El hiperlegalismo formalista solo conduce a más comisiones, más proyectos de ley y más desilusiones, como ya ha ocurrido en pasado. Lo que se requiere es que la sociedad chilena aprenda a condenar la trampa en todas sus formas.
Publicado el 06.06.2016
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La cultura de nuestro país se caracteriza a tal punto por un excesivo apego formal a las normas, que se deposita en la ley una fe desmedida. De allí la usada y conocida frase, “hecha la ley, hecha la trampa” o declaraciones, tan comunes por estos días, como “mi actuar se ha apegado a la ley”. Por ello es que para los decisores públicos es evidente el camino de solución, encarnado en la ya clásica fórmula de comisión, propuesta, agenda legislativa y nueva ley.

Ya en 1994 se propuso una robusta agenda de leyes anti corrupción y luego esto se ha sucedido cada cierto tiempo o post escándalos, con avances notables, sin duda, pero siempre basados en la creencia de que basta con aprobar las normas como para que mágicamente todo cambie.

La corrupción, y más en lo cotidiano la falta de actuar ético, invoca serias reflexiones que van desde lo personal a la creación de idearios que validan prácticas, algunas legales pero no éticas, basándose en la frase “si todos lo hacen, por qué yo no”. Como si evadir el Transantiago estuviera bien, o como si no exigir una boleta o justificar falsamente un gasto no fuera incorrecto, más allá de estar o no en una norma.

Así las cosas, nuevamente estamos en un desenfreno medible con escalas matemáticas de cumplimiento, de sacar adelante una agenda de “probidad y transparencia”, lo que sin duda tiene la virtud de que se avanza y se mejora en algunos aspectos. Sin embargo, otra vez caemos en el chilenismo de “en el camino se arregla la carga” o “esto es lo mejor que se pudo”. Así, por ejemplo, es indudable que hoy contamos con mejores normas de regulación de los partidos políticos y que el financiamiento público cierra la puerta a varios vicios extendidos, conocidos y hoy judicializados. Pero, por otra parte, generamos un sistema político menos competitivo y donde el incentivo al no regular las pre campañas es ya no sólo a obtener dinero de fuentes licitas por vías ilícitas, sino que a sofisticar el método para que “no me cachen”.

Al mismo tiempo, hoy hemos creado en el SERVEL un Ferrari sin bencina, sin plata para el permiso de circulación ni para la revisión técnica y sin rodaje. Esto es aprovechado por algunos  políticos que, con total desparpajo, le exigen un cumplimiento cabal para que solucione de un día para otro sus profundos vicios, como lo hemos visto en las inscripciones de primarias o en el proceso de elecciones internas del Partido por la Democracia.

La agenda tiene que seguir avanzado, ojalá pensando en los beneficios, pero también en las brechas que se van abriendo al cerrar otras, entendiendo que la corrupción como fenómeno es mutable y que el corrupto siempre logra sofisticar el método. Por eso creo que lo adecuado es tomar conciencia de que acá lo que se trata no es de vencer a la corrupción, sino de, por una parte, aislar su contagio, aumentar el costo transaccional al corrupto, tener capacidad de reacción penal suficiente y, por otra, y más importante que todo lo anterior, crear una conciencia donde “la pillería del chileno” sea castigada y no aplaudida.

También debemos avanzar no sólo creyendo que esto es un problema netamente de la política y el dinero, sino que hoy es un fenómeno global que cuesta vidas, destruye países y crea entornos de corrupción sistémica y que ningún país está libre de aquello. A veces uno sabe cómo partió la historia, pero el fin termina siendo inimaginable. Con esto quiero decir que Chile no es un país de alta corrupción o corrupción sistémica, pero que es un sistema con grietas, donde una reacción visceral y no integral puede llevar a que por aquellas grietas que se abran o no se cubran puedan colarse fenómenos de los que afortunadamente hemos estado ajenos.

Para esto, sin duda, es relevante el avance de la agenda, ya que esta nos ayudará a seguir fortaleciéndonos en esta lucha sin final. Sin embargo, a la vez debemos tener conciencia de que nuestro hiperlegalismo formalista nos llevará más temprano que tarde a una nueva desilusión, a menos de que el despertar “anticorrupción” parta desde castigar al copión en el colegio, repudiar al “vivo”, no apoyar al que busca una ventaja indebida. También no votar en la próxima elección simplemente por el “que cumple” o el que  “es cercano”, sino más bien por aquellos candidatos que basen sus campañas en ideas claras que refuercen la construcción de una democracia sana y justa.

 

Alberto Precht, Director Ejecutivo Chile Transparente.

 

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO