La realpolitik, por dura y cruel que resulte, una vez más primará por sobre los ideales, y será la “diplomacia cómplice” la que termine triunfando.
Publicado el 07.10.2014
Comparte:

En Chile, la política exterior -salvo en contadas ocasiones de tensión con los vecinos del norte- no es un tema que marque la pauta periodística. Quizás por ello, casi no hay debate acerca de si Chile debiera apoyar o no el nombramiento de Venezuela como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Más allá de esta realidad, que choca con la internacionalización del país, el tema tiene que ser abordado en la opinión pública.

¿Debe Chile apoyar tal nominación? ¿Debiera respaldar con su voto a un gobierno que viola sistemáticamente los derechos humanos y que de paso es aliado de las dictaduras cubana y norcoreana? ¿Debiéramos hacernos parte de esa especie de “diplomacia cómplice” que ha denunciado el Premio Nobel de la Paz, Óscar Arias? Este afirmó en el diario La Nación de Costa Rica en junio pasado que “en Venezuela se están cometiendo violaciones a los derechos humanos y no importa si (el Presidente, Nicolás) Maduro se cree líder electo libremente, y no importa si las encuestas reafirman su popularidad, y no importa si algunas de sus políticas sociales supuestamente buscan aliviar la pobreza, y no importa si carecemos de mecanismos efectivos para que la comunidad internacional intervenga: a fin de cuentas, quien suprime a la oposición es un enemigo de la democracia”. Es más, el ex mandatario costarricense agregó que Maduro persigue “a sus opositores con una maquinaria institucional cómplice y corrupta”. Una forma de proceder que constituye un verdadero “atropello a todo lo que inspira la Carta de las Naciones Unidas, la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos y, en general, el ordenamiento internacional de los derechos humanos”.

¿Es que acaso somos tan ingenuos como para no darnos cuenta de que detrás de este nombramiento, lo que hay es un intento de consolidar y proyectar al chavismo? Debe recordarse que en agosto pasado, María Gabriela Chávez, hija de Hugo, fue nombrada como representante alterna de Venezuela en la ONU. Fue ella quien ejerció el cargo de Primera Dama entre 2004 y 2012 y acompañó a Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, en la investidura con la banda presidencial a Nicolás Maduro. Criticada por su falta de experiencia, hoy no sólo tiene inmunidad diplomática, sino que esta oportunidad internacional le aportará en su camino para ser ella la continuadora del régimen fundado por su padre, siguiendo la larga tradición del nepotismo latinoamericano.

Los antecedentes son claros y la respuesta debiera ser categórica: Chile no debe apoyar esta nominación, por mucho aprecio que sintamos por el pueblo venezolano. Sin embargo, tengo la impresión de que Chile lo apoyará igual, pues será una vez más la realpolitik la que predomine.

¿Estará el gobierno chileno dispuesto a quedarse solo en el continente tras votar un supuesto rechazo? Evidentemente no. Ha costado mucho “reinsertarse en América Latina”, vivimos con el mito de que nos somos muy queridos en la región, por tanto nos gusta hacer gestos y sumarnos a la ola, especialmente cuando es una causa de la izquierda. Un terreno que por lo demás le queda cómodo al gobierno de Michelle Bachelet, especialmente de cara a su estrategia por priorizar su relación con Argentina y Brasil más que la Alianza del Arco Pacífico. Ciertamente, no podría rechazar el nombramiento de uno de los promotores de la Unasur ni mucho menos enfrentar al Foro de Sao Paulo, cuando además pretende que Chile sea una bisagra entre ambos bloques.

México, un actor siempre presente, quizás tampoco lo haga, y ni siquiera con  Colombia existe certeza de que el Presidente Juan Manuel Santos se pronuncie en contrario. ¿Qué ganamos entonces con el rechazo? Sí, la tranquilidad de la conciencia. La defensa de la democracia y aportar a que un pueblo deje de sufrir los atropellos de la dictadura. Eso bastaría, pero lamentablemente no siempre los deseos priman en la política exterior. Al contrario, un rechazo de Chile corre el riesgo de levantar un tema sensible como es el apoyo de Venezuela a Bolivia en su reclamo marítimo. Todos nos acordamos de que Chávez manifestó su deseo de bañarse en una playa boliviana tras pelearse con Ricardo Lagos. En tanto que el gobierno de Sebastián Piñera sólo en la etapa final de su mandato se enfrentó al régimen venezolano; por tanto no pareciera ser que haya voluntad de jugar una carta que resultaría contraria a la propia política exterior chilena.

La realpolitik, por dura y cruel que resulte, una vez más primará por sobre los ideales, y será la “diplomacia cómplice” la que termine triunfando. Me encantaría estar equivocado, y ojalá tenga que escribir una columna reconociendo el error; nada me gustaría más que hacerlo.

 

Angel Soto, Académico Universidad de los Andes.

 

 

FOTO:DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO