Ser una sociedad desarrollada armónicamente es trabajo de todas las partes con un sentido de colaboración, pero sobre todo con altos estándares éticos. Y de lo que sí estoy segura es que los chilenos estamos lejos de ser ejemplo de un país virtuosamente ético.
Publicado el 10.05.2016
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Dicen que la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) fracasó en su apuesta de cambio cultural y modo de hacer negocios del mundo empresarial en Chile.

Me pregunto si el establecer esta conclusión nos aporta o sólo nos hace evadir nuestras heridas más profundas como sociedad. Tal vez antes de echarle la culpa al empedrado, debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Cuál es nuestro fracaso?

Es en este sentido que me sorprende la columna de Pablo Longueira del 9 de Mayo de 2016 en el Diario Financiero donde se cuestiona “¿Qué nos pasó? ¿Por qué nuestro país, que era un ejemplo de vida cívica y modelo de desarrollo, ha dejado de serlo?”.

Tal vez esta pequeña pregunta que muestra tan poca agudeza de lo que ha ocurrido en Chile estos últimos 50 años de historia, nos explique por qué no avanzamos.

Me atrevo a plantear que lo cívico se destruyó en el ´73 o tal vez antes; que el respeto por la convivencia cívica se arruinó hace muchos años; y que el retorno a la democracia no apostó por construir un nuevo proyecto de civilidad de país, pues el foco prioritario fue llevar al país a un desarrollo económico que olvidó que el progreso de una sociedad debe contemplar diversos índices de desarrollo y no sólo el PIB.

Entonces vuelvo a preguntar: ¿Hemos dejado de ser algo o fracasó la RSE? Yo creo que no, “Somos lo que somos”, producto de lo que hemos sido capaces de construir como sociedad en estas últimas décadas.

Considero que el Chile actual es una sociedad que expresa la peor parte del modelo económico que ha imperado en nuestro país, el que ha favorecido a una escasa minoría y ha sido liderado aún por un eximio grupo de personas.

Y estas letras no son de una pesimista, sino de alguien que trata de entender por qué el país que soñó y por el que trabajó para que fuera mejor y donde existiera amistad cívica, no avanza y se llena de fracasos, de corrupción, de colusiones y de riqueza personal de unos pocos.

Pareciera que cuando retornamos a la democracia, los poderes tanto políticos como empresariales se concentraron en sus intereses y en eso se lo han pasado estas últimas décadas: defendiendo los pequeños espacios de poder de un país que a nivel global es casi un villorrio.

Sigo reflexionando y me pregunto si los chilenos observan con sorpresa el debate de la reforma laboral entre los poderes políticos y el mundo empresarial. Llevan meses y meses haciendo gallitos entre las distintas partes sin llegar aún a una determinación final. Y nótese que no menciono a la CUT, ya que casi no aparece en las discusiones. Y me cuestiono: ¿Será porque a la CUT no le interesa, o tal vez es que los medios de comunicación no la consideran parte relevante de la discusión?

Mientras, la cesantía sigue subiendo en nuestro país, y gran parte del mundo continúa la crisis en relación con un modelo de desarrollo económico que está en sus últimas décadas de existencia. Por lo tanto la discusión de nuestros líderes políticos y empresariales parece extemporánea.

Regresando a la tesis inicial de esta columna, respecto de si realmente fracasó la RSE en Chile, sería más certero establecer que no hemos avanzado como sociedad, es decir, en nuestras virtudes cívicas. Y con esto me refiero a que realmente la justicia social sea un valor de convivencia y donde la corrupción no exista, ya sea porque es un valor ser honesto y la discusión no es si corresponde hacer esto o aquello, o porque existe una regulación que la sanciona fuertemente.

Por lo tanto, cuando un ex  político como Pablo Longueira -o cualquier político- sienta precedentes para ser posible candidato de cuestionamiento en relación a su comportamiento, es imposible pensar en la posibilidad de que exista un país ético y cívicamente armonioso, donde enfrentemos más éxitos que fracasos. Con esto quiero decir que una reforma laboral, por ejemplo, no hace eco en la sociedad actual en que vivimos, porque ella no es fértil para este tipo de cambios tan medulares, donde el ser cívicamente virtuoso, el diálogo y los derechos individuales son un valor y no temas de cuestionamiento.

Pienso que en Chile se tiene que acabar de raíz el hacer o el comportarse de determinada forma, argumentado que ése era el modo en cómo se hacían las cosas, para justificar una forma de hacer que no es legal ni ética.

Y me quedo en lo último, lo ético. Pareciera que Chile es un país todavía muy pueril, que requiere de normas y sanciones para poder avanzar. En efecto, así lo han hecho los países nórdicos que son modelos de desarrollo en el mundo. Al parecer altos niveles de regulación permiten organizar y limitar la barbarie en la cual todavía convivimos como humanidad.

Pesimista, creo que no, prefiero decir realista. Ser una sociedad desarrollada armónicamente es trabajo de todas las partes con un sentido de colaboración, pero sobre todo con altos estándares éticos. Y de lo que sí estoy segura es que los chilenos estamos lejos de ser ejemplo de un país virtuosamente ético.

Entonces, tal vez la pregunta primera y medular debería ser: ¿Por qué no hemos logrado ser un país ético? En lugar de seguir echándole la culpa al empedrado de por qué no somos esto o aquello.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROhumana.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO