Sabemos que sin crecimiento económico sostenido sobrevienen la pobreza material, el desempleo, la desesperanza y la falta de oportunidades, que Chile ya ha experimentado varias veces a lo largo de su historia. Pero también sabemos que el crecimiento económico a secas, considerado como un fin en sí mismo, tampoco es respuesta a todos los anhelos del hombre.
Publicado el 17.09.2017
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Es una buena noticia que se haya ido generando un consenso en torno a la importancia que tiene el crecimiento económico. Para el ex Presidente Ricardo Lagos, “todo lo demás es música”. Para el ministro de Hacienda, recién asumido, el crecimiento ocupa los tres primeros lugares de su lista de prioridades. Tras algunos años con pobres resultados económicos, en casi todo el espectro económico se vuelve a hablar y a valorar el crecimiento como forma para recuperar la senda del progreso. Si bien este nivel de acuerdo constituye un paso importantísimo, se debe señalar que también se corre el riesgo de querer perseguir el crecimiento como un fin, sin reflexionar sobre su condición de medio.

Sabemos que sin crecimiento económico sostenido sobrevienen la pobreza material, el desempleo, la desesperanza y la falta de oportunidades, que Chile ya ha experimentado varias veces a lo largo de su historia. Pero también sabemos que el crecimiento económico a secas, considerado como un fin en sí mismo, tampoco es respuesta a todos los anhelos del hombre. Hay sociedades que viven en la opulencia, pero sufren males tanto o más graves que los anteriores, aquejadas de pobreza espiritual: el sinsentido de la vida, familias tensionadas, exclusión e injusticias sociales, baja natalidad, vacío existencial, altos índices de drogadicción, soledad e individualismo, etc. No podemos decir que estos males sean consecuencia directa del crecimiento económico, pero sí hablan de un desequilibrio entre los fines y medios imperantes en dichas sociedades anhelantes de progreso, pero que, en definitiva, no logran un acuerdo sobre lo que consiste y significa realmente el desarrollo personal y social, material y espiritual.

En el pasado Chile tuvo tasas de crecimiento económico espectacular. Y los índices de calidad de vida eran tan bajos que, por un tiempo, pareció que esa palanca levantaba toda la estructura del país. Pero ahora vemos con claridad que ese crecimiento económico no ha estado necesariamente acompañado del mismo ritmo de crecimiento cultural, cívico, institucional, moral, humano, espiritual, en fin, todas esas otras dimensiones que quedan resumidas en la noción de Bien Común.

El desafío para el próximo gobierno –cualquiera que éste sea– no será solamente retomar la senda del crecimiento económico, sino que también establecer un marco de acción en común, conforme a una visión de vida en sociedad que integre todos los demás aspectos de la vida genuinamente humana.

En dos palabras, el desafío se llama “crecimiento integral”, que es desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres”, esto es, el tránsito “de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”, como dijo el Papa Pablo VI en Populorum Progressio.

Es cierto que el Estado no puede hacer plenamente felices a los ciudadanos, pero también sabemos que sí puede hacernos la vida difícil. No caigamos en la tentación de creer que es el Estado el que tiene que hacer todo el esfuerzo y ponerse al día con el crecimiento integral. Primero, cada uno de nosotros puede colaborar haciendo un esfuerzo por ser mejor ciudadano y no sólo buen consumidor.

Por último, el desafío es para nosotros, los hombres y mujeres de empresa. El rol del empresario es insustituible, pues la actividad empresarial es una noble vocación. ¿Qué podemos hacer como empresarios, ejecutivos y emprendedores? Crear condiciones laborales dignas; proveer de bienes y servicios útiles; estar atentos a las oportunidades de satisfacer las necesidades de la sociedad, especialmente de los más pobres y excluidos. Podemos crear riqueza y distribuirla con justicia entre todos y hacerlo de modo sustentable, esto es, equilibrando las legítimas ganancias con el impacto ambiental y social de nuestra actividad empresarial. Podemos y debemos contribuir decisivamente a la construcción del crecimiento integral exigiéndonos y exigiendo estándares éticos elevados; formándonos y formando a nuestros equipos no sólo en materias productivas, pues no podemos llevar vidas divididas, ni nosotros ni nuestros colaboradores, proveedores o clientes.

De este modo, contribuiremos de manera decidida y activa al bien común y al crecimiento integral, de todo el hombre y de todos los hombres.

 

Ignacio Arteaga E., presidente de Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO