dólares al año, un producto interno bruto de US$ 1,5 billones y una densidad poblacional mucho menor a la nuestra: en Chile viven 24 personas por km2, en Australia sólo 2,8.

En comparación, tenemos profundas desventajas en capital humano, capacidad de innovación y modernización de nuestra infraestructura. Agregar más leyes al aparato estatal es un proceso engorroso, burocrático y costoso. Mayores restricciones en el aprovechamiento de las aguas no pareciera ser la mejor forma de optimizar este recurso.

Es un hecho ineludible que el agua es un motor de crecimiento para las economías y que la población mundial depende cada vez más de la estabilidad hídrica. El agua, además de ser un tema medioambiental, ha adquirido un valor sustantivo que impacta directamente sobre el desarrollo humano.

Por el momento, las crudas escenas de “Mad Max” pueden pertenecer sólo al mundo de la ciencia ficción, pero cuando cada gota vale oro, las políticas para resolver lo que ya es una grave crisis podrían transformarse en una cuestión de sobrevivencia.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora