El norte de Vaclav Havel era una “política existencial” donde la estructura institucional se ordena no para controlar a los ciudadanos, sino para permitir a las personas desplegar todo su potencial creativo y que existan las condiciones para que puedan florecer. En ese sentido, reivindica la idea fundamental de que la soberanía radica esencialmente en las personas y no en partidos o grupos.
Publicado el 20.05.2017
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La lucha de Vaclav Havel, el dramaturgo que terminó siendo Presidente de Checoslovaquia primero, y de República Checa después, no era solo contra el comunismo totalitario que oprimía a su pueblo. Su oposición radicaba en los fundamentos mismos de la libertad, aquella lucha existencial ligada, en sus propias palabras, con “esa necesidad nuestra, irreprimible, de trascender los horizontes situacionales, de cuestionar, conocer, explorar, entender, buscar la esencia de las cosas, ¿qué otra cosa es esa necesidad, sino otra de las formas de aquel anhelo interminable por recobrar la integridad perdida del ser, aquel anhelo del yo de regresar al ser?”

El norte de Havel es una “política existencial” donde la estructura institucional se ordena no para controlar a los ciudadanos, sino para permitir a las personas desplegar todo su potencial creativo y que existan las condiciones para que puedan florecer. En ese sentido, reivindica la idea fundamental de que la soberanía radica esencialmente en las personas y no en partidos o grupos.

Havel entiende que esa búsqueda, ligada íntimamente al hecho de ser humano, sólo es posible en una democracia con amplias libertades que permita la diversidad y el pluralismo. Eso también lo coloca en contraposición a los grandes relatos y las explicaciones grandilocuentes de cualquier totalitarismo, a verse obligado, como él mismo dijo, “una y otra vez, obstinadamente, a definir, desarrollar y reforzar mi posición, a defender y testimoniar mi verdad, a mantenerme en mis cabales. Parece que cuanto más uno duda de sí mismo, tanta más energía ha de invertir en superar esas dudas y así defenderme ante mis propios tribunales”. Havel vindica la libertad de conciencia frente a las pretensiones normalizadoras del poder disciplinante de la ideología.

La dimensión ciudadana de Havel no radica solamente en su oposición al totalitarismo ideológico, sino también en su comprensión de la ciudad como el ambiente donde se desenvuelve el ciudadano de manera abierta frente a los otros. La crisis de la ciudad es una crisis de los ciudadanos, ya que entorpece su despliegue creativo. Desde esa idea de la urbe como espacio plural Havel vaticina que “las comunas y las ciudades volverán a recuperar su rostro, su civilidad, su buen gusto, su limpieza y su hermosura”.

Siendo Havel un eximio dramaturgo que contribuyó a la caída del comunismo desde el teatro, no es de extrañar su interés en que el escenario donde se desarrolla la vida en sociedad sea el preciso: sólo así es posible que el ser humano se desarrolle plenamente. Un ejemplo de esto es su obra El Memorándum, que a su vez inspiró Burócratas, estrenada la semana pasada en Valparaíso y próxima a estrenarse en Santiago. En ella, Havel nos muestra claramente cómo las pretensiones del Estado por abarcar toda la vida de las personas -en este caso, a través de un nuevo lenguaje administrativo que recuerda el lenguaje de lo público de Fernando Atria y compañía- siempre termina fracasando frente a la creatividad espontánea de los ciudadanos.

Quizás por eso, en febrero de 2003, al dejar los salones del Palacio Hlubos y el cargo presidencial que había aceptado para no decepcionar a sus seguidores, Havel volvió sin problemas a las calles de la ciudad como un ciudadano más de una Praga más democrática y, por qué no decirlo, más auténtica. Una lección para los demócratas del presente y el futuro.

 

Rodrigo Pérez de Arce, área de Cultura de la Fundación para el Progreso