El destino de Chile siempre estará amarrado a la calidad de sus instituciones y de su aparato público. Mientras la agenda política no se comprometa de verdad con una gestión pública de clase mundial, seguiremos condenados a la mediocridad.
Publicado el 19.10.2016
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En los últimos meses una serie de organismos gubernamentales han sufrido fuertes críticas. Se habla de negligencia, de sesgo político, de ceder a presiones indebidas. Surgen entonces los llamados a terminar con la mediocridad y a subir los estándares en la gestión del gobierno de turno.

Imagine por un momento un país donde sus funcionarios públicos están comprometidos con un código de conducta que incluye declaraciones como las siguientes:

Nuestros valores son la integridad, la responsabilidad, el coraje moral, la imparcialidad y el servicio de excelencia.

Asumimos la responsabilidad de nuestras acciones, incluyendo nuestros errores. Nuestros comportamientos son transparentes y se someten permanentemente al escrutinio público.

El coraje moral lo mostramos defendiendo lo que es correcto. Levantando la voz cuando la opinión popular no está de acuerdo con nuestras propias creencias morales.

Nos mantenemos firmes en hacer las cosas de la manera correcta, pese a las presiones externas.

Somos veraces y honestos al compartir información, incluso cuando puede haber consecuencias negativas para nosotros.

¿Ciencia ficción? ¿Demasiado bueno para ser verdad? Pues ese país existe y se llama Singapur (puede leer más sobre su código de conducta en http://www.careers.gov.sg/build-your-career/career-toolkit/our-mission-and-values).

Ha sido este compromiso irrestricto con una gestión pública de excelencia lo que permite entender el milagro social y económico que esta nación ha experimentado en los últimos 50 años. Al momento de su independencia, en 1965, Singapur era un país muy pobre. Acarreaba graves conflictos étnicos, no contaba con recursos naturales y estaba en una situación geopolítica extraordinariamente difícil. Hoy es el tercer país más rico del mundo y, cuenta con estándares de educación, salud, y bienestar envidiables. Más allá de los niveles de confort material, los niveles de confianza en las personas y en las instituciones están también al tope del ranking mundial.

La calidad de los gobiernos y del servicio público es determinante en el destino de los países, pues tienen la capacidad de afectar en forma muy relevante cómo se focalizan los esfuerzos y asignan los recursos. Con leyes, impuestos y un enorme poder comprador un gobierno es capaz de alterar cualquier equilibrio en la economía. Con sus designios aparecen o desaparecen sectores industriales enteros. Pero más allá de la economía, los gobiernos también son responsables de crear las “reglas de juego” y forzar su cumplimiento. Construyen de esta forma las instituciones que regulan la vida en sociedad.

Estoy convencido de que en Chile los funcionarios públicos son personas serias que trabajan duro para servir a la ciudadanía. Sin embargo, resulta preocupante que como sociedad parece que empezamos a mirar como aceptable lo que, en realidad, es verdaderamente inaceptable.

Medio millón de personas han visto alterados sus lugares de votación en el padrón electoral. La información era conocida por los órganos responsables hace meses, pero nadie hizo nada. Recién se puso el grito en el cielo después de que los partidos políticos sacaron la calculadora. Cuando la única solución moralmente correcta es ponerse colorados y postergar la elección, el Estado cede a las presiones y trata de arreglar la panne con un alambrito, a lo “maestro chasquilla”.

Mucho peor aún, una serie de atrocidades y negligencias han costado la vida de nada menos que ¡1.300 niños! Eran menores puestos por la Justicia al cuidado de un organismo gubernamental, pero dos poderes del Estado participaron activa o pasivamente en esta barbaridad y no hubo consecuencias. ¿Dónde están la indignación y las marchas públicas clamando “No a la impunidad: Justicia para nuestros niños”? ¿Dónde están las leyes “express” para subsanar con urgencia esta brutalidad?

Estamos a tiempo de reaccionar. Reconozcamos que, sin importar el color político del gobierno de turno, el destino de Chile siempre estará amarrado a la calidad de sus instituciones y de su aparato público. Mientras la agenda política no se comprometa de verdad con una gestión pública de clase mundial, seguiremos condenados a la mediocridad.

 

Alfredo Enrione, ESE Business School, Universidad de los Andes.