Las promesas de Tsipras de una vida mejor para los griegos financiada con el esfuerzo y el trabajo de los alemanes y los franceses tenía un pequeño inconveniente. Requería de la aprobación de los alemanes y franceses.
Publicado el 02.07.2015
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Los sucesos de los que estamos siendo testigos en Grecia por estos días son tan dramáticos que con un poco de imaginación podríamos pensar que son parte de una obra de Shakespeare y no la cruda realidad de un pueblo de cerca de 11 millones de habitantes. No deja de ser una ironía que los antepasados de los griegos hayan sido los inventores de la comedia y la tragedia, y que dos mil quinientos años más tarde los habitantes de las mismas tierras sean protagonistas de su propia obra teatral.

Buscando referencias en internet, me encontré con la descripción que el profesor Ian Johnson de la Universidad de Malaspina en British Columbia hace de los géneros dramáticos. Según Johnson, todas las obras dramáticas tienen un común denominador: el conflicto. La diferencia es que mientras en la comedia las cosas terminan con el típico “y vivieron felices para siempre”; en la tragedia, en cambio, hacia el final de la obra el personaje principal descubre, justo antes de enfrentar la muerte, que sus intentos por controlar el conflicto solamente han servido para hacerlo aún más grande y perturbador, y que él es el gran responsable de las desdichas por las que han debido atravesar todos aquellos que lo rodean.

Hasta hace seis meses, todo parecía estar relativamente ordenado en Grecia. El país comenzaba a mostrar los primeros signos de reactivación después de la severa crisis económica en la que había estado sumido desde el 2009. Pero un evento inesperado, como el que usualmente rompe la amable cotidianidad al inicio de las obras de teatro, irrumpió en la política girega. Alexis Tsipras y Syrisa, el partido político de extrema izquierda al cual pertenece el ahora primer ministro helénico, derrotaron por amplio margen a sus contendores de centroderecha. Su plataforma electoral fue muy similar a la de los populistas latinoamericanos. Es decir, prometer todo a cambio de nada. Menos impuestos, más empleo, mejores pensiones y sobre todo fin a las políticas de austeridad que había tenido que imponer el gobierno anterior para obtener alivio financiero de los gobiernos de la comunidad económica Europea y del FMI.

Por más de una década, los griegos vivieron más allá de sus medios y financiaron la diferencia con créditos provenientes de la banca europea. La crisis del 2008 puso abrupto término a la fiesta y además develó que los griegos habían manipulado permanentemente sus estadísticas oficiales para mostrar menos deuda y menos déficit fiscales. La crisis se hizo inevitable. Con más gastos que ingresos y sin acceso al crédito, los griegos se vieron obligados a recurrir a los gobiernos de la eurozona para pedir ayuda financiera. Esta les fue concedida a cambio de que los helénicos se comprometieran a reducir sus gastos a un nivel compatible con sus ingresos. Después de casi cinco años de una inevitable austeridad, Syrisa encontró terreno fértil para sus promesas populistas entre los agotados votantes griegos.

Sin embargo, como siempre ocurre con las promesas de gratuidad, más temprano que tarde los habitantes son despertados de sus sueños surrealistas y confrontados con la cruda realidad. No hay nada gratis en este mundo. Las promesas de Tsipras de una vida mejor para los griegos financiada con el esfuerzo y el trabajo de los alemanes y los franceses tenía un pequeño inconveniente. Requería de la aprobación de los alemanes y franceses.

En medio de la crisis de confianza que han generado las promesas imposibles del gobierno griego, el primer ministro insiste en llamar a su pueblo a repudiar la austeridad. ¿Se imagina que usted tuviera un problema de salud y su médico, en vez de tratarlo con los medicamentos adecuados, lo incitara a protestar contra la enfermedad?

Parecería obvio que los griegos deben extirpar la raíz de su enfermedad, esto es reducir sus gastos a un nivel compatible con los ingresos que son capaces de generar. En vez de eso, el partido gobernante y algunos analistas, como el economista Joseph Stiglitz, les están recomendando que repudien el tratamiento y que sigan exigiendo la morfina a las autoridades europeas.

Mientras tanto, el drama griego se hace cada vez más agudo, con gente agolpada en los bancos para retirar una fracción de sus pensiones, con la cadena de pagos interrumpida y amenazando con generar desabastecimiento y con un mundo atónito al observar cómo el país que algún día fue la cuna de la civilización occidental, se convierte en el primer país del primer mundo en repudiar su deuda con el FMI.

Alexis Tsipras podría perfectamente ser el personaje principal de un drama griego. Lo que está por verse es si esta obra terminará como las comedias o como las tragedias.

 

José Ramón Valente, Foro Líbero.

 

 

FOTO: BLOCO / FLICKR.

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