Cuando el debate de estos últimos meses es establecer la ley mordaza o el control de identidad como medios de vigilancia en nuestra sociedad, es validar que vivir en temor, en sospecha y silencio, es el modo adecuado de convivir entre los chilenos.
Publicado el 26.04.2016
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Nos hemos convertido en el país de los silenciosos y desconfiados. ¿Serán estas características algo de lo que deberíamos estar orgullosos, o más bien sentirnos un poco inquietos?

El silencio es un estado al cual es difícil llegar. Así lo demuestran aquellos que meditan; logrando un estado superior de consciencia que nos permite traspasar nuestras propias fronteras. Sin embargo, el silencio que hoy nos acompaña en Chile es por aquel que versa ese antiguo dicho: por tus palabras serás condenado.

Qué preocupante es cuando las personas en una sociedad se van silenciando, ya sea porque empiezan a ser cuestionadas por su modo de ser o hacer; o cuando son acalladas de una forma inadecuada, prejuiciada, intolerante; o bien porque disienten del pensamiento que domina y debido a esto optan por mantener sigilo. Y el otro silencio, el que surge producto de aquellos que deciden ocultar su testimonio público para resguardarse detrás de las puertas de una sala de audiencia, donde entregan su declaración, que además ahora se acompaña de nuestra renombrada ley mordaza. Y por último, el silencio del desinterés, del “no estoy ni ahí”, del “mejor vivo mi vida”… El silencio del individualismo y de la desesperanza.

Este país que era reconocido porque las palabras se le daban fácil, el de los poetas, el de los buenos oradores, el que estaba experimentando el debatir o el diálogo. Sin embargo, hace décadas aprendió a silenciarse y el regreso a la democracia no volvió a instalar la costumbre del diálogo, sino que, al contrario, sigue creciendo el mutismo. Ese silencio que se caracteriza por el desaliento, la rabia, la frustración, el silencio de los acuerdos, ese que es preludio para que empiece a escasear la paz social y se pierda la confianza en el otro.

Al recorrer las últimas cinco décadas en Chile es posible establecer que nuestra historia está marcada por un silencio del pasado, del presente y del futuro, expresándose de numerosas formas. Es una suerte de cáncer social que no nos ha dejado, erosionando sin piedad nuestro frágil tejido social.

El diagnosticar este síntoma tan profundo que hemos padecido durante décadas hace posible comprender nuestra segunda enfermedad: cual otra que la gran desconfianza que existe entre los chilenos. No cabe duda que ambas están estrechamente relacionadas.

Hoy es posible certificar con pruebas empíricas -ya que no son ideas de hippies, ni de revolucionarios, curas u ONG´s- que las personas somos seres con disposición natural a aprender, imitar y, por cierto, actuar colaborativamente: todo es parte de nuestro bagaje cultural y biológico. Por lo tanto, lo que hoy padece nuestra sociedad es un síntoma que tal vez muestra en lo profundo una desidia a generar ese cambio desde los lugares que es posible hacerlo. Es decir, es mejor tener silenciados y desconfiados, o enfermos sociales, asustados de su propia enfermedad que los inmoviliza al cambio, y desde este lugar el control de una sociedad se hace fácil y ágil.

Este modo de convivir que está presente en Chile es tierra fértil para modelar personas temerosas, con reticencia al cambio y también al riesgo e innovación.

Lo dicho anteriormente parece teoría de la conspiración y por cierto está lejos de hacer ese intento. Lo que buscan estas líneas es expresar que esa gran desconfianza con las cual convivimos cada día en este país, tiene un síntoma del cual no nos hemos hecho cargo por décadas, que es instalar y validar el silencio como un modo válido de convivencia, de solución de conflictos y de generación de cambios.

En efecto, cuando el debate de estos últimos meses es establecer la ley mordaza o el control de identidad como medios de vigilancia en nuestra sociedad, es validar que vivir en temor, en sospecha y silencio, es el modo adecuado de convivir entre los chilenos.

Con este escenario creo que en definitiva pasará largo tiempo para poder terminar con nuestros cánceres sociales. Queda mucho camino por recorrer para que éste sea un país creativo, innovador y productivo, ya que mientras nuestro modo de convivir esté sustentando en lo descrito anteriormente, nuestro ser y hacer de país está en un laberinto sin salida.

Si realmente deseamos crecer como sociedad, y salir de ese 1.5 de crecimiento económico que predicen para este año, es urgente atacar nuestros cánceres históricos los cuales no hemos sido capaces de enfrentar y curar.

Mientras no modifiquemos nuestro estado actual con un acto político y de acuerdo entre ciudadanos que sea valiente, gratuito y esté por sobre el interés de unos pocos, y acepte que nuestro modo de convivencia social está muy enfermo y obsoleto, el mejorar nuestros índices de desarrollo, entre ellos los de la OECD, son objetivos a lograr inmaduros tanto desde el mundo político, empresarial y ciudadano.

Por lo tanto, requerimos de la fuerza que impera en esa persona que decide luchar por vivir y vencer sus límites. Chile precisa de ciudadanos empáticos, innovadores y osados que creen con convicción que vale la pena transformarlo en un país inédito y sano de sus traumas históricos.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROhumana.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO