Tanto en los escenarios de negociación como en los de lucha hay que tener presente que el gran desafío por delante es romper la hermandad revolucionaria Cubazuela, es decir, neutralizar los intereses copulativos de Caracas y de La Habana, que se expresan en 50 oficiales de alto rango, 4.500 soldados, y 34 mil doctores y paramédicos cubanos en Venezuela, así como en los 70 mil barriles diarios de petróleo venezolano que se envían a Cuba a pesar de los serios problemas económicos.
Publicado el 01.08.2017
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La imagen de más de 29 mil venezolanos haciendo cola durante horas y bajo el frío para votar en la consulta popular de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) el pasado 16 de julio, muchos vestidos con prendas de colores y con el Parque Bustamante en Santiago copado de banderas venezolanas, nos debe llevar a reflexionar cómo los hermanos venezolanos -sin apoyo del Gobierno chileno- se han mostrado decididos a parar el golpe de Estado de Nicolás Maduro y a defender la democracia en su país, la misma que en su momento cobijó a tantos chilenos.

Ahora, a pesar de todos los cuestionamientos internos y externos previos, Maduro el dictador llevó a cabo su fraudulenta asamblea constituyente a dedo, tras 16 muertos y consumando el jaque final a la democracia venezolana. Tal punto de no retorno plantea un “choque de trenes” entre el régimen y la oposición (o la resistencia, en su defecto) en Venezuela.

 

La estrategia chavista

El meollo del problema es que el Presidente venezolano no ha estado nunca ni estará jamás abierto al diálogo, porque se aferra a aquel aforismo de que ‘el poder se gana y no se pierde’. Ya lo dijo antes, que no entregaría la “revolución (bolivariana) a los fascistas internos ni a los imperialistas externos” y, lo ha confirmado ahora, afirmando que “lo que no se pudo con los votos, lo haremos con las armas”. Por lo tanto, en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI la dictadura no es más que una profecía auto-cumplida.

 

Modelo cubano o dominio castrista

La premisa anterior nos obliga a preguntarnos si el régimen venezolano está siguiendo el modelo cubano, en cuyo caso la toma de decisiones se encuentra aún en Caracas (entre Maduro, los “duros” como Tareck El Aissami y Diosdado Cabello, el PSUV y las FF.AA.), con una influencia moderadora de La Habana; o bien, si Venezuela es hoy abiertamente un estado satélite de Cuba (“Cubazuela”), dado el alto grado de injerencia que la isla ejerce a través del propio Maduro —agente formado en el Departamento América del PCC— y el control del G2 cubano sobre el aparato de inteligencia, las FF.AA., la política exterior y los ‘colectivos’ venezolanos (milicias).

La clave, entonces, es determinar si la presión internacional hay que ejercerla sobre el mismo Maduro (garantías para no enjuiciarlo y su salida al exilio), o sobre el Gobierno de La Habana, para que ayude a conseguir un relevo en la cúpula gobernante y a abrir espacios para una transición política venezolana (la segunda derivada es, ¿cómo juega aquello en su propia transición interna pos-Castro?).

 

El dilema de Cubazuela

Hay quienes aseguran que, así como vimos durante largos años sobrevivir a una Cuba aislada del mundo —aunque con el respaldo decidido de la URSS durante la Guerra Fría y de Venezuela después—, bien podría una dictadura de Maduro mantenerse en el tiempo. Aparte del apoyo incondicional de Cuba, donde una nación tan insignificante económicamente ha logrado influir de manera determinante en la política venezolana, el modelo de resistencia chavista podría llegar a contar también con aliados como Rusia, Corea del Norte e Irán.

El problema es que si continúan las protestas internas y la oposición sigue movilizada en la calle, podría producirse un eventual quiebre en los mandos medios de las FF.AA. a causa de la represión.

En otras palabras, en un país al borde del colapso, la negociación es más necesaria que nunca; pero si esta no prospera y se precipita una escalada de la violencia, la cabeza de Maduro bien podría llegar a ser el costo menor de la crisis.

Tanto en los escenarios de negociación como en los de lucha hay que tener presente que el gran desafío por delante es romper la hermandad revolucionaria Cubazuela, es decir, neutralizar los intereses copulativos de Caracas y de La Habana, que se expresan en 50 oficiales de alto rango, 4.500 soldados, y 34 mil doctores y paramédicos cubanos en Venezuela, así como en los 70 mil barriles diarios de petróleo venezolano que se envían a Cuba a pesar de los serios problemas económicos.

 

¿Qué hacer?

Ni el falso asombro de Michelle Bachelet ante el conflicto o las falacias de Tabaré Vásquez en las discusiones del Mercosur, ni los ingenuos llamados al diálogo del Vaticano o la infructuosa mediación del socialista español Rodríguez Zapatero, como tampoco el viaje sin destino del Presidente colombiano Santos a La Habana, han logrado algo. Ello, porque ninguno de los nombrados ha querido aceptar que lo que hay en Venezuela es un “golpe de Estado permanente”. Nunca ha habido, ni habrá una negociación seria para una salida política, porque ni Maduro ni el Gobierno de La Habana quieren reconocer la derrota de la revolución chavista (“jamás se entregará el poder”). Y, por ende, sólo cabe esperar que el valeroso pueblo venezolano siga luchando por su democracia y que la comunidad internacional lo apoye con algo más que los gestos huecos mencionados antes.

El salto al vacío de Maduro acarreará un período grave de ingobernabilidad en Venezuela, con una resistencia a ultranza de la oposición (protesta callejera, gobierno paralelo y ¿guerra civil?), así como una amplia reacción externa para el aislamiento internacional del país: acusaciones contra Maduro y sus secuaces ante la Corte Penal Internacional (parlamentarios chilenos y colombianos, estudio de la OEA); condenas varias (Human Rights Watch, ONU); y desconocimiento de los resultados de la Constituyente por ser “ilegítima”(Argentina, Brasil, Colombia, Canadá, Chile, Costa Rica, España, Estados Unidos, México, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Suiza, UE). Más adelante, se podrían producir la expulsión de Venezuela del Mercosur; sanciones económicas en su contra (EE.UU., México); el retiro de embajadores (varios países); y el rompimiento de relaciones diplomáticas (Perú?).

Por lo tanto, en los días que vienen veremos más violencia y represión; y a un régimen chavista fracturado, pero con la diplomacia, las agencias de inteligencia y miles funcionarios cubanos del campo social actuando como últimos soportes del Gobierno para chantajear e intimidar a los opositores venezolanos. La comunidad internacional debe reaccionar antes de que sea demasiado tarde —una nueva Cuba— y veremos si los chilenos somos capaces de solidarizar con el ensangrentado pueblo de Venezuela.

 

Juan Salazar Sparks, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI