Debemos estar seguros de que somos muchos más que esa clase política y empresarial que traía hábitos de relación injustos y que no se adaptan a los tiempos que hoy vivimos.
Publicado el 14.04.2015
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Basta ya de la excusa de que Chile cambió, las sociedades cambian constantemente, ya que las personas nos transformamos por diferentes razones: ya sea porque es parte de nuestro proceso evolutivo como seres humanos o porque la tecnología nos ha ido influyendo, y aún más en las últimas décadas, cuando hemos pasado de un mundo que se pensaba y administraba por país y a lo sumo por regiones o continentes, a uno totalmente globalizado que cambió el paradigma de relaciones, de justicia, de derechos humanos. Hoy cada día más somos parte del planeta cada uno, y no de un territorio específico; somos un país más educado, con mejor nivel de acceso económico, lo que lleva a tener una ciudadanía más consciente de lo que significa ser un sujeto con derechos y deberes.

No cabe duda que debemos alegrarnos de que la sociedad chilena por fin haya empezado a salir de la Edad Media, transformándose lentamente en una sociedad que cuestiona y exige a su gobierno, a su iglesia, a sus políticos y a las instituciones tanto públicas como empresariales, entre otros.

Sin embargo, dentro de este cambio que está ocurriendo existe una gran deficiencia que es la falta de articulación de la ciudadanía y de su sociedad civil. Lo sorprendente de esta situación es que Chile ha sido conducido por una mayoría de gobiernos que en sus pilares eje consideran la participación ciudadana y el fortalecimiento de la sociedad civil como elementos clave de la construcción democrática de nuestro país. Sin embargo, muy poco han ejecutado estos gobiernos para que sea así.

Por lo tanto, son organizaciones sobrevivientes las que abogan por los derechos de los chilenos, pero con una débil capacidad de influencia y con escasos recursos económicos. Es decir, la sociedad civil que influye en la agenda pública hoy está vinculada fuertemente con los partidos políticos y el empresariado de nuestro país. Conclusión: muy poco independiente y con nada de autonomía. Dentro de este escenario, escasa posibilidad tenemos de avanzar hacia el soñado desarrollo con el cual tanto nos gusta compararnos, que es el que se expresa en la mayoría de los países miembros de la OECD.

Y Chile tiembla hoy y siempre. En febrero del 2010 se movió la tierra en casi todo nuestro territorio y nos dejó a una gran mayoría desestabilizados en el amplio sentido de la palabra. Nos sentimos frágiles e inseguros y tuvimos que reaccionar frente a esa naturaleza que sabemos que tenemos y que de algún modo negamos, ya que frente a la catástrofe ocurrida, y que continúa ahora en el norte de Chile, evidenciamos nuevamente que todo nuestro sistema de seguridad y emergencias es débil e insuficiente. ¿Por qué no avanzamos?

Y nuevamente sufrimos un gran temblor en estos los últimos meses del 2014-15, y se auguran réplicas muy fuertes en los próximos que vienen. Pero, ¿qué ocurre con esta sacudida?, la cual por cierto es un temblor para la gran mayoría de nuestra sociedad, y no cabe duda que para un determinado grupo muestre características de cataclismo.

Mi respuesta es que este temblor de nuestra sociedad es peor que los de la naturaleza, porque está horadando la confianza en el otro, en la institucionalidad de muchas organizaciones, y vemos asomarse ese comportamiento que no nos gusta a la gran mayoría de los chilenos: la corrupción, la falta de transparencia y una débil regulación y sanción con respecto a esto.

Pero lo peor de toda esta sacudida social es el tráfico de influencias entre el mundo privado y político. No cabe duda que SQM es la muestra perfecta de un caso de estudio, donde las malas prácticas de negocio (Cascadas y otros), corrupción y sobre todo el influir a la clase política de todos los sectores a través de sus aportes, ha generado un cartel de tráfico de influencias que hoy es muy difícil de dimensionar. Y, por qué no decirlo, lo que es casi una obviedad de por qué podría haber ocurrido esto en alguna medida, es la existencia de un negocio millonario para unos pocos y no para todos los chilenos; me refiero a ese mineral del futuro, el Litio, que podría ser una de las tantas razones profundas de esta generación de tráfico de influencias.

