La Presidenta se ampara en el discurso de las convicciones y, muy frecuentemente, en el hipotético juicio que hará la historia de estos cuatro años, para pasar por encima de la realidad sobre la que viven hoy los chilenos, las señales de retroceso e incluso el sentido común.
Publicado el 07.10.2016
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Hay una delgada línea entre la defensa de las convicciones y la retórica, y entre el liderazgo y la obstinación.

El NO en el plebiscito en Colombia es la demostración de que el propósito final de una decisión política, en este caso el cese al fuego definitivo de las FARC, por el que se ha jugado el Presidente Santos, no siempre es suficiente para convencer la voluntad soberana de los electores. Tampoco fue suficiente la persistencia arrolladora con que se siguió adelante con el acuerdo en La Habana, pese a las señales que ya mostraban una resistencia en un pueblo que ha sufrido por medio siglo, no cualquier guerrilla, sino la de un ejército insurgente y despiadado, que ha cobrado la vida de 250 mil víctimas.

Y tampoco fue suficiente para que una mayoría dijera SI, desplegar una campaña que sancionaba tan brutalmente la opción del NO, que las encuestas terminaron recogiéndola como minoritaria. Y, en la soledad de la cámara secreta, los electores se expresaron con libertad.

El dilema al que se enfrentaban los colombianos, que la obstinación de Santos le impidió percibir oportunamente, no era entre la guerra la paz, sino entre la justicia y la impunidad.

En España, el secretario general del POSE, Pedro Sánchez, después de dos elecciones parlamentarias en menos de un año, insistía en decir NO a la investidura de Rajoy, con la pretensión de forzar una tercera elección, probablemente en la búsqueda de un resultado que fuera de su agrado. La porfía de Sánchez le impidió levantarse como el líder de la oposición, porque en una España que lleva casi un año sin concretar la instalación de un gobierno, todo el debate gira en torno a eso y no a aquello en donde el PSOE puede marcar contrastes con su principal adversario y recuperar adhesión.

La ceguera de su máximo líder, disfrazada de convicciones –en virtud de las cuales no podía permitir que la derecha gobernara por un segundo período- terminó pasándole el domingo 25 de septiembre una cuenta muy dura al PSOE, derrumbado en las elecciones autonómicas; y al propio Sánchez, destituido como secretario general y pasando a la historia como el líder que llevó a la bancarrota electoral a su partido.

Pedro Sánchez, cegado por la porfía, nunca entendió que los españoles le exigían responsabilidad, apego a la tradición democrática, que permite la investidura de quien tenga la mayoría; y no una incansable retórica partidista, por legítima que fuera su inspiración.

En Chile, la obstinación de la Presidenta Bachelet no se limita a la insistencia en un plan de malas e irresponsables reformas, sino que además desacredita los resultados que está cosechando el país desde 2014, cuestiona la intención de los medios de comunicación y la capacidad de comprensión de los chilenos. Y, por si fuera poco, junto a su tercer ministro del Interior, se ríe de las encuestas.

La Presidenta también se ampara en el discurso de las convicciones y, muy frecuentemente, en el hipotético juicio que hará la historia de estos cuatro años, para pasar por encima de la realidad sobre la que viven hoy los chilenos, las señales de retroceso e incluso el sentido común.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile. 

 

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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