Los políticos olvidaron a la gran masa digital que está cautiva por tres horas al día en redes sociales. Ansiosa de contenido bueno, de calidad y con sentido. Mientras eso no se entienda, en un régimen de voto voluntario ni el padrón más pulcro ayudará a que un joven de 24 años se levante un domingo a votar.
Publicado el 23.10.2016
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Hoy los chilenos se levantan a votar y el fantasma de la abstención vuelve a tomar fuerza. El bochorno del padrón electoral no hizo más que acrecentar la mala fama del sector público respecto de su eficiencia y desempeño, siendo una amenaza más al evidente bajo interés ciudadano por la política.

Es común encontrar en redes sociales opiniones donde se comenta que con este episodio protagonizado por el Servel, el votante está aún más hastiado y el proceso más desacreditado, sin prácticamente incentivos para que los chilenos hagan honor a la gran oportunidad que da la democracia: elegir a las autoridades.

Sin embargo, todos esos factores, que tienen tanto de cierto como de graves, quedan relegados a razones fuertes, pero insuficientes, para justificar una posible baja concurrencia en las urnas. Esto, porque el diagnóstico de ausentismo es algo que se sabía hace cuatro años, con un alarmante 60% de abstención en las municipales de 2012 y misma cifra en las presidenciales de 2013, cuando con un padrón de 13 millones 573 mil electores, sólo votaron 5 millones 672 mil.

Ese era el momento de preguntarse qué falló y cómo es posible conectar mejor con una ciudadanía lejana. La clase política tuvo un tiempo más que razonable y las herramientas tecnológicas a su disposición para abordar ese gran problema. Sobre todo siendo conscientes de vivir en el período de mayor descrédito de la política en la historia y por ende, donde el giro en la forma de comunicar y hacer campaña era urgente y necesario.

La posibilidad de reinvención del discurso, de las herramientas de difusión y de la generación de contenidos bajo una propuesta de valor clara y seria, era una oportunidad que muchos políticos tenían ante sus narices y donde la inercia clásica de la vieja escuela política, inclinó la balanza hacia lo probado y tradicional. Años para cambiar la forma de hacer campañas y estudiar, sólo como ejemplo, el real potencial que las redes sociales podrían generar en esta oportunidad. El poder de convocatoria y movilización que tienen para efectivamente llevar a las urnas a gran parte de los chilenos esquivos y ajenos a la política.

Desafortunadamente, poco de eso se aprovechó. Al parecer, según cifras del panorama de medios de HAVAS Media Group, que el 90% de los chilenos tenga acceso a internet vía celular no fue suficiente justificación para ahorrar en palomas, panfletos, bolsitas o llamadas telefónicas y tratar de sumar más likes o más importante aún, interactuar de manera creativa con un público absolutamente ajeno y cansado de los medios tradicionales. Sobre todo si el 60% de la audiencia digital es menor a 34 años. Es decir, el grueso del público al cual se quiere motivar y que, al mismo tiempo, se critica por no levantarse a hacerlo, estaba ahí, al alcance de un click.

Ese ciudadano, que incluso ya se da por perdido, privilegiando el voto duro, es un público consumidor de contenido creativo y con sentido. Los tiempos de eslóganes, frases para la galería, videos que comienzan con “Hola, soy su candidato (o diputado) y quiero su apoyo para” pertenecen al pasado y son parte de la mala reputación que la política tiene entre ese target. Sólo los candidatos jóvenes trataron de generar una conexión distinta.

Herramientas tan valiosas como Facebook, con un nivel de penetración de un 70% entre los chilenos, o YouTube con un 44%, incluso quedaron relegadas al desfile de fotos y videos en Twitter, que sólo tiene una penetración cercana al 9%. Olvidaron a la gran masa digital que está cautiva por tres horas al día en redes sociales. Ansiosa de contenido bueno, de calidad y con sentido. Mientras eso no se entienda, en un régimen de voto voluntario ni el padrón más pulcro ayudará a que un joven de 24 años se levante un domingo a votar.

 

Matías Aylwin, director VOXKOM