En estos tiempos difíciles, los ciudadanos deben bajar de las tribunas de los observadores a la cancha para actuar, opinar, organizarse, buscar a personas que los representen y poder cambiar el pernicioso rumbo que lleva el país.
Publicado el 31.05.2016
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Un reciente artículo en la revista estadounidense New York Magazine manifiesta que Estados Unidos puede estar más cerca que nunca antes en su historia de una tiranía. En “Democracies end when they are too democratic”, Andrew Sullivan sostiene que este peligro lo brindan las circunstancias sociales y políticas de Estados Unidos y lo representa el carácter populista, mesiánico y reduccionista de Donald Trump, un candidato que pocos imaginaron como el presidenciable republicano y que hoy, a contrapelo de todos los pronósticos recientes, y según lo que muestran las últimas encuestas, puede incluso triunfar en las próximas presidenciales.

Sullivan sustenta su opinión basándose fundamentalmente en La República, de Platón, donde Sócrates afirma que una vez la democracia alcanza su madurez superior, su etapa tardía, y triunfan la igualdad y las exigencias contra las elites y jerarquías y campean las tensiones sociales y las acciones rupturistas, se abre el camino para un tirano. Sullivan añade que “cuando han sido removidas todas las barreras hacia la igualdad formal e informal, cuando todos son iguales, cuando las elites son despreciadas y se da licencia plena para hacer lo que cada uno quiera”, has alcanzado lo que puede denominarse el estado tardío de la democracia. Basándose en La República, el estadounidense plantea que en esa fase, que denomina de incoherencias democráticas, emerge un tirano de la propia elite que la traiciona y que enarbola las demandas más radicales en contra de su propia clase.

Al hacerlo, el tirano libera a la masa del agobio que causan las infinitas opciones e inseguridades propias de la democracia, y pone freno a los excesos, agrega Sullivan. Demasiada libertad se transforma en demasiada esclavitud, dice el autor. Junto con ello nos recuerda que James Madison creía que las democracias son de corta vida, y que se debe precisamente a los riesgos que la amenazan que los padres fundadores de Estados Unidos establecieron los “checks and balances”. Su tarea al fin y al cabo es garantizar el funcionamiento de la democracia. Para Sullivan todo eso está hoy en riesgo en su país, por lo que “Estados Unidos nunca ha estado más maduro para una tiranía”.

No voy a entrar a la disputa sobre si la tesis de Sullivan es correcta o no, o si Donald Trump es un nuevo Hitler o un nuevo Mussolini, planteamiento este último que me resulta muy exagerado, pero sí me planteo, a la luz de estas y otras especulaciones afines, un tema que tiene que ver con el Chile actual: ¿Cómo se purifica la democracia por sí misma para reconquistar la confianza de los ciudadanos y reencantarlos, pero sin dejar de ser democracia? Sócrates afirmaba, a fin de cuentas, que la tiranía surgía de la democracia, y que esta nacía de la primera.

Se puede ser de gobierno u oposición en Chile, pero hoy unos y otros coinciden en que el país va por mal camino, que atraviesa una fase que no nos conviene, que nos divide y polariza, que nos ha hecho perder la confianza en el gobierno, el presente y, al menos, en el corto plazo, en las instituciones y hasta en nosotros mismos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo se sale de esto cuando la gente no cree ni en las instituciones ni las personas que las integran? ¿No debe venir acaso el saneamiento, la limpieza, la purga de la democracia de los demócratas mismos? ¿Pero qué ocurre cuando en la mayoría cunden la desazón, la desesperanza, el escepticismo, el abstencionismo y el distanciarse de los partidos, sean nuevos o viejos, cuando triunfa el divorcio de la política? ¿Quiénes son entonces los llamados a sanear la democracia si la mayoría está renuente a hacerlo y se ausenta de la polis para refugiarse en la vida familiar, laboral y amistades?

Lo delicado, a mi juicio, es que en América Latina prácticamente no hay modelos exitosos que nos sirvan de guía en este sentido. Cuando en la región se han impuesto la desconfianza generalizada, el desprestigio de la clase política, la crítica a las instituciones, a todos los grupos sociales y profesionales, la supuesta cura ha resultado tan nociva, cuando no peor, que la enfermedad: dictaduras de todo color, populismos diversos, naufragios o derivas prolongadas.

Es uno de los dramas de Chile, que en los últimos 35 años logró avances impresionantes en modernidad, prosperidad, incorporación y apertura al mundo y lucha contra la pobreza, convirtiéndose en modelo para muchos. Pero al convertirse en vanguardia del desarrollo en el continente en ciertos aspectos económicos, carece de referentes que vayan delante de él y de los cuales pueda aprender para anticipar turbulencias, cuellos de botella y crisis. Por el contrario, somos el país hacia el cual muchos miraban hasta hace poco como modelo inspirador, y al que hoy miran preguntándose qué hemos hecho mal para caer en la situación actual y cuáles son las lecciones que deben extraer.

Eric Hoffer, en un viejo pero hoy más que nunca vigente libro, “The true believer”, plantea que el momento más delicado para un país no es el de la pobreza masiva o de la prosperidad más sólida, sino aquel en que avizora una nueva etapa y sectores de la población ven la nueva prosperidad y nuevas prestaciones al alcance de la mano. Es entonces cuando se imponen la impaciencia social, las expectativas desmesuradas, las demandas ilimitadas, afirma Hoffer. Advierte que mientras esto es un reto para los políticos razonables, es asimismo la coyuntura ideal para el surgimiento de movimientos sociales de carácter radical, soberbio e intolerante, que se consideran portadores de la verdad y las soluciones para todos los males de la sociedad, soluciones que serían de aplicación inmediata, simplista y efectos portentosos.

En estos tiempos difíciles que nos toca vivir, los ciudadanos -en su mayoría defraudados por el panorama y la arquitectura política- están llamados a bajar de las tribunas de los observadores a la cancha de juego para actuar, opinar, organizarse, buscar a personas que los representen y poder cambiar el pernicioso rumbo que lleva el país. Nada más ventajoso para quienes reducen la política a su obsesión por arrojar por la borda al Chile actual -con sus éxitos y bemoles, sus luces y sombras-, sin proponer un modelo viable, real y probado en su reemplazo, que los chilenos decepcionados de los políticos permanezcan en casa constituyendo una mayoría que, aunque disconforme, rezongona y frustrada, es silenciosa y pasiva en la hora decisiva.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESOCBAR/AGENCIAUNO

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