Chile no está hoy en una crisis institucional ni nada que se le parezca. Lo que vivimos hoy es una crisis política, cuyo epicentro está en el Palacio de la Moneda.
Publicado el 09.04.2015
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Soy de los que opina que Chile es hoy día un país más transparente, menos corrupto y con menores grados de desigualdad y abusos que hace cinco años atrás y también que hace diez años. ¿Cómo podemos hablar entonces de una crisis institucional?

Creo que mi comparación de la situación actual con cinco o diez años atrás es compartida por un número importante de compatriotas, sobre todo si nos separamos un poco de los hechos de la contingencia y miramos las cosas desde más altura, con mejor perspectiva. ¿Dónde está entonces la paradoja? ¿Qué explica este clima enrarecido en la política y este cuestionamiento de las instituciones?

Una mirada -más bien complaciente- de nuestra realidad nos diría que esta aparente contradicción se explica justamente porque las instituciones están funcionando y esto produce alguna crujidera, pues en ese afán han alcanzado a lugares a los que antes no llegaban, afectando con procesos judiciales a empresarios y políticos de gran connotación. El delicado equilibrio entre el principio de igualdad ante la ley, todos pueden ser alcanzados por el brazo de la Justicia, y el respeto a las garantías de los procesados y la presunción de inocencia están efectivamente en tensión y –como ha quedado en evidencia con las últimas declaraciones de las más altas autoridades de gobierno- cuando son personas de alta connotación o muy cercanas las afectadas, esta tensión adquiere mayor notoriedad pública.

Pero nadie ha dicho (ni hay antecedentes para suponerlo) que nuestras instituciones no van a pasar con éxito la prueba que están viviendo y se podrá  impartir justicia, respetando las garantías de todos. También se podrán corregir -a través de la actuación del Congreso- situaciones que la actual legislación no castiga, y por lo tanto no pueden ser objeto de persecución judicial, pero se consideran  inconvenientes. Si ello ocurriera, estaríamos lo más lejos posible de una crisis institucional, en una sociedad que ha pasado momentos difíciles pero los ha superado, adquiriendo de paso nuevos estándares que la fortalecen institucionalmente, tanto en el ámbito de las prácticas empresariales como de la política.

¡Pero si acordémonos que antes de 2004, cuando se promulga la ley de financiamiento de campañas, presumiblemente toda la política se financiaba irregularmente!

Una mirada menos complaciente nos diría que aun cuando puede que sea cierto que la situación hoy es mejor que la de antes, el súbito conocimiento de los hechos ocurridos ha provocado un gran malestar en la población y ese es el caldo de cultivo para la crisis institucional. La falta de legitimidad de la clase política haría que no fueran ellos los llamados a sacarnos de esta situación, y aquí algunos afilan los dientes: sería el tiempo de una Asamblea Constituyente.

Esta postura Jacobina no es fruto del raciocinio, sino corresponde más bien a un diseño de quienes desde la izquierda más radical han atacado sistemáticamente a las instituciones en Chile, especialmente desde que perdieron la elección presidencial a manos de Sebastián Piñera. Su principal instrumento fue la prédica sistemática en el sentido que la desigualdad era intolerable, que la nuestra era una sociedad llena de abusos y que el lucro estaba destruyendo nuestra convivencia.

Hay que decir que la Nueva Mayoría, con su desprecio por la labor de los gobiernos de la Concertación, fue gran impulsora de este ataque a las instituciones, hasta que el caso Caval les estalló en la cara, reuniendo en un solo episodio, situado además lo más cerca posible a la Presidenta, los odiados ingredientes de desigualdad, abuso y lucro que ellos atribuían a los demás.

Chile no está hoy en una crisis institucional ni nada que se le parezca. Lo que vivimos hoy es una crisis política, cuyo epicentro está en el Palacio de la Moneda.

La Presidenta Bachelet y su entorno cercano han perdido liderazgo y autoridad moral y su coalición lo percibe, se aleja de ellos y dificulta la gobernabilidad.

La oposición no está bien parada en este escenario por sus graves problemas con el financiamiento de la política.

Pero las crisis políticas se resuelven con política y por supuesto con liderazgo. Quien logre comprenderlo a tiempo y represente el sentido común de la mayoría de los chilenos, que no quiere echar todo por la borda y no está dispuesta a embarcarse en aventuras cuyo destino es incierto.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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