Es hora de cambiar el switch, de salir del espiral negativo, de ver las crisis como oportunidades, con optimismo para construir una mejor sociedad, con convicción en que de nuestros errores aprenderemos.
Publicado el 15.01.2016
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Hay un viejo refrán que dice “pueblo chico, infierno grande”. Chile está siendo un vivo ejemplo de ello. Hemos caído en un proceso de destrucción, donde nos etiquetamos y atacamos unos a otros, recurriendo a la descalificación como herramienta de posicionamiento. A título anecdótico, basta recordar la reciente pugna entre la diputada Vallejo y el ministro Burgos, o del diputado Boric con el senador Rossi por el financiamiento de SQM, de Ossandón con Chadwick por sus críticas a Piñera y el “arjonazo” entre Marco Antonio Núñez y el timonel de su colectividad, Jaime Quintana.

Curiosamente, frente a los desastres naturales somos capaces de unirnos y construir una identidad nacional que nos llena de orgullo, ayudándonos fraternalmente para superar la adversidad que toca la puerta. Sin embargo, frente a las contingencias propias del día a día de cualquier sociedad, la actitud es radicalmente diferente. Nos segmentamos y atrincheramos en la pequeñez de lo propio, pretendiendo construir en beneficio individual, a costa de la descalificación del otro.

Hemos ido perdiendo la identidad común, agrupándonos en estamentos: los políticos, las autoridades, los empresarios, los trabajadores, los empleados públicos, los emprendedores, los consumidores, los dirigentes del deporte, dirigentes sindicales, las Fuerzas Armadas, la Iglesia, etc.; donde actuamos más en bloques verticales que en relaciones horizontales.

Las sociedades están construidas por seres humanos, con todas sus virtudes y defectos. Es por ello que nos damos reglas de convivencia y generamos autoridades que las hagan respetar. Un país con una institucionalidad fuerte es un país capaz de construir virtudes desde sus defectos, generando una potente identidad nacional. Los recientes casos de colusión han demostrado esta falencia por parte de nuestras autoridades.

El ministro de Economía califica estos casos de “extremadamente grave, indignante y completamente inaceptable”. Agrega que la “sinvergüenzura no puede ser una práctica común en mercados”. Por su parte, el ministro de Hacienda nos señala que es un nuevo golpe a la legitimidad del sistema. El vocero del gobierno pregunta “¿dónde está la comisión Engel de los empresarios?”. Y, finalmente, la Presidenta dice que es “inaceptable”.

Todos estamos de acuerdo en que estas conductas son inaceptables, eso es obvio. Sin embargo, lo que se espera de los gobernantes no es la demonización de uno u otro sector, sino que liderazgo y poder construir desde la dificultad. Chile necesita mensajes esperanzadores. Es muy distinto decir que, junto con que estas conductas son reprochables, esto demuestra que la institucionalidad está operando. Que tenemos reglas del juego que deben cumplirse y que la detección de estos casos son una constatación de aquello: el termómetro está funcionando y nos permite detectar la fiebre a tiempo y sanar la enfermedad.

Es hora de cambiar el switch, de salir del espiral negativo, de ver las crisis como oportunidades, con optimismo para construir una mejor sociedad, con convicción en que de nuestros errores aprenderemos. Así como las empresas requieren de directivos capaces de construir una identidad empresarial que inspire a su gente, un país necesita de autoridades firmes, pero a su vez alegres, optimistas y constructivas que nos permitan confiar, tener fe en un futuro mejor y nos ayuden a levantar al país del letargo anímico en que se encuentra.

Un buen punto de partida sería recurrir a la empatía y lograr crear un clima de mayor armonía entre cada uno de estos grupos o estancos de ciudadanos que hemos ido creando. Al final, todos somos chilenos y hay mucha identidad nacional por rescatar y construir.

A pesar de no comulgar con el diputado Boric, tomo una oración suya que sería muy útil si todos podemos aplicarla: “Si parlamentarios se atendieran en salud pública, usaran transporte público, tuvieran a sus hijos en educación pública, otro gallo cantaría…”. A ello agrego, si el gerente de un banco o de un retail o supermercado dejara su oficina unas horas a la semana y se transformara en un simple cliente; si el político o gobernante se transformara por un rato en ciudadano común y corriente; si cada uno de nosotros nos pusiéramos un rato en los zapatos del otro, otro gallo cantaría.

 

Jorge Miguel Otero, socio consultora b2o.

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO