El liberalismo confía profundamente en la capacidad de las personas para tomar sus propias decisiones, aunque algunas de ellas puedan parecer equivocadas. En la estela de tantos autores liberales, creo que la libertad se orienta en muchísimo mayor medida al bien que al mal, en lo que justamente no cree el "Manifiesto por la República", cuyo tronco ideológico es abiertamente comunitarista. Un estatismo soft y medias tintas, como el vino aguado, pero estatismo al fin y cabo.
Publicado el 12.03.2017
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El “Manifiesto por la República y el buen gobierno (una invitación a pensar)” me ha sorprendido no tanto por su contenido (esperable, teniendo en consideración las vertientes de pensamiento a las que adhieren sus autores), sino porque, salvo algunas pocas excepciones, el documento ha recibido bastantes elogios y muy pocas críticas. Hay tan poca cultura de debate en la derecha, que se piensa que criticar es atacar y que hay que limitarse a valorar cualquier esfuerzo, sin entrar al contenido mismo de lo que se plantea.

Yo creo lo contrario: que la derecha necesita más debate intelectual. Y que, si bien merece ser valorado el aporte que, entre otros, han hecho Hugo Herrera y Pablo Ortúzar, hay que también recoger el guante de su invitación a pensar; no sólo en el manifiesto mismo, sino habitualmente en sus escritos, sean libros o columnas de opinión.

Una cuestión fundamental que se aprende con el tiempo —lo sé, luego de muchas lecturas, incluso del siglo XIX, época a la que me dedico como historiadora— es que los textos no hay que leerlos de manera lineal, sino entre líneas, y que lo clave es captar cuando los autores dejan entrever lo verdaderamente decisivo. Vale decir, lo importante es percibir la esencia de lo que un texto plantea (su tronco), de la cual derivan elementos accesorios (sus ramas). En esta columna me ocuparé únicamente de lo primero.

¿Qué es lo decisivo en el manifiesto para la derecha? ¿Cuál es el tronco ideológico que plantea? O, dicho de manera más concreta, ¿cuál es la palabra mágica que el sector debería asumir en su relato, de aquí hacia el futuro?

Creo que, sin lugar a dudas, el concepto decisivo que está detrás es el de comunitarismo, aunque mediado por el concepto de república. A esta segunda, y de manera aséptica, el manifiesto la entiende como “la cosa común, que nos vincula a todos con la realidad colectiva”. Pero luego la república se torna comunitarista, porque tendría “la capacidad de armonizar los legítimos intereses privados de los individuos y de integrarlos en el marco de un proyecto común” (n° 7).

Más aún, y siendo ésta una de las principales características negativas del comunitarismo (negativa, en el sentido de lo que buscaría superar), el manifiesto sostiene que vivimos “en tiempos en los que tiende a primar el egoísmo”, prevaleciendo “la consideración del hombre como un ser atomizado y aislado de su entorno” (n° 5).

Más abajo, agrega que la idea de república “implica exigencias respecto de los ciudadanos, comenzando por la necesidad de participar en los asuntos que nos incuben a todos”. Y aunque no propone expresamente el retorno al voto obligatorio, sí lo insinúa al afirmar que, “para quien vive en democracia, la participación política constituye un deber” (n° 6).

¿Por qué lo anterior da cuenta de la escuela de pensamiento llamada comunitarismo? Porque, precisamente, lo que la caracteriza es la crítica al liberalismo como fuente de egoísmo y de fragmentación política, argumentando a favor (y esta es su propuesta positiva) de la prioridad ontológica de la comunidad frente a los individuos. Es decir, los fines individuales tenderían a la configuración de vidas aisladas, no por su incapacidad de cooperar entre sí, sino porque no se subordinarían a un fin común o colectivo. En los términos de Charles Taylor, a un “horizonte de significación” que supondría la promoción (estatal) de formas de vida supuestamente superiores (por ejemplo, la familia heterosexual, orientada a la procreación).

