Marchamos hacia un mundo cada vez más ruidoso, escandaloso y estrepitoso, y eso tiene un alto costo humano, aunque no lo creamos. Hasta hace unos años, muchos tenían que contentarse con una pequeña radio a pilas. Hoy potentes parlantes están al alcance de casi todos. Y, como queda de manifiesto, cada uno quiere mostrar la potencia del propio.
Publicado el 21.03.2017
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Cuando llega la hora del check-in de vuelos de Estados Unidos a Santiago, es fácil ubicar de dónde saldrá el avión. Pese a que hasta hace unos años éramos recatados y silenciosos en la región, ahora superamos a argentinos y caribeños con nuestras voces. El acento chileno se escucha desde lejos. Pero no sólo las voces llaman la atención, sino también las conversaciones, en especial, las telefónicas. Muchos compatriotas imparten imponentes órdenes al celular: “Compra dos millones de esas acciones”, “importa un contenedor entero”, “despídelo mañana mismo, me colmó la paciencia”, “reserva el primer vuelo del viernes, sí, en primera”. En fin, no parece que la nave esté por despegar a Santiago de Chile, sino a Dubai.

No sólo nos hemos puesto gritones y bulliciosos, sino también ostentosos. Pero esto no ocurre sólo en los vuelos que vienen a Chile, sino también en otros ámbitos de la vida diaria. Ahora que acabaron las vacaciones, regresó cierta paz a las localidades turísticas. Hablo con gente del sur y la zona central, que ha dejado las ciudades para buscar refugio en zonas rurales más seguras y tranquilas, con buen aire y sin congestión, donde aún atienden amable y la gente tiene tiempo, y todos coinciden en lo mismo: La masificación del turismo nacional ha traído problemas. Por desgracia, quienes huyen por unas semanas de la bulla y el estrépito de las metrópolis al campo, llegan a los poblados justamente a hacer ruido, a descargar tensiones, a imponer su voz y hábitos. Aparecen las motos con escape libre sin que Carabineros intervenga, las fiestas nocturnas con altoparlantes en terrazas y jardines para que también el vecindario escuche lo que se toca (nunca a Beethoven, Mozart o Satie, desde luego), y después de medianoche llega el canto a capella, ese que debe oírse a cuadras de distancia, salpicado de chistes y risotadas. Y quien puede, contrata a una banda tropical o mariachis, y el resto a tratar de dormir como puedan.

Hace más de dos mil años, el gran Lucio Anneo Séneca escribe una carta sobre el tema a Lucilio: “He aquí que suena en mi derredor un zumbido enorme y multiforme: habito encima de un balneario. Imagínate todas las maneras de voces que puedan hacer aborrecibles los oídos; cuando los más fuertes atletas se ejercitan y bracean con las manos cargadas de plomo… oigo gemidos; oigo el chasquido de la mano encima de los hombres, que cambia de sonido según que golpee con la mano llano o cóncava… Y si sobreviene un jugador de pelota y se pone a contar los puntos, ya es el colmo”. Pero Séneca no se queda en estos detalles, pinta más: “Añade a éstos al pendenciero y al ladrón sorprendido en el delito, y el cantador a quien su voz más le gusta en el baño… figúrate al depilador, que tiene una voz chillona y estridente…que no calla nunca sino cuando depila unos sobacos, y entonces hace que otro grite por él… y el vendedor de salchichas y el confitero y todos los proveedores de tabernas que pregonan su mercancía…”. Podría seguir citando ejemplos de Séneca, pero no se trata de desmoralizarse ni de subrayar que no hemos cambiado en dos milenios.

Pero hoy, por la técnica, marchamos hacia un mundo cada vez más ruidoso, escandaloso y estrepitoso, y eso tiene un alto costo humano, aunque no lo creamos. Hasta hace unos años, muchos tenían que contentarse con una pequeña radio a pilas. Hoy potentes parlantes están al alcance de casi todos. Y, como queda de manifiesto, cada uno quiere mostrar la potencia del propio. Según recientes investigaciones científicas, el silencio es lo que permite al cerebro regenerar células. De acuerdo a la revista Brain, Structure and Function, ratones a los que se les expuso a dos horas de silencio diario pueden desarrollar nuevas células en el hipocampo, la parte del cerebro que se vincula con la memoria, las emociones y el aprendizaje. En términos del impacto del ruido sobre la actividad cognitiva humana, la ciencia es clara y por eso el ruido, o mejor dicho, el fomento del silencio se promueve con decisión en los países desarrollados. Hace siete años, Finlandia inició una campaña para asociar al país con la naturaleza y el silencio, algo que hoy busca crecientemente el turista ecológicamente consciente en el mundo. Saber guardar silencio y valorar el silencio presupone cierto nivel cultural mínimo y ser capaz de vivir en él, algo nada fácil para muchos.

