La historia de los que sí enfrentaron los problemas de su tiempo, entonces, es una interpelación, una interpelación válida para la política chata que a diario vemos y, lo que es peor, sufrimos.
Publicado el 18.09.2016
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Falta de coraje, de coherencia y de honestidad, eso es lo que la clase política chilena no tiene; y que salta a la vista -por la vía del contraste- después de leer una biografía de Churchill.

En efecto, entre los años 1929 y 1939, el Primer Ministro británico sufrió un verdadero exilio político impuesto por su propio partido, el Conservador. En ese tiempo, se dedicó a combatir lo que él mismo llamaba su “perro negro” (eufemismo con que se refería a la depresión). Pero también desarrolló su afición por la pintura y la literatura; y, sobre todo, se dedicó al estudio y a combatir el rearmamentismo alemán. Y si en este país los políticos constituyen una clase (curioso eso de hablar de la ‘clase política’), es evidente que Churchill era de otra categoría.

El político inglés tampoco gozaba de popularidad ante la opinión pública británica. Los sufrimientos de la Primera Guerra eran todavía presentes, y la idea de hacer la guerra era unánimemente rechazada. Para decirlo de una forma que se entienda conforme a las claves que determinan el quehacer político nacional, las encuestas no lo favorecían.

Por su parte, Hitler ya había engullido a Austria, y ahora su presa era Checoslovaquia y los Sudetes. El Primer Ministro de ese entonces, Neville Chamberlain, alarmado, viaja a entrevistarse con Hitler en Munich y retorna a Inglaterra en medio de aplausos, y declarando que se había logrado la paz para toda una era.

Churchill, sin embargo, contraataca: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”. Meses después, los hechos (los porfiados hechos) le dieron la razón: Hitler invadía Polonia y comenzaba la guerra. Churchill fue nombrado entonces ministro de Defensa y luego Primer Ministro, pese a que su promesa electoral era ¡literalmente! “sangre, sudor y lágrimas”: la antítesis misma de lo que hoy se entiende como una campaña.

¿Qué tiene que ver esto con Chile? Basta para entenderlo con hacer un comparativo, y ver cómo reacciona la autoridad ante situaciones infinitamente más simples que las de una guerra mundial.

Solo para tener una referencia: una cuasi guerrilla en La Araucanía; la escandalosa evasión en el trasporte público; la gratuidad en la educación superior a pesar de la prioridad objetiva que tiene la educación preescolar y primaria; la eventual reforma constitucional que en sus inicios desconoce el poder constituyente; el escándalo en el financiamiento de la política; la penosa situación de los menores en el SENAME. En fin, suma y sigue…

¿Qué acto de consecuencia política y de coraje se puede destacar? ¿Qué político ha mantenido un relato más o menos coherente frente a los hechos (insisto, frente a los porfiados hechos)? ¿Existe uno siquiera que haya soportado el perjuicio propio en pos de un objetivo superior?

Quedan a juicio del lector estas preguntas, pero aventuro que muy pocos o ninguno. La historia de los que sí enfrentaron los problemas de su tiempo, entonces, es una interpelación, una interpelación válida para la política chata que a diario vemos y, lo que es peor, sufrimos. 

 

Iván Marinovic P., abogado.

 

 

FOTO: FLICKR/MATT BROWN.