Todos debemos hacer un esfuerzo mayor para erradicar de nuestro país el racismo y la intolerancia, que son un caldo de cultivo para la violencia. Entre nosotros no debiera haber lugar para el antisemitismo ni para la islamofobia.
Publicado el 15.01.2015
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Me imagino el impacto especial que habrán producido en la comunidad judía chilena los atentados terroristas de París. Porque además del ataque cobarde contra la revista Charlie Hebdo, hubo un asalto con toma de rehenes a un supermercado kósher, donde el asaltante asesinó a sangre fría a 4 personas por el solo hecho de ser judíos: 2 de 20 años, uno de 40 y otro de 60, uno de los jóvenes era de Túnez, hijo de un rabino. Cabe destacar el acto solidario y heroico del empleado árabe de la tienda que escondió en la bodega frigorífera a otros clientes judíos salvándoles la vida.

Hace tiempo que el antisemitismo crece en Francia. Incluso diarios como Libération se preguntan si la república francesa puede ser la misma si la comunidad judía, compuesta por 600 mil personas, vive bajo temor, y no pocos piensan en emigrar a Israel. “Francia sin judíos ya no sería Francia” ha afirmado el Primer Ministro Manuel Valls. Lo mismo sostiene el New York Times. Para mostrar la solidaridad del Estado, el Presidente Francois Hollande asistió a la ceremonia fúnebre de las víctimas en la gran sinagoga de París.

Todos sabemos a los horrores que puede llegar el racismo y, en particular, la discriminación de los judíos. El Holocausto ocurrido en el corazón de Europa es un llamado constante de atención a la conciencia de la humanidad. Cuando junto a una delegación parlamentaria visité Auschwitz y Birkenau, construido posteriormente como campo de exterminio, comprendí la profundidad insondable del mal.

El racismo lleva a considerar a otros seres humanos como inferiores, despojados de su dignidad y sus derechos. Por siglos se practicó la esclavitud y se la justificó, luego vino el colonialismo y el tráfico de esclavos sosteniendo que esos pueblos no estaban en condiciones de gobernarse a sí mismos, en una palabra, de ser libres. Entre nosotros, parte importante del llamado “conflicto mapuche” hunde sus raíces en el despojo violento de las tierras indígenas y en el maltrato al que con frecuencia son sometidos los miembros de esas comunidades.

Con toda legitimidad se puede criticar algún aspecto del Estado de Israel y las políticas de sus gobernantes, pero lo que es totalmente inaceptable es usar la violencia contra los judíos que viven en distintos países como si fueran responsables de los problemas del Medio Oriente. También hay que rechazar los llamados a eliminar la existencia de Israel, desconociendo la resolución de Naciones Unidas que le dio origen, se podrían cancelar décadas de una historia de esfuerzo y progreso. Ciertamente, sería lógico que Israel mismo se mantuviera dentro de los términos de las diversas resoluciones de Naciones Unidas como un derrotero para alcanzar la paz con los palestinos, que tienen derecho a formar un Estado que los represente en sus derechos soberanos.

Todos sabemos que el camino de la paz es arduo y difícil, que hay avances y retrocesos. Lo importante es mantener el timón del barco pese a los tiempos borrascosos y cargados de amenazas. Sólo un espíritu de paz trae la paz. Recuerdo un brillante discurso de Shimon Peres en la Cámara de Diputados hace ya unos años, donde argumentaba que la seguridad de los Estados no nace sólo de las armas, sino también de su legitimidad y capacidad de actuar en la vida internacional.

El antisemitismo no es un fenómeno puramente europeo. Actualmente el terrorismo internacional -propio de la globalización- golpea en cualquier parte. ¿O nos hemos olvidado de lo sucedido en Buenos Aires con los ataques con bomba al AMIA en 1994 y a la Embajada de Israel de 1992, con su secuela de muertos y dolor? Pese a la ley contra la discriminación, también entre nosotros se han sucedido una serie de manifestaciones antisemitas que han inquietado con razón a la comunidad judía, especialmente durante el último conflicto de Gaza con Hamas. Tal vez quienes no pertenecemos a ella  no tuvimos la sensibilidad para percibir el grado de alarma y angustia que cundió entre sus miembros en ese período, sintiéndose desamparados ante ataques -especialmente por internet- que tomaban pie de los masivos ataques de Israel en Gaza.

Ahora la situación vuelve a ponerse delicada. Lo ocurrido en París es una señal de alerta. Los cuerpos de las cuatro víctimas serán enterrados en Israel en el cementerio del Monte del Descanso junto a las tumbas de tres niños y su profesor, también franceses judíos, asesinados por un yihadista el 2012 en un ataque a la escuela judía de Toulouse. La sociedad chilena debiera comprender mejor los temores de las minorías y asegurarles a todos condiciones de mayor seguridad. A los judíos y también a los musulmanes.

La presencia de judíos en Chile se remonta a la época de la colonia y se incrementó con el desmembramiento del Imperio Otomano, los conflictos en los Balcanes, la persecución de los zares en Rusia y el nazismo. Es la tercera comunidad en tamaño en América Latina, luego de Argentina y Brasil, y son incontables sus aportes al progreso del país.

Mientras la comunidad árabe y palestina en Chile es muy numerosa y perfectamente integrada a la vida nacional, en su inmensa mayoría son cristianos; su contribución a la sociedad chilena es amplia y profunda. Aquellos que profesan el Islam, según el censo del 2012, serían poco menos de 4.000 y dan vida a varias mezquitas y centros culturales principalmente en Santiago e Iquique con la presencia paquistaní. También es preciso tomar nota que ese grupo se siente hoy amenazado por la ola de islamofobia que invade a Occidente por los atentados extremistas que invocan una visión distorsionada y fanática de la religión de Mahoma.

Todos debemos hacer un esfuerzo mayor para erradicar de nuestro país el racismo y la intolerancia, que son un caldo de cultivo para la violencia. Entre nosotros no debiera haber lugar para el antisemitismo ni para la islamofobia. Debiéramos también dar pasos decisivos hacia un nuevo trato con los pueblos originarios y definir una política más activa ante la creciente inmigración proveniente de otros países de América Latina.

Chile tiene que seguir siendo un lugar de acogida y encuentro en que todos, chilenos y emigrantes, podamos vivir en paz y donde nadie sienta sus derechos amenazados.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO: JONAZ GOMEZ/SANTIAGO