Lo descrito anteriormente nos hace plantearnos una gran pregunta: ¿Han sido los más adecuados los que han liderado nuestro avance democrático y por cierto están reconstruyendo la democracia que en algún momento nos dolió tanto a algunos perderla?

Son varios los “Chiles” que han convivido a lo largo de las últimas cuatro décadas, y lo más alarmante es que la mayoría de estos casi 40 años han sido en democracia, una que se ha jactado, a través de sus políticos, de buscar la justicia, la equidad, de proteger a los chilenos en desventaja y muchas promesas más. Lo preocupante de esto es que ya no se le puede echar la culpa a la dictadura, ya que para muchos ese periodo carece de ser el fundamento/excusa de no haber avanzado, y aún más para las generaciones más jóvenes, para quienes el vivir en democracia es su cotidianeidad.

Entonces, quienes no han cuidado y velado por el bien común de vivir en condiciones de equidad en el amplio sentido de la palabra y han ayudado a que Chile se esté remeciendo a nivel global, siendo comentarios de muchos: pues un gran número de la clase política es la gran culpable de esto, de eso no cabe ninguna duda.

Por lo tanto, el que los chilenos aceptemos un Acuerdo Nacional, como lo proponen varios miembros de la clase política chilena, para poder salir adelante de esta crisis, es “inadmisible”; es de una falta de ética y de moral autónoma de la cual carecen varios de estos líderes políticos. Por eso basta de buscar acuerdos que dejen libre de culpa a quienes han sido el “caldo de cultivo” de lo que vivimos hoy todos los chilenos. Chile debe decir que no al Acuerdo Nacional, basta de proteger al Chile de “ciudadanos pillos, apitutados y al corrupto”.

No es propio que paguemos justos por pecadores, ya que no dudo que en Chile una gran mayoría nos despertamos soñando y trabajando por un país para todos con justicia y equidad.

Chile cambió, pero hace mucho. Cambió fuertemente con las generaciones jóvenes de los inicios de los 90 que soñamos y nos dedicamos a construir un país democrático abocado al bien común, pero sobre todo ético, meritocrático y sin tráfico de influencias. Y así han seguido las siguientes generaciones que han continuado a las de los ´90, que han seguido soñando y trabajando por ese Chile que es de todos en justicia y equidad.

Debemos estar seguros de que somos muchos más que esa clase política y empresarial que traía hábitos de relación injustos y que no se adaptan a los tiempos que hoy vivimos. Esa clase política y empresarial que con suerte sabe algo de tecnología y de sus avances científicos y humanos, y que definitivamente niega que el mundo de hoy es otro, donde actualmente se persigue el respeto e inclusión del ser humano en el amplio sentido de la palabra y caracterizado por un poder ciudadano que se palpa a nivel global.

Se acabó el feudalismo de la Edad Media, se viene un Chile con fuerza y emprendimiento, con ganas de convivir en igualdad. Un Chile donde la colaboración mutua sea el modo de coordinarse y trabajar. Un Chile que quiere ser inteligente intelectual y emocionalmente y, sobre todo, ético.

Entonces, el lema para los próximos meses debería ser: “No más, no al Acuerdo Nacional” de algunos políticos y, por qué no decir, de algún sector empresarial que se quiere esconder detrás de este Acuerdo.

En conclusión, ¡Basta ya! A renovarse y a convocar a los mejores para la construcción de un Chile justo, humano y sobre todo inclusivo y equitativo, y con tolerancia cero a la corrupción y tráfico de influencias.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROHumana.

 

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO