La despolitización es algo que se ha ido instalando silenciosamente en la sociedad de manera transversal. Hoy el interés particular prima por sobre el bien común y las motivaciones suelen fundarse en criterios cortoplacistas.
Publicado el 01.08.2016
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Quienes creemos en el libre mercado, estamos preocupados. Y es que la legitimidad social está en tela de juicio. Hoy los ciudadanos piden cambios y nadie parece ser capaz de encauzarlos. El mutismo parece ser la regla, y esa es la peor respuesta que se puede dar si se quiere evitar que las cosas se salgan de control.

Parece que la sociedad está cansada. Se ha instalado un ambiente de corrupción y abusos; relaciones dudosas entre política y dinero, pensiones que están lejos de ser lo que prometieron, un sistema de salud que segrega y promesas por una nueva constitución han sido elementos que han ido incrementado la presión social. La interpretación que se ha derivado de este clamor es que hay que acabar con las lógicas de mercado, como si toda respuesta que viniera del Estado lograra salvarse de esta corruptela.

Como respuesta, vemos débiles autocríticas y una incapacidad total de generar un discurso legitimador.

Esto tiene su explicación en gran parte porque que las lógicas empresariales se han instalado haciendo que los actores relevantes olviden que requieren de una dimensión política. Su mutismo y lenta reacción es algo que asombra. Es como si la preocupación por los negocios los hubiera llevado a aislarse a tal punto de desentenderse de todo. Es cierto que a veces se ve una enérgica participación, pero si hilamos finamente, veremos que esta, generalmente, gira en torno a una oposición, y en caso de ser propositiva, orbita en torno a la desesperación, como quien sabe que tiene que ceder porque no queda otra opción.

Pocas veces se ve una salida propositiva, que asuma la realidad y que comprenda que la sustentabilidad de la actividad empresarial sólo es posible en la medida que están inmersas en un orden social donde estén legitimadas. Y es precisamente en esta deficiencia, donde encontramos el fundamento del hecho que sean hoy, justamente, las instituciones más puestas en tela de juicio, las que más lenta respuesta han tenido. Es lo que estamos viendo por la presión social contra las AFP o las ISAPRE y también lo vimos en el deficiente manejo que se dio al movimiento estudiantil en 2011.

Esta actitud aletargada tiene su explicación. Hace años se ha instalado la idea de la despolitización. Una despolitización que invita a aislar lo que uno hace de lo que pasa en la sociedad. Un enfoque que profundiza en la proximidad y pierde el sentido del conjunto. Un fenómeno que tiene su explicación en los abusos que se cometieron en la sociedad civil durante años, donde los partidos estaban dispuestos a instrumentalizarlo todo, y que también tiene su componente generacional explicado por el hecho de crecer en un contexto de dictadura, donde la preocupación por el conjunto y lo común, es decir la política, era muy acotada por las restricciones que imponía el contexto.

La despolitización es algo que se ha ido instalando silenciosamente en la sociedad de manera transversal. Hoy el interés particular prima por sobre el bien común y las motivaciones suelen fundarse en criterios cortoplacistas. Mientras no apriete el zapato, los cambios pueden esperar. No se mide que esto genera presiones que luego será difícil encausar.

Por eso, es necesario un cambio de actitud. No bastará con relucir impresionantes cifras –que por cierto las hay-, no será suficiente con resaltar los promedios si las brechas se mantienen, tampoco servirá quedarse esperando para salvar lo bueno que hemos sido capaces de construir en nuestro país. La situación actual presenta una oportunidad, porque remece. Ya es hora que los actores relevantes se den cuenta que lo que falta es politizarse, una politización bien enfocada que empatiza con el clamor social. En caso contrario no quedará más que lamentarse por haber sido un cómplice pasivo de aquellos que quieren deslegitimarlo todo y pasar la retroexcavadora.

 

Cristóbal Ruiz-Tagle, Director de Estudios de IdeaPaís.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO