Precisamente porque Bachelet pareciera ser incombustible, sus adversarios debieran centrarse en la vulnerabilidad de las propuestas de gobierno que Bachelet presentó en su campaña y en los equipos que rodean a la Presidenta.
Publicado el 28.11.2014
Comparte:

Uno de los desafíos más complejos para la derecha chilena es encontrar una forma exitosa de criticar las políticas que promueve la Presidenta Bachelet sin caer en la descalificación personal y sin intentar repetir la desastrosa campaña presidencial de 2013. Toda vez que la Presidenta declaró que ella corta el queque, la estrategia de la oposición debiese centrarse en declarar compartir los objetivos de Bachelet pero asignar responsabilidad por todos los errores del Gobierno en la incapacidad de la Nueva Mayoría para convertir las buenas intenciones de la Presidenta en realidades concretas que mejoren la calidad de vida de los chilenos. Así, elevando a Bachelet a las nubes de la incombustibilidad, la Alianza podrá hacer que la impopular NM pague los costos en la elección presidencial de 2017. Después de todo, la gran oportunidad de la Alianza estará en que Bachelet no será candidata y que, igual que en 2009, difícilmente podrá traspasar la alta adhesión personal que ella genera al candidato de su coalición.

No hay peor error en política que confundirse respecto a quién es el verdadero adversario. Después de dedicar enormes esfuerzos durante el gobierno de Sebastián Piñera a debilitar las opciones electorales de Bachelet, parte de la derecha parece no entender que ella no será candidata presidencial en 2017.  Además, el hecho de que Bachelet haya arrasado en la contienda presidencial de 2013 —arrastrando con su popularidad a la NM a lograr un predominio absoluto en el Congreso—, deja en evidencia que la estrategia de ir por Bachelet ya no resultó una vez. La conocida definición de locura de Einstein —seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes— aplica aquí a la perfección.

Desde que irrumpió en las encuestas a mediados de 2002, es claro que la persona de Bachelet genera un atractivo que no se relaciona ni con sus posturas políticas ni con las cifras de desempeño de su gobierno.  Aunque su aprobación fluctuó entre un mínimo de 35% (septiembre de 2007) y un máximo de 84% (febrero de 2010), Bachelet siempre tuvo más aprobación que su gobierno, y generó niveles de cercanía personal inusuales en la clase política. Por eso, precisamente porque Bachelet pareciera ser incombustible, sus adversarios —que aspiran a frenar y bloquear sus iniciativas— debieran centrarse en la vulnerabilidad de las propuestas de gobierno que Bachelet presentó en su campaña y en los equipos que rodean a la Presidenta.

El cariño que genera Bachelet contrasta con el rechazo que genera la clase política y con las dudas que despiertan las propuestas del programa de la Presidenta. Los líderes de la NM tienen más rechazo incluso que los líderes históricos de la Concertación. Como en la propia NM abundan las discrepancias sobre la dirección que deben tomar las reformas y la intensidad de las mismas —discrepancias que alimentan las dudas en el resto de la población— la decisión sobre cómo y en qué velocidad avanzar la debiera tomar “La Jefa”. Pero Bachelet ha demostrado repetidamente ser incapaz de disciplinar a su coalición. Desde que la NM desoyó su llamado a realizar primarias en 2013 hasta su incapacidad para mantener la paridad de género en la formación de su gobierno, la NM ha demostrado su poca disposición a seguir las directrices de su líder. Como la aprobación de Bachelet no está en su mejor momento, la indisciplina en la NM tenderá a aumentar. La decisión del PDC de imponer su visión moderada y gradualista a las reformas tributaria y educacional evidencia que el cuchillo de Bachelet no logra cortar ese queque de múltiples capas de intereses partidistas y de facciones que es la NM.

Por eso, la Alianza debiera sumarse a Bachelet en culpar a sus ministros —y eventualmente a la NM— por la incapacidad de producir resultados. Como igual votó a favor de la reforma tributaria —asumiendo los costos del enfriamiento que ahora se atribuye a la reforma—, la Alianza no gana nada criticando políticas si al final termina legitimándolas a cambio de concesiones puntuales. Si demoniza reformas para después votar a favor de versiones más moderadas, la Alianza se enredará y confundirá más a la opinión pública. Además, como la gente percibe que Bachelet quiere hacer lo que es mejor para Chile, resulta más conveniente criticar la hoja de ruta de la Mandataria que cuestionar la intención de crear un mejor Chile para todos.

Las estrategias exitosas en política optimizan la defensa de las ideas y la posibilidad de ganar elecciones.  Si por defender ideas se renuncia a atraer apoyo electoral mayoritario, los partidos devienen en leales guardianes de la fe con poco peso electoral. Si en cambio las posturas se definen a partir de lo que dicen las encuestas, los partidos terminan tan confundidos sobre sus principios como los electores cuyos votos aspiran obtener. La combinación perfecta supone optimizar la defensa de valores haciéndose cargo del momento político por el que pasa el país.

Por eso, la derecha no debiera cuestionar las buenas intenciones de Bachelet. En cambio, debiera centrar sus objeciones en que, mientras la NM se peleaba con la dueña del cuchillo, el queque se quemó en el horno. Más que criticar la intencionalidad de una presidenta que se ganó el cariño de la gente, la Alianza podrá centrar sus críticas en lo poco útil que resultan para la mayoría de los chilenos las buenas intenciones de Bachelet.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y Académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO:DAVID CORTES /AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Patricio Navia