Creer por un segundo siquiera que en el terror hay algo valioso, es un error que muchas sociedades han cometido.
Publicado el 10.09.2014
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Hace más de un siglo, Joseph Conrad escribió en El Agente Secreto (1907), su novela sobre terrorismo y anarquía: “Pero ¿qué podría uno decir frente a un hecho de ferocidad destructora tan absurdo que llegue a lo incomprensible, inexplicable, casi impensable, en resumen, a la locura? La locura sola es de verdad aterradora, en la medida en que no se la puede aplacar ni con amenazas, persuasión o sobornos”.

En efecto, lo que causa el terrorista -más allá del dolor físico, la destrucción y el miedo- es el abismo que se abre con el absurdo de su acción.

Porque absurda es, sin duda, la ilimitada pretensión que su acción oculta; la de cambiar el mundo apelando a la más intensa irracionalidad, explotando la violencia al servicio de un supuesto ideal más puro que la propia aniquilación.

Pues como dice Karl Yundt , “el terrorista, como solía llamarse a sí mismo”, uno de los personajes de Conrad: “-Siempre he soñado […] con un grupo de hombres independientes en sus resoluciones para desechar escrúpulos en la elección de los medios, tan fuertes como para merecer a ojos vistas el título de destructores, libres de la mancha de ese pesimismo conformista que pudre al mundo. Sin piedad para nada sobre la tierra, ni siquiera para ellos mismos, con la muerte enrolada para el bien y todo al servicio de la humanidad: eso es lo que me hubiera gustado ver”.

Es esa idea (terrible, si se la piensa en serio un solo momento) de que puede avanzarse sin piedad, destruyendo todo lo que a uno lo rodea -vidas e instituciones-, hacia una mejor humanidad lo que constituye precisamente el absurdo de la locura terrorista.

Es la locura de quien se erige por encima de los sentimientos humanos más elementales a los que descalifica por conformistas, banales, faltos de distinción heroica; igual como repudia a la democracia por su mediocre masividad, su preferencia por los acuerdos y las transacciones.

Semeja a aquel otro personaje de Conrad, “el incorruptible Profesor”, quien “caminaba, también, apartando sus ojos de la odiosa multitud de la humanidad. Él no tenía futuro; pero lo despreciaba. Él era una fuerza. Sus pensamientos acariciaban imágenes de ruina y destrucción”. Caminaba “frágil, insignificante, andrajoso; miserable y terrible en la simplicidad de su idea que convocaba a la locura y la desesperación para regenerar al mundo. Nadie lo miraba. Y [avanzaba] insospechado y mortífero, como una peste en las calles llenas de hombres.”

Creer por un segundo siquiera que en el terror hay algo valioso, idealista, potencialmente transformador o digno de ser tratado con tolerancia o comprensión por las instituciones del Estado democrático o el régimen de la conveniencia democrática, es un error que muchas sociedades han cometido y debido lamentar.

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO

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