La incorporación de las FARC al mundo político y la reinserción de sus combatientes en la sociedad también serán duras pruebas para un país que anhela tanto la justicia como la paz.
Publicado el 25.06.2016
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La firma del cese el fuego bilateral y definitivo entre el gobierno de Colombia y las FARC, este jueves, en La Habana, marca el punto más importante del proceso de paz que se inició en noviembre de 2012 entre ambas partes. El mismo que durante estos años estuvo plagado de tropiezos, interrupciones, desconfianzas y amenazas de quiebre.

Sin embargo, la ratificación de este documento hoy deja a Colombia en la antesala del fin del conflicto más antiguo de América Latina. Porque durante poco más de 50 años este país ha vivido una verdadera pesadilla construida a partir de secuestros, asesinatos, atentados y combates abiertos entre el Ejército y la guerrilla.

Las cifras hablan por sí solas: cerca de 260.000 muertos, 45.000 desaparecidos y casi siete millones de desplazados en medio siglo. Pero ahora, la paz parece estar al alcance de la mano.

Lo que queda por delante no es poco ni será fácil. Los casi 7.000 combatientes de las FARC deberán concentrarse en las zonas especialmente establecidas para la entrega de sus armas a un equipo de verificación de la ONU. Un proceso que tendrá varias etapas, pero que debería concluir en un plazo máximo de 180 días.

Asimismo, aún queda la realización de un plebiscito para refrendar lo acordado, que con toda seguridad se llevará a cabo en septiembre, lo que frustraría los planes iniciales del Presidente Juan Manuel Santos, quien aspiraba a la firma de la paz definitiva con la guerrilla el próximo 20 de julio, día de la Independencia de Colombia.

En este contexto, el paulatino debilitamiento de las FARC fue —ciertamente— una variable que empujó a esta guerrilla a la mesa de negociaciones. El ex Presidente César Gaviria, en la década de 1990, se caracterizó por poner una mayor presión sobre las FARC. Sin embargo, fue el ex Mandatario Álvaro Uribe, a comienzos de la década pasada, quien lanzó la ofensiva militar definitiva.

La muerte de Luis Édgar Devia (alias “Raúl Reyes”) en un polémico ataque en territorio de Ecuador, así como la espectacular liberación de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt —secuestrada durante seis años por las FARC— junto a 14 rehenes más, fueron duros golpes que se sumaron al fallecimiento de Manuel Marulanda (“Tirofijo”), líder histórico de la guerrilla.

Posteriormente, ya en la presidencia de Santos, las operaciones que acabaron con Jorge Briceño (el temido “Mono Jojoy”) y Guillermo León Sáenz (“Alfonso Cano”) pavimentaron el camino hacia La Habana.

Además, en un mundo post 11-S, el terrorismo y la existencia de guerrillas como las FARC cobraron una dimensión completamente distinta a nivel mundial. A lo que se sumó el agotamiento transversal de la sociedad colombiana frente a la lógica del odio y la violencia.

La firma de una paz definitiva marcará el punto final de este largo conflicto armado. Pero el proceso de reconstrucción nacional inevitablemente tomará más tiempo. Aspectos como el reconocimiento de la responsabilidad en hechos de violencia, así como la aplicación de la ley y sus respectivas penas —aspectos ya abordados en las negociaciones— generarán polémica en más de algún caso.

La incorporación de las FARC al mundo político y la reinserción de sus combatientes en la sociedad también serán duras pruebas para un país que anhela tanto la justicia como la paz. Un proceso en el que el resto de la comunidad internacional, fundamentalmente sudamericana (donde Chile y Venezuela han jugado el rol de países acompañantes), debiera mantenerse activa en su apoyo y seguimiento.

Es cierto que queda pendiente el proceso de negociación con el ELN. Sin embargo, eso en nada eclipsa los logros obtenidos hasta la fecha con las FARC. De hecho, son un referente.

A Platón se atribuye la frase “solo los muertos han visto el fin de la guerra”. Sin embargo, en este caso, es todo un país y un continente completo los que hoy contemplan con esperanza el inminente fin de este conflicto. Y la promesa de la futura paz.

 

Alberto Rojas M., Director del Observatorio de Asuntos Internacionales, Facultad de Comunicaciones y Humanidades, Universidad Finis Terrae.

 

 

 

FOTO: DISEÑO: SANDRO BAEZA/AGENCIAUNO.