El hampa debe estar observando con atención que oficiales y el alto mando de la institución son susceptibles de ser corrompidos. Porque si bien en esta oportunidad el fraude se cometió con dineros de la propia institución, perfectamente lo podría ser más adelante con recursos provenientes del narcotráfico u otros delitos. Y ahí sí que estaríamos en problemas graves.
Publicado el 10.04.2017
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El fraude por 13 mil millones de pesos que se destapó en Carabineros, y que tiene a diez ex funcionarios de esa institución en prisión preventiva mientras el Ministerio Público continúa con la investigación, es un hecho gravísimo, cuya connotación va más allá del ilícito en sí.

Hasta este episodio, Carabineros era una de las instituciones más valoradas y respetadas por la ciudadanía, según sondeos que miden la reputación organizacional. Existen razones fundadas en su trayectoria que explican esa imagen positiva, entre ellas, la formación profesional de sus cuadros, la eficiencia y eficacia en el cumplimiento de sus labores, su enorme aporte a la comunidad en distintas circunstancias, y su actuar –salvo excepciones- apegado a las normas y la ética.

Son esas características las que nos hacen sentirnos orgullosos de tener una institución policial que es prestigiosa no solo en Chile, sino que también a nivel regional. Por lo mismo, este acto de corrupción –que según antecedentes de la causa, viene ocurriendo hace varios años-, puede tener consecuencias insospechadas tanto dentro como fuera de la policía uniformada si es que no se ataca de la manera correcta.

Porque más allá del importante monto defraudado, hay dos señales que emanan de lo sucedido y que no se pueden soslayar.

Una es interna, hacia la tropa; no cabe duda que en las filas de la institución debe existir un sentimiento de amargura al ver que personal de alto rango, que solo cumple funciones administrativas, se ha enriquecido ilícitamente a costa de recursos que a Carabineros no le sobran, y que se podrían destinar, por ejemplo, a aumentar el sueldo de quienes a diario arriesgan sus vidas en la calle, cumpliendo jornadas de trabajo intensa, que muchas veces no conocen de feriados, fines de semana largo ni fechas especiales, como Navidad o Año Nuevo.

Con justificada razón esos carabineros se deben preguntar, ¿por qué un grupo de altos oficiales decide mancillar la historia y el prestigio que con mucho esfuerzo ellos y sus antecesores han logrado construir? ¿Con qué motivación van a querer seguir haciendo bien su trabajo, cuando otros carabineros destinados a dirigir la institución buscan atajos para su bienestar personal? Se abre aquí un flanco de vulnerabilidad que si no es cercado a tiempo, podría llevar a una relajación paulatina de los estándares de probidad en Carabineros. ¿Si otros lo hacen, por qué yo no?, podría ser la lógica que impere si no se frenan y castigan adecuadamente estos episodios.

Una segunda señal es externa, que reciben directamente los delincuentes. El hampa debe estar observando con atención que oficiales y el alto mando de la institución son susceptibles de ser corrompidos. Porque si bien en esta oportunidad el fraude se cometió con dineros de la propia institución, perfectamente lo podría ser más adelante con recursos provenientes del narcotráfico u otros delitos. Y ahí sí que estaríamos en problemas graves. Basta mirar lo que ocurre con la policía en países como Argentina, Venezuela y México. Si bien parece que aún estamos muy lejos de esas realidades, hace falta que un solo eslabón de la cadena se oxide para que la organización se deteriore sin retorno.

En un contexto donde el grueso de las instituciones republicanas está desprestigiado, tanto el alto mando como las autoridades políticas responsables deben adoptar todas las medidas necesarias para erradicar estas dañinas prácticas de Carabineros, incluyendo sanciones civiles y penales a quienes incurran en ellas.

 

Carlos Cuadrado S., periodista, magister en Ciencias Políticas (c)

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/D.AGENCIAUNO