En las pocas horas que han transcurrido desde el atentado, Francia nos ha dado al menos dos grandes lecciones que en Chile debiéramos mirar con humildad. El terrorismo no es una realidad que nos sea ajena y, aun cuando ha ido adquiriendo rostros distintos a través de los años, sigue siendo una amenaza latente.
Publicado el 09.01.2015
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En Chile estamos normalmente tan ensimismados en las pequeñeces locales, que la opinión pública no alcanza a calibrar la envergadura de los hechos que golpean al mundo. El brutal ataque de fundamentalistas islámicos contra el semanario francés Charlie Hebdo está levantando alertas en toda Europa.

La amenaza traspasó los límites que las sociedades libres están dispuestas a tolerar. Ya no sólo se trata del riesgo a la vida y a la integridad de los ciudadanos, cuando la locura se ha apoderado de un puñado de jóvenes, muchos de los cuales aún no llegan a los 30 años, para matar porque “Alá es grande”. Lo que está en juego hoy es la libertad, un bien demasiado preciado en el mundo desarrollado y por el cual 12 personas el miércoles perdieron la vida.

En las pocas horas que han transcurrido desde el atentado, Francia nos ha dado al menos dos grandes lecciones que en Chile debiéramos mirar con humildad. El terrorismo no es una realidad que nos sea ajena y, aun cuando ha ido adquiriendo rostros distintos a través de los años, sigue siendo una amenaza latente.

La primera lección: unidad. En palabras del Presidente Hollande: “Nuestra arma es la unidad (…) la República se ha visto atacada hoy”.

Ni siquiera la líder opositora Marine Le Pen, que ha convertido la crítica a las políticas de inmigración en su principal bandera de lucha, ha osado siquiera aprovechar el momento para pegarle a su adversario (probablemente lo haga más adelante, pero mientras Francia supera el impacto, ha optado por el pudor). Su declaración no admite dudas: “La nación se encuentra unida en la condena de este odioso atentado”.

La segunda lección: firmeza en todas las expresiones del Estado de Derecho. La ley, los protocolos policiales, la actuación de los jueces y las señales de la autoridad política, han sido coherentes con el rechazo total a la vía violenta para subyugar a una sociedad. Y esa coherencia tiene resultados. Horas después de que el ministro del Interior declarara que “sabremos demostrarles que no tenemos miedo y que nos mantenemos unidos”, se había detenido a seis sospechosos y movilizado a 80 mil efectivos de la policía.

Nadie podría imaginar, por ejemplo, que los líderes políticos se lanzaran en un debate para poner en duda lo que es terrorismo o para defender el derecho de los islámicos a protestar porque no se permite a sus mujeres usar velo o porque la literatura no respeta su fe; o para cuestionar los métodos que usó la policía para detener a los sospechosos.

Para el ciudadano francés es terrorismo todo acto que, por la vía violenta, busca torcerle la mano al Estado de Derecho, tenga o no la causa que lo inspira una justificación social o filosófica. Para la autoridad, por tanto, no hay un momento de duda.

Sería impensado que el ministro Cazeneuve decidiera arbitrariamente en qué casos invocar las normas antiterroristas y en qué casos desecharlas por tratarse de “conflictos sociales”, como su colega Peñailillo planteó a pocos días de iniciado el segundo mandato de la Presidenta Bachelet. Y ni hablar de justificar el asesinato terrorista porque “la sociedad está fracturada”, como señaló el intendente Francisco Huenchumilla.

Tampoco sería imaginable que en Francia o en Inglaterra, las respectivas oposiciones convocaran a sendas comisiones investigadoras con el propósito de desacreditar la investigación de una fiscalía para, finalmente, propinarle una derrota política al gobernante de turno.

En el complejo mundo desarrollado, el tratamiento público del terrorismo es simple y muy serio: no se tolera, se le persigue con todo el rigor de la ley, y si ésta no es suficiente para enfrentarla, se modifica para adecuarla a la nueva realidad. Francia ha modificado varias veces en los últimos años sus leyes antiterroristas y en el 2012 promulgó la Ley N° 2012-1432, que sanciona a quienes hagan apología o provocación al terrorismo en Internet, persigue los actos de terrorismo cometidos fuera del país por ciudadanos franceses o residentes e, incluso, a quienes hayan participado en campamentos de entrenamiento terrorista en el extranjero.

Las naciones que han conocido demasiado de cerca el dolor que puede llegar a provocar el odio, tenga o no justificación, no se dan el lujo de entregarse a debates que ponen en duda la línea que separa el bien del mal.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: FLICKR / VALENTINA CALÀ

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