Frente a la estrategia atrevida, provocadora y efectista de Bolivia, Chile ha confiado en la fuerza legal e histórica de sus argumentos –correctos frente a los jueces, pero lejanos y confusos para la opinión pública-, utilizando canales tradicionales y reactivos.
Publicado el 01.08.2016
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En julio del 2014, Bolivia lanzó el “Libro del Mar”, documento que explica su histórica demanda, y que fue entregado a líderes mundiales y presidentes. Exactamente dos años después -en su primera acción comunicacional de gran escala-, la Cancillería chilena publicó su propio texto: “Vocación de Paz”. Este lujoso libro de 250 páginas en español e inglés, relata la historia de su política exterior y la relación con sus vecinos. La publicación ya la recibieron los presidentes latinoamericanos que participaron en la Cumbre de la Alianza del Pacífico en Puerto Varas.

Si bien se ha negado que este sea un “antilibro del mar” -el texto no se centra en la demanda boliviana, pero sí la toca-, lo poco innovador y creativo de la iniciativa no deja espacios para pensar otra cosa. El Canciller Heraldo Muñoz lo justificó afirmando que “será un instrumento importante de la diplomacia pública de nuestro país. La política exterior tiene que renovarse, adaptarse a los nuevos escenarios, y la nuestra lo ha hecho”. Pero lo que se está haciendo es justamente lo contrario: la Diplomacia Pública implica entender que para lograr influencia, un país ya no puede relacionarse únicamente con las élites, sino que tiene que dialogar con la opinión pública mundial. “Vocación de Paz”, en cambio, es una herramienta propia de la diplomacia tradicional, pensado para las elites informadas y racionales.

Bolivia, por el contrario, siempre actúa pensado en el impacto en “la calle”. La última prueba de esto fue la visita de su ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, a puertos chilenos.

El 15 de julio pasado, Chile lanzó un video en el que explicaba la contramemoria ante la demanda boliviana, asegurando que ese país cuenta “con el más amplio y libre tránsito comercial por los puertos chilenos”. Tres días después, y para desmentir en terreno ese argumento, Choquehuanca realizó una bien planeada y mediática visita a los puertos de Arica y Antofagasta, acompañado por 30 periodistas. Y la Cancillería chilena cayó en la provocación: en vez de dejar que la delegación altiplánica entrara sin problemas al puerto de Arica, y que su “inspección” tuviera un impacto acotado, se le prohibió el acceso. Choquehuanca, rodeado de cámaras de TV, tuvo que esperar más de seis horas, lo que le dio polémica y conflicto a la visita, transformándola en noticia.

Pese a que las autoridades chilenas minimizaron el impacto internacional de la controversia, la cobertura fue mayor que la tradicional. La noticia apareció en diarios de España, Ecuador, Colombia, Estados Unidos, Perú y Argentina.

Aunque todavía faltan años para el fallo del Tribunal de La Haya, Bolivia ya ganó una trascendental batalla: la comunicacional. Frente a la estrategia atrevida, provocadora y efectista del país altiplánico, Chile ha confiado en la fuerza legal e histórica de sus argumentos –correctos frente a los jueces, pero lejanos y confusos para la opinión pública-, utilizando canales tradicionales y reactivos.

La demanda en La Haya es un tema complejo, que no interesa ni al público ni a los medios internacionales, y es poco lo que se puede hacer para transformarla en noticia positiva. Chile debe pensar en el escenario post La Haya, y desarrollar una estrategia de largo plazo, moderna, audaz y novedosa, que utilice sus numerosos activos comunicacionales.

Actualmente, toda nación interesada en ser escuchada destina recursos y pone como prioridad las relaciones con la prensa y los públicos globales. Hoy, Chile le paga a tres agencias de comunicaciones extranjeras para generar noticias positivas. Nuevamente se está siendo reactivo. Esos recursos deberían ser empleados en tener agregados de prensa profesionales, con experiencia y destinados en mercados estratégicos. Estos encargados de promocionar la imagen país deben ser escogidos a través de la Alta Dirección Pública y no según las demandas de los partidos o de las cercanías familiares o de amistad del Presidente de turno.

 

Juan Cristóbal Villalobos, Periodista.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.