Cuando subo al microbús local, observo la relación de las personas con el ruido o el silencio. El panorama es desolador: El chofer va con radio encendida, escuchando música y tocando una potente bocina al acercarse a los paraderos. Cuando se cruza con un conocido, vaya éste a pie o manejando, lo saluda con bocinazos. Nadie se inmuta. Creo que estamos quedándonos sordos. También los camiones distribuidores de balones de gas se anuncian con grandes parlantes (unos con música de vendedor de helados, otros con cumbias), y lo mismo hace quien vende verduras o compra chatarra. Desde sus vehículos pasan sus anuncios, sin importarles romper el derecho a la paz, contaminando acústicamente el espacio, sobresaltando a las personas. Y a eso se suman quienes cortan el césped con sus máquinas a bencina a la hora que consideran más conveniente, o los que instalan karaoke en el patio del restaurante, o quien lleva parlante para transmitir partidos de fútbol o carreras de moto comunales. Hay normas que regulan el ruido, pero en Chile pocos las respetan y no se las hace respetar.

Cuando uno recorre Valparaíso, y ve muros y paredes garabateados con rayados, sabe que está ante una contaminación parecida. Es visual, pero obedece al mismo principio: imponer a los demás mi sentir a la sociedad, aprovechándome del espacio público. Es una suerte de consumo llevado al extremo del egoísmo: pongo la música que quiero y cuan fuerte quiero, porque es mi derecho y nadie me lo puede restringir; rayo lo que quiero y donde quiera, pues es mi pintura y nadie puede prohibírmelo. Pero un fenómeno parecido observo ahora en los vuelos nacionales, pues las naves modernas permiten que cada pasajero acceda desde su celular o tableta a los programas de radio y televisión que se emiten. Como las aerolíneas ya no distribuyen audífonos y muchos pasajeros no los llevan consigo, es usual que vean una película, operen un juego o escuchen música al volumen que les parece. Y como las aerolíneas no imponen normas sobre esa conducta, un vuelo de dos o tres horas puede convertirse en un calvario imposible de eludir.

Dice el filósofo Humberto Giannini que el consumismo “es agarrarse a lo inmediato… Vivir lo inmediato por la falta de proyectos que superen, precisamente, la inmediatez”. Es lo que impulsa a quien hace ruidos molestos sin importarle los demás, o ensucia los muros de una ciudad ignorando la propiedad privada o el impacto de su acción sobre los demás. Y refiriéndose a la incapacidad de los chilenos para dialogar entre sí y reflexionar sobre ellos mismos, Giannini piensa que eso se debe a la desolación y a “la falta de un horizonte de ideas para comprenderse a sí mismo. Esto se transforma en una difícil convivencia, marcada por la agresividad, el ensimismamiento, la incapacidad afectiva, el temor a ser solidario, no en el sentido de entregar cosas para ayudar a otros, sino en cuanto a comprender a los otros en sus diferencias”.

Sin embargo, el apabullador ruido constante y el omnipresente rayado de muros expresan algo que también está presente en la clase política: su incapacidad para dialogar, escuchar, argumentar, debatir sin descalificar, y crear puentes en medio de la diversidad y diferencia de contenidos. Todo eso es expresión de almas intolerantes, incapaces de dialogar y de admitir que no sólo hay derechos sino también deberes.

Sacando fuerzas de flaqueza, en especial de su visión estoica de la vida, Séneca afirma en la parte final de la carta a Lucilio que se sometió al estrépito de aquellos lugares bulliciosos de la Antigüedad para probarse a sí mismo, para aprender a dominarse y controlarse, para actuar como un sabio al cual nada desestabiliza ni aparta de su plan de vida: “Experimentarme quise y ejercitarme”, y anuncia a Lucilio que huirá cuanto antes del mundanal ruido: “¿Qué necesidad hay de atormentarse más tiempo, cuando tan fácil remedio halló Ulises para sus compañeros aun contra las sirenas?”.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO

 

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