¿Cómo se lograría determinar, para el manifiesto, el fin colectivo, el horizonte de sentido, que alejaría a las personas de esas supuestas vidas egoístas en las que están sumidas? Mediante un tercer concepto, el de nación. Así, como la república, de un lado, evitaría la fragmentación, la nación, del otro, apuntaría a centralización de un sentido colectivo. De esta manera, el Estado asumiría la misión de “crear” (en los términos de Mario Góngora, un autor seguido por Hugo Herrera) la nación, la identidad colectiva, a la que las identidades individuales deberían subordinarse.

En otras palabras, se propone abandonar un principio esencial que la derecha históricamente ha defendido: la prioridad ontológica de la persona humana (y de los cuerpos intermedios) frente al Estado. Es evidente que, si se dice que los fines individuales deben someterse a un fin colectivo, se sostiene que el Estado debería ser el principal articulador de la vida social y económica del país. Por mucho que se diga, en algún acápite secundario, que se valora la libertad personal, este principio cae en el vacío si debe adecuarse a un sentido de totalidad.

Y aunque se afirme que “lo público no se agota en lo estatal ni se define por su lógica”, ¿cómo se lograría la existencia de un “proyecto común” si no es a través de la primacía del Estado frente a las personas y los cuerpos intermedios? Sería imposible, sobre todo si se plantea que la nación es la fuente del “pacto entre los vivos, los muertos y los que están por nacer” (n° 10), lo que —en el manifiesto— no equivale a la noción burkeana de tradición, en cuanto evolutiva y espontánea, sino a la de nación creada por el Estado.

Al revés de lo que el documento propone, el liberalismo sostiene tres ideas sencillas, pero claves, que la derecha actual debería poner por delante, como ejes de su relato frente a la izquierda, hoy hegemónica.

La primera es la presunción a favor de la libertad personal. Que la libertad se presuma significa que “todo lo que no está prohibido, está permitido”. La libertad implica que las personas son capaces de perseguir sus propios fines, salvo que afecten la misma capacidad de las otras. La segunda es que los fines propios no se persiguen de manera aislada, sino en interacción con otros. De hecho, el mismo mercado (que, en el manifiesto, ocupa un lugar muy menor) no es sino un mecanismo de cooperación social, ya que el interés propio se realiza en la medida en que se orienta al ajeno. El mercado es un sistema de intercambio. En cambio, el Estado suele estar muy lejos de satisfacer los intereses ajenos a él (de las personas), porque, como tantos autores han demostrado, le resulta imposible procesar el conocimiento subjetivo, que se encuentra disperso en la vida real.

Y la tercera es que el individualismo, que proponen los liberales, no es igual a egoísmo, entendiendo esta palabra como aislamiento, sino a primacía de los individuos frente a las entidades colectivas, especialmente el Estado. Y si bien pueda ser cierto que las personas vienen al mundo en una sociedad dada, ellas tienen un valor en sí mismo —una dignidad moral—, al punto que sus fines propios no deben subordinarse a un supuesto fin colectivo, normalmente determinado por unos pocos y que pasaría, necesariamente, por la limitación coactiva de la libertad personal. Las personas también cooperan a través de entidades benéficas o gremiales, pero lo hacen en mucha mayor medida cuando el Estado las deja actuar.

Dicho lo anterior, el liberalismo es profundamente político, porque defiende la idea de un orden social que respeta la libertad de todos. Y, en la práctica, la búsqueda del propio destino, mediante la cooperación voluntaria (y no obligatoria, como en materia de sufragio plantea el manifiesto), tiende a la convergencia —de abajo hacia arriba— de los fines individuales en una comunidad. Lo liberales no niegan el valor de este concepto, sino la idea conforme a la cual su significado debería ser impuesto, desde las alturas del poder, y subyugando los proyectos de vida individuales.

Finalmente, el liberalismo confía profundamente en la capacidad de las personas para tomar sus propias decisiones, aunque algunas de ellas puedan parecer equivocadas. Personalmente, y en la estela de tantos autores liberales, estoy profundamente convencida de que la libertad se orienta en muchísimo mayor medida al bien que al mal, en lo que justamente no cree el Manifiesto por la República, cuyo tronco ideológico es, como he planteado, abiertamente comunitarista. Un estatismo soft y medias tintas, como el vino aguado, pero estatismo al fin y cabo.

 

Valentina Verbal, magíster en Historia

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO