Mientras Hitler llamaba a los arios y Stalin convocaba a los proletarios, Winston Churchill hizo un llamado amplio, a todo el mundo que creyera en la libertad y estuviera dispuesto a defender la civilización, en una especie de sacrosanta lucha contra los totalitarismos.
Publicado el 03.02.2016
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En una de esas interesantes conversaciones con amigos, que solo tienen lugar en el verano santiaguino, uno comentó que somos como enanos sobre los hombres de gigantes. Esa notable frase corresponde a uno de los más prestigiosos escolásticos del siglo XII, Bernardo de Chartres, quien sería maestro de Juan de Salisbury, aunque algunos se la atribuyen a otras figuras intelectuales. Juan comentaba que al estar sobre los hombros de gigantes podíamos ver más cosas, no tanto por el mérito de nuestra propia vista o de nuestra elevada estatura, sino porque estamos precisamente alzados sobre ellos.

A lo largo de la historia existen -en los más diversos campos- gigantes sobre cuyos hombros la humanidad puede situarse y comprender mejor la realidad que nos rodea. En el campo de la política, y por su influencia decisiva en el desarrollo del siglo XX, sin duda uno de esos gigantes fue Winston Churchill (1874- 1965).

Más allá de sus notables anécdotas y frases para el bronce con que solía lucirse ante sus partidarios y exasperar a sus adversarios, el liderazgo del Primer Ministro británico continúa inspirando el accionar público de miles de personas y sus aproximaciones siguen siendo valiosas a poco más de 50 años de su fallecimiento.

Primero, porque fue un gran defensor de la libertad. Winston fue un apasionado promotor de este valor, que consideraba fundamento de cualquier orden social justo, para que permitiera a las personas salir adelante por su propio esfuerzo y que se sustentara en la dignidad de los seres humanos. Por eso, frente a las amenazas del modelo nazi y comunista, reafirmó el valor permanente de la democracia parlamentaria que existía en los países de habla inglesa y en parte importante de la Europa occidental.

Fue uno de los más destacados exponentes de la visión histórica que sostenía la creencia que el pueblo británico tenía una grandeza única y una misión universal, lo que explica su determinada alianza con Estados Unidos en vez del resto de las potencias continentales.

Al mismo tiempo, enfrentó al socialismo desde los inicios mismos de su actividad pública. En 1908 pronuncia en Kinnair Hall un notable discurso, contrastando las ideas de la libertad con las intenciones del socialismo, que por su actualidad me permito transcribirla entera: “El socialismo quiere acabar con la riqueza; el liberalismo quiere sacar de la pobreza. El socialismo está dispuesto a destruir intereses privados; el liberalismo los conservaría de la única manera en que pueden ser conservados: reconciliándolos con los derechos públicos. El socialismo busca matar el espíritu empresarial. El liberalismo busca rescatarlo de los grilletes del privilegio y el favoritismo. El socialismo pone coto a la preminencia máxima del individuo; el liberalismo aspira a elevar el nivel mínimo de las masas. El socialismo ataca al capital; el liberalismo ataca al monopolio”. Churchill dixit.

En segundo lugar, por su consistente oposición a los totalitarismos. Churchill fue de los primeros en denunciar el auge de la ideología nazi en la Alemania de postguerra, advirtiendo sistemáticamente al gobierno inglés y a la opinión pública sobre el rearme germano y las consecuencias de esta nueva y peligrosa ideología, lo que le valió una condena transversal en medio del pacifismo que dominó la política británica luego del término de la Primera Guerra Mundial. El aislamiento político que experimentó Churchill por su advertencia sobre Hitler está muy bien relatado en la película de HBO “Tormenta en ciernes”, así como en las biografías escritas por Geoffrey Best o François Kersaudy.

Su total aversión a los totalitarismos lo llevó a condenar por igual tanto al nazismo como al comunismo, los dos grandes enemigos de la libertad en el siglo XX. Al régimen de Hitler lo condenó enfáticamente desde su ascenso, en el que veía una nueva edad oscura que significaba no solo el reemplazo del parlamentarismo o la democracia, sino un riesgo mortal para la sobrevivencia de la civilización cristiana, en un totalitarismo que podía durar muchos años. Hacia finales de la guerra hace advertencias del peligro comunista y emprende una solitaria lucha por liberar a Polonia de las garras soviéticas. Fue uno de los primeros en denunciar en el marco de una conferencia en 1946 en Estados Unidos que “desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro”, en un concepto que ha perdurado hasta hoy.

Por último, Winston Churchill es un ejemplo por su estilo de hacer política, por la actitud con que enfrentaba los problemas. Su firme determinación de no claudicar frente al enemigo, de plantar cara frente al peligro alemán aun a costa de una guerra larga y costosa y de importantes sacrificios para su país. No por nada en su libro Decisiones trascendentales (Península, 2008) Ian Kershaw califica que la decisión de Londres de seguir peleando y el ascenso a primer ministro de Winston Churchill fue una cuestión que marcó el curso definitivo de la guerra y debe haber sido uno de los peores días para Hitler.

En una sesión en el Parlamento, analizando la posible retirada de las tropas inglesas desde Dunkerque, les advertía que “el Parlamento debe prepararse para recibir duras y terribles noticias. Solo puedo añadir que nada de cuanto pueda ocurrir en esta batalla nos exonera de seguir defendiendo la causa a la que nos hemos comprometido, la de defender el mundo”. El problema ya no era Inglaterra, ni siquiera los países de habla inglesa, sino que el mundo y su civilización.

El liderazgo y oratoria de Churchill inspiraron a una nación. Miles de ingleses reunidos en torno a una radio escuchaban sus discursos, sus informes de guerra. No hubo en ellos falsas promesas o alivios transitorios, sino una visión realista de la situación, pero no por ello menos inspiradora. Su famoso discurso “Sangre, sudor y lágrimas” es muestra de ello, y autores como John Lukacs sostienen que el líder británico tuvo un discurso que “ganó la guerra”.

Mientras Hitler llamaba a los arios y Stalin convocaba a los proletarios, Winston Churchill hizo un llamado amplio, a todo el mundo que creyera en la libertad y estuviera dispuesto a defender la civilización, en una especie de sacrosanta lucha contra los totalitarismos. Su gobierno de unidad nacional durante la Segunda Guerra Mundial, su determinado interés en una alianza con Estados Unidos y con otros países libres, así lo grafican. Un político de los grandes, para conocer y recordar.

 

Julio Isamit, Coordinador Republicanos.

 

 

FOTO: FLICKR / BOSTON PUBLIC LIBRARY.

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