Hay que llevar la poesía y la narrativa a las carreteras. Ojalá algún municipio, junto a empresas privadas, haga realidad  una iniciativa tan simple, pero profunda, y nos recuerde que en las letras somos campeones.
Publicado el 14.02.2018
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Imagínese que fuera por la carretera norte-sur y ésta se volviera poesía. Sí, poesía, sin tener que ir a una biblioteca.

Imagine también que Chile fuera un país de talentos literarios sobresalientes, y que contara con cientos de escritores y poetas cuyas obras han trascendido sus muertes.

Imagine que dos de ellos cuentan con el premio Nobel de Literatura (Gabriela Mistral en 1945, que además, es la única mujer iberoamericana en obtenerlo hasta hoy, y Pablo Neruda en 1971).

Imagine también que contáramos con tres premios Cervantes, considerado por muchos el Nobel hispano (Jorge Edwards en 1999; Gonzalo Rojas en 2003 y Nicanor Parra en 2011).  Y que sumado a lo anterior, otros autores nacionales hayan marcado generaciones, creado movimientos o sido éxito internacional en ventas.

Lo bueno de todo esto es que no es imaginario: tenemos a los poetas y escritores; y tenemos también miles de kilómetros en carreteras que podrían transformarse en tramos de versos y buena pluma. Y no tiene por qué ser difícil. Es cosa de buena disposición de las autoridades y la empresa privada.

Qué agradable sería que los carteles camineros, en vez de ocupar toda el área en mostrar las bondades de un producto, las ubicaran en un rincón y dejaran el espacio principal a un verso o frase. Lo mismo con los letreros en los paraderos de micro, estaciones del Metro, etc.

Volvamos a las carreteras. Imagine que a la altura de Curicó lo saluda una frase como “Si no hiciera una locura por año, me volvería loco”; o “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo, cuando no da vida, mata” (Vicente Huidobro).

Ya en Linares lo saluda Pablo de Rokha con “Voy como los perros mojados a la siga de tu recuerdo, sujetándome las palabras”.

Y de repente,  María Luisa Bombal, dispara de norte a sur y de costa a cordillera: “A veces me parece que estoy muerta, pero si estoy muerta, ¿Por qué sufro tanto?”; “Mi amor por “él” es tan grande que está por encima del dolor de la ausencia. Me basta saber que existe, que siente y recuerda en algún rincón del mundo…”;…. y continúa con su pasión desbordante:

“¿Por qué, por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser siempre un hombre el eje de su vida?”; “Es muy posible desear morir porque se ama demasiado la vida” o “Y puede, puede así, que las muertes no sean todas iguales. Puede que hasta después de la muerte, todos sigamos distintos caminos”.

Vámonos al norte. Imagine que a la altura de Los Vilos lo saludara Jorge Edwards: “Matar las ideas, las opiniones, la poesía, es matar de hambre”.

Y llegando a la Serena, Pablo Neruda le advierte: “Para que nada nos amarre que no nos una nada”; “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”; “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.

Y la gran Gabriela está por allá en Iquique, esperándolo :”Tengo un día. Si lo sé aprovechar, tengo un tesoro”; “El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”. “La educación es, tal vez, la forma más alta de buscar a Dios”. “El mundo cambia en un instante y nacemos en un día”.

Y se cruza Nicanor a revolver la fiesta camino a la costa: “Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona”.

“¿Marxista?… No, ateo, gracias a Dios”.

“La muerte es un hábito colectivo”

Lo anterior no es sólo poesía, sino que aprender sin darse cuenta, y en el fondo del subconsciente quedarían esos versos que no nos dejarían olvidar jamás que nuestro Chile es un país de letras, y de las grandes. Ojalá algún municipio, junto a empresas privadas, haga realidad  una iniciativa tan simple, pero profunda, y que nos recuerde que en la narrativa y poesía somos campeones.

 

Rosario Moreno C., periodista y licenciada en Historia UC

 

 

FOTO : YVO SALINAS/AGENCIAUNO